Repasando la Historia de la Iglesia Católica, seguramente
ninguno de nosotros recordamos cuándo fue la última vez que un Papa renunció a
su Pontificado.
Benedicto XVI, harto del mangoneo de Bertone y sus
secuaces, se vio incapaz de poner orden y concierto muros adentro de la Plaza
de San Pedro. Decidió, en un gesto histórico, dar un paso atrás y desaparecer
de escena. Era evidente. Su frágil salud y su falta de fortaleza le impidieron
sacudir el polvo y el logo que los muchachos de Bertone tanto habían enfangado
el Vaticano.
A simple vista el italiano se frotaba las manos creyendo
que con la renuncia de Ratinzger, aparecería otro similar a él al que poder
manejar, controlar y dirigir desde las sombras más vomitivas de la curia
vaticana. Pero le salió rana la jugada
al de Turin. Cuando en la tarde del miércoles, la chimenea vaticana expulsaba
el humo blanco, todo indicaba que aquella humareda era la señal de que algo iba
a empezar a cambiar en la Iglesia.
Para empezar, salió elegido alguien que no estaba en las
quinielas. Para seguir, era latinoamericano. Para continuar, se inclina ante la
multitud que abarrotaba la Plaza de San Pedro. Para terminar, se hace llamar
Francisco (así, a secas), una señal inequívoca de pobreza y humildad. No me
cabe ninguna duda de que esto ha desconcertado a los ‘fontaneros’ más correosos
y decrépitos que mangonean puertas adentro de la Basílica romana de San Pedro.
Sin esperarlo, se tropiezan con alguien que, en su primera imagen pública,
ofrece un cambio total de escena: sin zapatos rojos, sin esclavina y con una
naturalidad desbordante se presenta en el balcón principal de San Pedro. A
muchos, estoy seguro que les ha desconcertado, y andarán a la expectativa. A
otros, por el contrario, nos ha hecho respirar hondo, y pensar que, por fin, en
el seno de la Iglesia, se vislumbra un nuevo amanecer, cercano a los más pobres
y alejado de las riquezas y tesoros que tanto ha gustado a la fontanería
vaticana durante décadas.
Hay quién empieza a murmurar de forma maledicente que si el
Papa Bergoglio fue cómplice de la dictadura argentina, que si no sé qué, que si
no sé cuántas… ¡Bah, palabrerías baratas!
Esto tiene otra lectura mucho más importante y
trascendental en un momento histórico como el presente. Estamos ante un Papa
que está rompiendo moldes dentro del Vaticano: en persona acude a recoger sus
enseres personales y abona con su dinero la factura de su estancia en la residencia
en la que se alojó durante el cónclave; rehúsa la utilización de la limusina
para sus desplazamientos; insta al episcopado argentino a que no viajen a Roma
para asistir a la misa de comienzo de su pontificado para que el dinero que
fueran a invertir en ese viaje se lo donen a los bonaerenses más necesitados.
Un radical cambio de escena al que no estábamos acostumbrados.
Desde el pasado miércoles lo he visto por televisión en
varias ocasiones. Y siempre he tenido la misma sensación: es un hombre humilde,
austero, y próximo a los católicos. Algo que era también imprescindible en la
Iglesia del siglo XXI. Algo también a lo que no estábamos acostumbrados.
Lógicamente habrá que esperar a los primeros cien días,
pero lo cierto es que todo apunta en esta dirección. Tenemos que estar
preparados porque los cambios de escenario serán continuos. Quiero pensar que
esta simbología es el inicio de nueva era dentro de la Iglesia: La despedida
que realizó al mundo desde el balcón del Vaticano en su primera aparición, con
ese «Buenas noches y buen descanso»
fue una verdadera declaración de intenciones de las que el mundo iba a
empaparse en adelante.
En
adelante tengo la sensación de que Bertone y su maquivélica maquinaria vaticana
tienen poco que hacer. Como apunta la prensa internacional, ‘provisionalmente’ Bergoglio
lo mantiene como Secretario de Estado. Tirando de sentido común, supongo que
será durante unos días hasta que se celebre la misa de inicio del pontificado,
y haya podido encontrar a alguien de su confianza.
Anoche
en el programa de Telecinco ‘El Gran Debate’, la tuitera Sor Lucia Caram
también habló con rotundidad de su compatriota Bergoglio, como siempre, sin
pelos en la lengua. Otro símbolo de que la Iglesia empieza a cambiar.
Será
lento, por supuesto, pero estos primeros pasos son un aliento, una esperanza en
medio de una curia vaticana abrazada a los mangoneos de una serie de personas
que, bajo la pancarta del cristianismo, creían que el ‘todo vale’ era lícito.
Pero les salió muy mal la jugada.
La
simbiosis argentina Bergoglio - Lucia Caram es una demostración de que estamos
asistiendo al inicio de una transformación de la Iglesia, en dónde lo
prioritario será el individuo y lo secundario, lo material. Un cambio en escena
que nadie esperábamos. Personalmente, yo tampoco. A esta simbiosis sólo le
falta transformarse en un triunvirato argentino. ¿Quién es el tercero? Leo
Messi, sin duda. ¿Alguien lo duda?