lunes, 17 de noviembre de 2008

Editores y Editores

No se puede consentir lo que le ha sucedido a una integrante de la Asociación de Escritores Noveles.
Recientemente ha editado un libro de literatura infantil y juvenil. La editorial apostó por el autor, y editó una edición de varios miles de ejemplares, pero... editaron el libro sin corregir. Tiene errores ortotipográficos. Pero bueno, ¿qué es esto? ¿A dónde estamos llegando? ¿Qué pretenden esa caterva de seudo editores que sólo se preocupan de su lucro personal, importándoles un pimiento el respeto a su trabajo y, evidentemente, al autor y a su obra?
Hemos llegado a un punto en el que sólo valdrá el "sálvese quién pueda". Y eso ni es justo ni beneficia a nadie, dentro y fuera del mundo del libro.
Hace varios días nos decía un editor que en una determinada Comunidad Autónoma, con más de una veintena de editoriales, solamente tres disponen de corrector editorial en plantilla. Ello me parece tan sumamente grave como tercermundista.
Nos llenamos la boca de que el mercado editorial está saturado de títulos. Los más de setenta mil titulados que anualmente se editan en España, son un globo que se está hinchando sin medida. El día que explote será como un volcán y al que pillé en medio lo convertirá en cenizas. Sólo es necesario tiempo, y no mucho precisamente. Claro, en medio de esa vorágine, hay mucha literatura de tres al cuarto, pero, es que, por otro lado, quien se tenía que preocupar de cuidar todo lo que sacan al mercado tampoco lo hacen. Los editores son los primeros que tendrían que mimar estas cosas, sobre todo cuando se refiere a autores noveles. Pero intuyo que sólo miman su cuenta corriente.
Alguien puede explicarme qué puede hacer esta persona a la que me refería ahora con sus libros si no se pueden vender por los errores y, evidentemente, en ningún centro escolar tampoco se recomendará como lectura. Creo que sólo le queda una opción, aunque por muy tierno que esté el pan intuyo que no procede.
Desde estas líneas quisiera hacer un llamamiento a esos editores, que afortunadamente también existen, serios, rigurosos, honestos, profesionales. Me encantaría que unieran fuerzas, y arrinconaran a esos piratas, que algunos incluso desde su propio domicilio y sin infraestructura profesional alguna se dicen ser editores, y de ello tienen lo mismo que yo de Obispo de Roma. Deberían dar nombres y, como en una ocasión también nos decía un autor de reconocido prestigio a nivel nacional, se debería hacer una lista negra y publicarla para escarnio general.
Así las cosas, no me extraña que algunas personas con evidente vocación literaria, se desinflen, y desistan de editar. ¿Quién es capaz de depositar su obra en alguien que de profesional tiene lo mismo que tenía Pelayo de ingeniero aeronáutico?
Seamos serios de una vez por todas, y dejemos de jugar con los sueños, ilusiones, esperanzas y dineros ajenos.
De cara al público, editar un libro con errores, además de evidenciar la escasa profesionalidad del editor, está mostrando la poca calidad literaria del autor y eso en muchos casos es evidentemente falso. Hay muchos autores, algunos desconocidos, que escriben de cine y que, por culpa del pirata de turno, se sienten estafados, desilusionados y, en algunos casos, con serias dudas de su capacidad creativa. En mi tierra a eso se le llama por un nombre: estafa.
De todas las maneras, también hay que reconocer que aquel editor que es serio y profesional, que realmente ama y valora su trabajo y el del creador, pondrá todo lo que pueda de él mismo y de su empresa para que el autor novel pueda, con el tesón y el esfuerzo correspondientes, ir abriéndose paso en el complicado mundo editorial. Y en este lado haberlos hailos. No daré nombres, pero en la mente de todos está el de una editorial madrileña comprometida con los autores noveles, hasta el extremo que el año pasado patrocinaron el I Premio Luis Adaro de Relato Corto, y cuya profesionalidad es de todos conocida.
Hoy por hoy vivimos en una sociedad que aupa miserablemente al chorizo, y a la persona honrada, seria y trabajadora procura arrinconarlo con excusas tan pueriles como vacías.
A pesar de todo que nadie caiga en el desánimo. Quien cree de verdad en su obra, quién de verdad, confía en su trabajo como creador, tarde o temprano encontrará su sitio y, lógicamente también, un editor profesional. Al fin y al cabo, los piratas están condenados al exterminio.

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