lunes, 3 de noviembre de 2008

Expertos en matar...

El condado de Tioga se encontraba situado al sur del estado de Nueva York. Era un bello mosaico de granjas lecheras, tiendas y casas rurales muy sencillas. Sus habitantes tenían que viajar hasta los condados en busca de hospitales, centros comerciales y demás servicios de la vida moderna.
Brianna Nixon se crió en la zona noroeste de Tioga. En su adolescencia, a principio de los años sesenta, era muy delgada y tenía una densa cabellera de rizos negros y sedosos. Llevaba unas gafas en forma de gota que acentuaban su aire serio e indiferente y ocultaban unos ojos que parecían captarlo todo sin revelar nada. Era tímida y no participaba en las actividades extraescolares de la Escuela Central Newark Valley, a la que asistía. De hecho, detestaba las multitudes.
Brianna tenía una idea bastante clara de lo que se esperaba de ella. Su madre le había inculcado que estaba en el mundo para procrear y ser una buena esposa del padre de sus hijos.
Noah Hayt, un muchacho de carácter bondadoso que trabajaba y se alojaba en una granja próxima a la casa de Brianna, también era tímido y usaba gafas. Iba al colegio en el mismo autobús que ella, y no le pasaba inadvertida la insistencia con la que la chica le miraba. Brianna le confió a una amiga suya que tenía la intención de casarse con él.
Y así lo hizo, después de conocerle en el instituto y salir con él un tiempo. Noah tenía 21 años y Brianna, 17. Los recién casados se mudaron a un cuarto de la finca de los Hayt, y si uno preguntaba cómo se llevaban, probablemente, le habrían respondido cómo alguien hizo años más después.
-¿Los tórtolos? Son inseparables.
Andaban siempre cogidos de la mano, y si Noah cogía asiento, Brianna se le sentaba en las piernas.
A los pocos días de la boda concibieron su primer hijo. El embarazo de Brianna fueron las habituales 38 semanas de expectación optimista y agotamiento físico, y terminó el 17 de octubre de 1964 con el nacimiento de un saludable varón rubio de 3,1 kilos. Brianna le llamó Kyle.
Después de revisar al niño, el pediatra cogió un formulario y tachó de un plumazo 14 recuadros dispuestos para anotar anomalías.
Brianna era una madre escrupulosa que ponía el mayor esmero en la alimentación y el vestido del bebé. Hasta los baberos de Kyle estaban siempre impecables; si cuando se ensuciaban había una visita presente, Brianna ofrecía disculpas.
También era cuidadosa en cuestiones de salud. Cuando el niño tenía dos meses, empezó a llevarlo al médico con frecuencia. Le dijo a la familia que, según el pediatra, Kyle quizás tuviera un problema de corazón.
En enero del año siguiente, la vecina de enfrente de los Hayt, Betty Linklater, estaba haciendo los quehaceres domésticos cuando oyó gritos en la calle. Al salir vio a Brianna en la puerta de su casa pidiendo auxilio:
-¡Ayudadme, por favor! ¡Algo le pasa a mi bebé!
Betty la acompañó adentro y vio a Kyle sobre la mesa, lacio y exánime.
Cuando llegaron los socorristas determinaron que el niño, de tres meses y nueve días, estaba muerto.
Andrew, hermano de Noah, fue a buscarlo a su trabajo, que distaba sólo cinco kilómetros del hospital a donde los socorristas llevaron a Kyle.
-Noah, debes venir conmigo al hospital –fue lo único que acertó a decirle hasta que llegaron. Ya en el ascensor agregó-: Kyle ha muerto.
Noah miró a su hermano y rompió a llorar. Al abrirse las puertas del ascensor vio a Brianna que, temblando, le dijo que no sabía lo que había ocurrido, que el bebé se había puesto amoratado de repente.
Al médico forense le dijo que la respiración de Kyle “no era normal” y que de pronto había cesado. Añadió que un sobrino suyo, hijo de un hermano, había muerto a los dos meses de “un mal cardiaco”.
En el acta de defunción el forense anotó “anomalías congénitas del corazón”. Sonaba mejor que “causa inexplicable” o “desconocida”, o “muerte súbita”. Además consideró que no había ningún motivo para practicar una autopsia.
A los tres días, la familia se reunió en el cementerio para el entierro. Todos los ojos estaban puestos en la joven madre que lloraba junto al pequeño féretro. Los parientes se le acercaron uno a uno a darle el pésame. Las muestras de compasión fueron para ella un bálsamo.
Más tarde Noah le dijo que la vida debía seguir su curso. Ya tendrían más hijos.
A finales del verano siguiente, apenas siete meses después de haber sepultado a su primogénito, Brianna quedó embarazada otra vez.
En mayo de 1966, los Hayt celebraron el nacimiento de su segundo hijo, al que llamaron Jimmy. Era un bebé vivaracho y robusto, de pelo rubio, al parecer más saludable que su hermano.
Sus tres primeros meses de vida fueron de aprensión constante para la familia, pero cuando llegó el otoño y Jimmy rebasó la edad a la que había muerto Kyle, la vida de los Hayt adoptó la cómoda rutina de cualquier familia joven. El primer cumpleaños de Jimmy fue motivo de festejo y de alivio. La muerte de Kyle empezaba a olvidarse.

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