sábado, 22 de noviembre de 2008

Treinta y tres años...

Hoy se cumplen treinta y tres años de la proclamación del Rey Juan Carlos. Tres décadas en las que nuesto país no sólo dio un tremendo vuelco desde su más recóndita esencia, sino que se ha transformado en una nación próspera, desarrollada, democrática y libre. Todo un mérito y un triunfo si se considera que España venía de una época oscurantistal, con una legislación férrea y anclada en una dictadura raquítica y trasnochada.
Hace treinta y tres años los españoles teníamos un miedo esperanzador. Temíamos que los nuevos planes que traía bajo el brazo el joven monarca fueran boicoteados por los seguidores del Antiguo Régimen que, a pesar de su impuesta orfandad, se seguían agarrando a la dictadura creyendo que encontrarían allí las bases sólidas para perpetuar el ideario franquista.
Afortunadamente no fue así, y poco a poco, a pesar de la resistencia inicial, los cambios que el Rey quería poner en marcha, iban tomando el pulso habitual de estos casos, y la sociedad española asistía impávida pero firme en sus convicciones, a unas transformaciones sociales, políticas, económicas, y culturales que resultaban imparables.
Juan Carlos I no podía poner nada en marcha si no se rodeaba de incondicionales y de monarquicos, y comenzo a poner en puestos claves a personas que, poco a poco, iban a resultar imprescindibles en lo que se enpezaba a denominar transición política. Así, nombres ligados al franquismo, pero plenamente convencidos de que se cerraba una etapa de la historia de España y se abría una nueva cimentada en el diálogo, la libertad y el futuro, comenzaban a llevar a cabo las primeras medidad para desarrollar este cambio por vías pacíficas, tolerantes y democráticas. Nombres como Adolfo Súarez, Pío Cabanillas o Torcuato Fernández Miranda resultaron clave en todo el proceso.
Por delante de ellos, el monarca, el rey Juan Carlos, que como mano firme pero dialogante, no dudó en seguir adelante con todo el proceso a pesar de las críticas que se seguían escuchando desde determinados sectores del franquismo tan trasnochados como rancios.
La Iglesia, muy unida a cuánto procedía de los secuaces del viejo general, hizó sus propios deberes, y el polémico Cardenal Tarancón. por ejemplo, se permitió el lujo de solicitar del monarca la amnistía para los presos políticos durante una misa oficial en el famoso templo madrileño de "los JHerónimos". Un gesto de que las cosas empezaban a cambiar.
La estructura militar aún cimentada en la ideología franquista se oponía radicalmente a los nuevos aires que empezábamos a respirar. Pero el Estado no se inmutó. Al contrario, le dio libertad de expresión mientras que, por otro lado, comenzaba a revelar de sus puestos a la cúpula militar "enviando a casa" a aquellos mandos militares que todavía miraban recelosos a su capitán general, al monarca.
España comenza a respirar en libertad, gracias también, lógicamente, a la actitud y comportamiento del pueblo que asistíamos esperanzados a la transición política que comenzaba a desarrollarse en nuestro país.
Han pasado ya tres décadas de aquello, y hoy, con el devenir de los años, es oportuno realizar un ejercicio de reflexión de aquellos años que se han proyectado hasta nuestros días. A pesar de las dificultades iniciales, de que en sus orígenes, la oposición a la transición era tan fuerte como las ganas de libertad, la pesar de la masacre terrorista, y de otros muchos problenas, lo cierto es que los españoles hemos vivido treinta y tres años de libertad y democracia gracias a una persona que bajo unas firmes convicciones democráticas y liberales fue capaz de emular a Moisés cuando cruzó el Mar Rojo.
En esta ocasión fue el propio monarca quién encabezó todo el proceso, pero lo cierto es que si el pueblo soberano no hubiera aceptado, España hoy sería totalmente diferente. Afortunadamente, no es así. Nuestro país goza de un elevado nivel de vida, sus relaciones exteriores son magníficas en cualquier país y, a pesar de los problemas que nos aquejan, lo cierto es que vivimos cómo vivimos y somos lo que somos, principalmente gracias a la persona del Rey.
Por esta razón, en nuestro país se ha iniciado un movimiento social denominado juancarlismo. Algo insólito, porque dejando a un lado la vieja polémica acerca de la monarquí o la república, lo cierto es que la mayoría de los españoles nos sentimos juancarlistas como reconocimiento a una persona que hace treinta y tres años tuvo las ideas muy claras, y estaba plenamente del futuro que quería forjar para este país.
El juancarlismo es una corriente en plena efervercencia que no tiene nada que ver con la monarquía. En España no hay monarquicos, existe el juancarlista por antonomasía, que no significa para nada que sea lo mismo que el felipismo, en reconocimiento a la figura del Heredero de la Corona. Son cosas diferentes, básicamente porque mientras al primero se le deben muchos tantos en su haber, el segundo, con el mayor de mis respetos, todavía está haciendo los deberes. Y eso el pueblo soberano lo ve y lo percibe.

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