miércoles, 3 de diciembre de 2008

La amistad

Quién suscribe estas líneas, a veces tiene una intuición tan afilada como cualquier autor de novela negra.
Recientemente se estaba cociendo un pequeño, inmerecido e injusto reconocimiento a mi persona y a la forma que yo entiendo cómo conjugar la palabra “amistad”, cuando alguien indiscreta e inocentemente se “fue de la lengua”. El caso es que me enteré de que se estaba preparando cierto cocido, que sinceramente pienso que no merecía mi paladar. Pero una cosa es lo que yo crea y otra es lo que decida “la peña”, que diría cierta femina adicta a alcohol y a comidas copiosas.
El pasado viernes al finalizar una cena benéfica-literaria, que tuve el privilegio de organizar, la dama anteriormente citada hizo uso de la palabra, y quiso agradecerme, en nombre de la entidad que presidía, el trabajo que habitualmente desarrollo en ella. ¡Valiente tontería, con perdón! En este tipo de embarcaciones, tan grandes como cualquier trasatlántico pero tan frágil como el algodón, lógicamente siempre tiene que haber un comandante que dirija y coordine, pero él no está solo, a su lado, siempre encontraremos almas y almas que de forma anónima y voluntaria aportan su grano de arena para que el trabajo y la responsabilidad sea más cómoda de llevar. Una de esas almas soy yo. No tengo ningún mérito. Ninguno. Cualquier persona llevaría a cabo mis tareas, y estoy convencido de que resultarían más atractivas, más profesionales que las que yo desarrollo habitualmente. No obstante, se empeñaron en agradecerme públicamente mi trabajo, y lo consiguieron. Aunque, como digo, el mérito no es mío, sino de quién puso en marcha esa actividad. Únicamente, yo le sigo e intento que mis escasos conocimientos en algunas materias sirvan de algo.
Estaba convencido de que aquella noche accediendo a la tribuna de oradores, y agradeciendo aquel gesto, ya los había dejado satisfechos y habrían conseguido lo que querían, aunque yo estuviera convencido de lo contrario.
Pero me equivoqué. Aquello sólo fue el principio. A la mañana siguiente, ya en un ambiente más distendidos, sin corbatas ni coches oficiales, volví a reunirme con ese grupo de amigos (sí, en este momento, todos aparcamos nuestra actividad profesional, para ejercer la amistad en su esencia más pura) para almorzar.
Y me sorprendieron gratamente de nuevo, a pesar de mi insistencia en aquello era un tributo inmerecido a todas luces. Ya digo, volvieron a agasajarme, aludiendo mi reciente cumpleaños. No me creo que el motivo fuese ése. En tal caso, los obsequios hubieran sido más livianos, pero aquellos regalos hablaban por sí solos. En uno de ellos se lee: “Para José, por si constante dedicación y apoyo a todos sus amigos”.
¿Acaso cualquiera de los presentes y ausentes no entiende el significado de esta palabra del mismo modo que yo la concibo?
La amistad es un sentimiento que está por encima de ideologías y credos, más allá de las montañas y de la inmensidad del mar. Es una de las mayores dádivas que nos ha regalo la vida, y que reiteradamente, la estupidez y la frágilidad del ser humano acaban con ella. Así la concibo, y así procuro llevarla a término, a pesar de mis limitaciones y mis debilidades.
A pesar de las inclemencias sociales y culturales, el ser humano no es un ser vacío ni hueco en su interior. Al contrario, está configurado por diversos sentimientos que, utilizados en su justa medida, confieren la grandiosidad que tiene. Esto le lleva a mimar sus amistades, a cultivarlas y cuidarlas. A regalas diariamente, como solemos hacer con cualquier planta.
Estamos muy acostumbrados a utilizar muy banalmente la palabra “amigo” (del latin. amiicus) es una palabra sagrada que utilizamos muy aleatoriamente. Desde mi punto de vista, un amigo es una persona que siente y vive tu vida con la misma intensidad con la que tú mismo la vives. Ello le confiere un alto grado de confianza, complicidad y lo más grande de todo, de empatía, sin la cual no existe la verdadera amistad. Desde este prisma, en el verdadero amigo volcamos de manera generosa y gratuita volcamos nuestros problemas y dificultades, nuestras inquietudes, nuestras alegrías, pero también nuestros fracasos. El verdadero amigo es incondicional –o al menos debe serlo- a nuestra propia existencia, independientemente de nuestra personalidad. El amigo jamás defrauda y permanece a nuestro lado de forma permanente e incondicional. Ortega y Gasset afirmaba que el hombre nunca puede vivir aislado, en soledad porque el hombre que vive aislado, jamás podrá ser hombre. Para que el ser humano se desarrolle y crezca de un punto de vista espiritual y humano, es básico que mantenga una estrecha comunicación con el mundo que le rodea, mantener una relación interpersonal con el mundo exterior. Y esta función tiene su primer germen en la verdadera amistad, que debe asentarse sobre estos pilares.
El verdadero amigo está a nuestro lado, por encima de relaciones familiares y de cualquier otro tipo. La verdadera amistad sobrevive a las tempestades sociales y a los vaivenes culturales. El amigo antepone la amistad a cualquier otra situación porque para él, la amistad es un don sagrado que, como decía antes, debemos cuidar y mimar diariamente.
Así, bajo estos cánones, entiendo el verdadero sentido de la amistad, y entiendo también que para que ésta perdure en nuestra particular historia personal, debemos proyectarla y exteriorizarla hacía quiénes de una manera u otra sienten y viven bajo los mismos parámetros que yo entiendo y vivo la amistad.
Por esta razón, no tengo mérito alguno ni hay motivos para gestas de estas características. Basicamente porque cualquiera de los que organizaron aquellas loas, en mi lugar hubieran actuado exactamente igual que yo. Por eso, la amistad es recíproca y, con el paso del tiempo, madura y se reafirma en nuestras propias vidas.

5 comentarios:

Jesús Remis dijo...

Aaaaaay, qué preciosas palabras amigo Jose.
No te preocupes, habrá más situaciones dignas de mención de tales características.
O sea, un abrazo

Abril dijo...

Y lo mejor de todo, es que no son tan solo palabras, sino que están apoyadas por los actos de una persona que se desvive por hacerle cómoda la vida a los demás.

Gracias Jose, aunque a tí no te guste que te las demos.

Un abrazo grande... María (Abril)

House dijo...

No, no... Menos palanganeos, que cualquiera de vosotros se merece más reconocimieno y honores. Yo sólo me dedico a "parar disparos", y a lograr que otros (otras en este caso), sean portada de periódicos, radios y revistas...

Tordon dijo...

Enhorabuena, Jarne, por tu magnífico "Elogio de la Amistad".
Salu2

Fujur dijo...

Querido amigo,
En primer lugar quiero darte las gracias por haberme agregado a los blogs que sigues. Me sorprendió, pues no tenía la ventura de conocer el tuyo, ni tampoco, a tu loable persona.

Sólo he leído este último artículo sobre la amistad... y me ha encantado. Muy bien escrito, y con cierto aire punzante que al principio parece que no se está "de buenas" para, al final, realizar una genialísima reflexión.

no hace falta decir que seguimos en contacto, un muy cordial abrazo!!

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