sábado, 28 de marzo de 2009

Una de escritores...

Uno de los escritores españoles que goza con más prestigio dentro del panorama español, y más particularmente, dentro del género policiaco es Juan Bolea, un escritor, periodista y ex político gaditano afincado en tierras del Ebro. Desde esta perspectiva, él suele pronunciar una frase que no puede dejar indiferente a nadie que se encuentre dentro del complicado mundo de la literatura, sea en el escalón que sea. "El escritor debe saber siempre cuál es su sitio, y no puede ocupar un lugar que no le corresponde", afirma.
Y lleva razón, mucha, muchísima razón. Los escritores, que ya de por sí somos una "raza aparte", solemos utilizar hábitos que perjudican seriamente nuestra salud literaria. El famoso "síndrome Umbral" últimamente es más frecuente de lo que por desgracia debería ser. Empieza a ser un cáncer que debemos extirpar si no queremos que esto se convierta en metástasis.
Los escritores siempre debemos saber cuál es nuestro sitio, el de cada uno, y no podemos presumir de lo que no somos ni podemos... Tiempo habrá de ascender los correspondientes escalones, pero mientras lo mejor es mantener una actitud discreta, serena y cauta. Nos irá mejor, sin duda.
Esta epidemia se reproduce con cierta facilidad entre los escritores noveles que, al contrario de lo que debe ser, en algunos casos se comportan como perfectos orgullosos, engreidos, prepotentes, y vanidosos. Afortunadamente no se puede generalizar. Se trata de casos aislados, perfectamente localizados y diagnosticados a los que resulta imposible ofrecerles un tratamiento porque su orgullo y su prepotencia les imposibilitan ver la realidad que les circunda más allá de su nariz. En este sentido, estoy más que harto de tropezar con autores noveles que padecen el "síndrome Umbral" y aprovechan todas y cada una de las circunstancias sociales que pueden para "hablar de su libro y de su condición de escritor". Estas actitudes me resultan mediocres, patéticas y arrogantes. Dicen muy poco de su condición de noveles que, aunque pretendan difuminarlo, no dejan de serlo por mucho que "hablen de su libro". Se ven "dioses" porque han editado (en muchas ocasiones es una auto edición) un libro que si se repasa con detenimiento observaremos errores ortotipográficos y de estilo porque ni ellos lo han corregido, dado que se creen que lo que escriben no merece la más mínima corrección, ni la editorial que han contratado se preocupa de estas cosas. Al final, tropezamos con un seudo escritor y con un libro vergonzoso... Es decir, un mundo idílico.
Pero ya digo, no todos los escritores noveles son así, También encontramos autores sencillos, humildes, discretos que casi hasta se averguenzan de lo que escriben, que dudan de la calidad de sus textos. Estos últimos se merecen toda mi admiración, respeto, cariño, afecto y ayuda. Se la merecen, y con creces. Además, en la mayoría de los casos son autores que escriben bien, que tienen una gran calidad narrativa, y que en la mayoría de los casos, ni se creen que son ciertas estas cualidades que poseen. Los primeros tendrían que aprender de éstos, y, desgraciadamente, a éstos últimos son a los que más envidia y rencor les tienen los primeros.
La humildad es una virtud que debe traspirar en todos los aspectos de la vida. Tambíén en el mundo de la literatura y de la edición. Juan Bolea tiene toda la razón del mundo como la tienen otros muchos reconocidos y prestigiosos autores que, con varias docenas de libros en el mercados, son profesionales de la discrección y del sentido común. Un claro ejemplo de humildad y sencillez pude vivirlo en directo en el año 2006 en la ciudad de Vitoria. Acudí a la entrega de un premio que le concedían a Paulo Coelho. Al finalizar el acto, muy austero y concreto, se sirvió un vino español al objeto de que el autor pudiera atender a los medios de comunicación acreditados, a los invitados, y particularmente a sus incondicionales lectores. En un momento dado se le acercó una lectora, una joven de unos veinte años que pretendía invitarle a un café en privado porque tenía mucho interés en hablar con él en relación a su vasta obra literaria. Él rehusó la invitación, dado que su agenda la tenía más que comprometida. Ella se enojó ante la negativa y se decepcionó alejandose del lugar en dónde se encontraba Coelho. Él, que se dio cuenta de la decepción de su lectora, se dirigió a los presentes: "Discúlpenme, pero tengo que arreglar esto. No puedo dejarla marchar así", y salió en su busca. Habló con ella y... si disiparon los problemas. ¿És o no éste un gesto de humildad de un escritor con más de cien millones de libros vendidos?
La tribu tendría que tomar nota de ello, y dejarse de mirarse constantemente el ombligo. Tendrían que ser humildes. Como también señala Manuel L. Alonso, el escritor debe ser humilde antes que la vida le obligue a ello. No se puede vender en cualquier circunstancia y lugar tu obra. Ésa no es la función de un escritor. No se puede presumir de lo que uno no es, ni se puede publicitar una obra de baja calidad literaria que, además, está repleta de errores. Hay que ser serios y prudentes. Seguir los consejos de los que nos preceden es una buena táctica. Sin embargo, algunos, imbuidos en su estúpida arrogancia no ven más allá de sus narices. La estúpidez patológica es uno de los tumores que últimamente acechan a nuestra sociedad. La tribu padece este mal; un mal que se está convirtiendo en putrefacción porque ellos, sumergidos en su vanidad y egocentrismo, se transforman en seres envidiosos y rencorosos. Ante estas patologías no cabe prevención ni tratamiento. Simplemente esperar a que una parada cardiaca, abrazada a una caida absoluta de ventas, les devuelva a su estado natural, del que nunca debieron salir. Pero la vida es justa, y el tiempo pone a cada cual en su sitio. A éstos los pondrá el público y, lógicamente, sus más próximos, que acabarán aborreciendoles. O sea, lo mismo que yo hago desde que los conozco.. y los trato.

2 comentarios:

Martikka dijo...

Excelente post. Sinceramente, me he visto retratada en la humildad que describes, pues a menudo he sentido vergüenza de lo que escribía, a menudo no me he considerado escritora aún cuando tenía más obra (publicada y no) que muchos noveles que se autoproclaman con autobombo escritores por haber publicado algún relato. A menudo he dudado de mi valía pero nunda he dudado de mi vocación. He seguido adelante siempre y cada logro es un paso, aunque el verdadero logro es poder usar este don, no vanagloriarse de él.
¡Un saludo!

House dijo...

Gracias Martikka, por tus palabras. Todo el mundo tiene que creer firmemente en el valor y la importancia de su< obra. Sin perder esta óptica, también es verdad es que esa "creencia" en reiteradas ocasiones y en según que se personas, se transforma en dosis de "ego", y entonces se convierte en vanidad y egoismo. Y éstos son materias que un verdadero autor, sea o no novel nunca puede rozar Si se rozan y uno se empapa de ellas al final termina siendo un cretino. Y... haberlos hailos. Te lo aseguro.
Gracias por leerme.
Este fin de semana colgaré otro post.

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