lunes, 13 de abril de 2009

NUESTRO DESTINO

Estuve recordando una leyenda judía según la cual, cuarenta días antes de nacer a cada niño se le elige una pareja del cielo. Dos almas se crean en el firmamento, y un ángel exclama: .?¡Este niño será para esta niña!.?. A partir de ese día no habrá obstáculo que impida su encuentro ni dificultad que vulnere su amor infinito. Dentro de esta perspectiva, los ángeles, esos seres etéreos que con frecuencia dominan el infinito y otean otros horizontes diferentes a los nuestros, se encuentran siempre en constante actividad. Su labor consiste precisamente en eso, en la elección de una pareja del cielo a cada criatura que nace. La elección se realiza en el instante mismo del nacimiento. Es entonces cuando se sella para siempre el destino del neonato. Su suerte resultará muy incierta y se hallará en manos de su destino, pero protegido a la vez por su ángel de la guarda. Se trata sencillamente de la cultura judía.
* * *

Pam nació en Berlín en el seno de una familia humilde, pero con robustas raíces culturales. No en vano su padre dirigía una pequeña empresa de transportes y su madre realizaba las tareas domésticas en el hogar de uno de los socios de su marido. La juventud de Pam se perfumó de los sucesivos vaivenés que sufría la Europa principios de siglo, y en aquellos primeros años de la nueva centuría no podía imaginarse que, transcurrido algún tiempo, se vería sumergido en una de las más terribles olas de violencia que jamás padeció la sociedad europea. Aquel huracán exagerado de violencia daría un giro radical a su vida. Pam Silver sintió retroceder un momento aciago en su vida. Diciembre de 1945.

Apenas había cumplido diecisiete años, y vivía en Polonia. Sus padres habían muerto un año antes de tifus, y en aquellos momentos circulaba el rumor de que los nazis planeaban enviar a los habitantes de aquel gueto a un campo de concentración llamado Treblinka. En aquel recinto polaco todos sabían lo que les aguardaba. Hornos humeantes y una muerte segura.

Una mañana los soldados nazís irrumpieron de forma violenta en el gueto, y ordenaron a los habitantes de aquel lugar que se congregaran en el mercado. Los hicieron formar en dos filas, una con destino a Treblinka, y la otra a los campos de trabajos forzados de Pietrków.
A Pam le obligaron a situarse en el segundo grupo. El campo de exterminio de Treblinka fue creado en junio de 1942. Los judíos deportados eran recibidos en una zona de acogida donde se les indicaba que estaban en un campo de tránsito. Se les dividía en dos grupos, hombres y mujeres con los niños, y se les ordenaba que dejaran todas sus posesiones. Tras desnudarse se les obligaba a marchar por un camino hacia lo que se les hacía creer que eran las duchas del campo. Una vez que las puertas de las cámaras de gas eran cerradas, se accionaba un motor que expulsaba monóxido de carbono en el interior de las estancias.
Los cadáveres eran recogidos por los Sonderkommando (reclusos judíos forzados a realizar ese trabajo) y quemados en enormes fosas comunes.
Corría el mes de febrero de 1944. Pam estaba preso en un campo de concentración alemán situado a unos doscientos kilómetros al sur de Berlín. Estaba literalmente en los huesos, y al parecer sólo le quedaban unos pocos días para morir por inanición.
Una mañana, vestido tan solo con el paupérrimo uniforme a rayas de la prisión y los pies envueltos en trapos, miró hacia los sembrados cubiertos de nieve que se extendían al otro lado de la alambrada. De pronto divisó a una niña polaca, de unos quince o dieciséis años, vestida con abrigo y gorro de lana gruesa y unas botas de piel que le venían grandes. Su cara dibujaba, como en todos los residentes de la zona, una tristeza inmensa. Sus ojos, aunque vivarachos, reflejaban los rayos de la pena por la situación que atravesaban.
Allí la vida carecia de aliciente alguno porque giraba en torno a la voluntad de los nazís. Sobre todo en los campos de concentración, como en Pietrków.
La adolescente no comprendía el porqué de los trabajos forzados. Cientos de veces se preguntaba qué delito habrían cometido aquellas gentes para merecer un castigo tan cruel y tan humillante.
Por ello, con frecuencia, acostumbraba a visitar los alrededores de las alambradas de los campos de concentración para intentar mitigar el dolor de sus habitantes. Su ayuda consistía en dedicarles unas palabras de solidaridad, aliento y cariño.
Mareado de hambre, Pam permaneció observándola un largo rato. La adolescente se acercó a la alambrada y, en vez de burlarse de él como solían hacer otros, le habló con una dulzura que el joven no había percibido desde que perdió a sus padres.
-No te aflijas -le consoló la joven-. Vas a salir pronto de aquí.
Hurgó entonces en su abrigo y extrajó un trozo de pan recién hecho.
-Ten -le dijo mientras le arrojaba el pan y una pieza de fruta por encima de la alambrada.
Pam miró alrededor. Los guardias italianos, que estaban temporalmente a cargo del campo, no ejercían una vigilancia tan estricta como los alemanes. Recogió los alimentos y se los escondió debajo de la camisa.
-Mañana te traeré más -le prometió la adolescente. Pam no creyó que lo haría. Pero al día siguiente, aquélla volvió con más pan y manzanas. Durante siete meses, hasta que fue trasladado a otro campo de concentración en Checoslovaquia, la joven acudió diariamente a la cita. Le daba comida. Sus manos obraron un milagro: devolver la vida a quien creía ya rozar la muerte.
¿Qué podía saber Linda M., en su cándida adolescencia, de los amores y desventuras que la vida encierra? A ella no le terminaba de caber en la cabeza que, de entre todas las mujeres del mundo, los ángeles la hubiesen escogido a ella como compañera de Pam. Estaba convencida de que el verdadero amor mantiene unidas dos almas eternamente y las funde en una sola. Sólo los ángeles podían forjar esa unión, pues, en el caso de ellos, no tenía la menor duda de que aquellos seres celestiales habían enlazado sus vidas desde hacía varios meses. En aquel instante se hizo realidad la famosa leyenda judía. Dos almas se habían tropezado en el camino.
A partir de entonces recorrerían el áspero camino de la vida con las manos entrelazadas. Esa unión resultaría eterna y joven, como ellos mismos, y perduraría hasta la eternidad. Las continuas visitas que Linda M. había realizado a las inmediaciones del campo de concentración dieron lugar a una fusión de dos seres para siempre, aunque ellos todavía no lograran vislumbrar el futuro que les aguardaba.
* * *
Corría el mes de Septiembre de 1954. En Nueva York, Linda M. había aceptado que su amiga Sara, a la que había conocido en una sinagoga, concertase una cita para ella con algún posible pretendiente. Sara y un amigo suyo, Jack, habían hecho planes de ir a pasear a Coney Island e invitaron a Linda M. y a un amigo de Jack, Pam Silver, a salir con ellos.
Linda M. se acomodó en el asiento trasero del coche, junto a un joven con cara de adolescente y brillantes ojos castaños, que en ningún momento dejó de mirarla. Era un zagal amable y simpático, circunstancia que agradó mucho a Linda M., y además hablaba con el mismo acento polaco que ella. Casi sin darse cuenta, como de pasada, comenzaron a conversar sobre el pasado de cada uno de ellos. Cuando él le contó que había estado recluido en un campo de concentración. Linda M. sintió un escalofrío al recordar el único campo que había visitado de niña.
-Me acuerdo de un muchacho -dijo con voz tenue mientras se asombraba a la vez por conservar esa imagen en la memoria después de tantos años-. Estaba preso en un campo cerca de la granja dónde mi familia y yo trabajábamos. Yo solía arrojarle pan y manzanas por encima de la alambrada. Pam se acercó a ella sin poder creer lo que estaba escuchando.
-¿Cómo se llamaba ese campo? -le preguntó.
-No recuerdo. Era en Alemania. no muy lejos de Berlín. Mi padre nos consiguió pasaportes falsos para hacernos pasar por cristianos. Pam se puso repentinamente serio. -¿Le diste comida una sola vez? -inquirió.
El inesperado interrogatorio desconcertó a la joven, pero finalmente respondió:
-Le llevé comida durante siete meses y luego desapareció. Temí lo peor. -Y los guardias del campo. ¿eran alemanes? -continuó el joven con voz entrecortada.
Linda M. trató de remontarse a aquellos dolorosos días. Vio los sembrados cubiertos de nieve y a una niña con un grueso abrigo de lana y unas botas que le venían grandes. El muchacho era alto y tiritaba de frío bajo un atavio de prisionero, con unos trapos enrrollados en los pies. -Los guardias usaban un uniforme distinto "respondió al fin. Esas palabras rompieron un dique de hielo en el corazón de Pam Silver, un dique que comenzó a levantarse en sus entrañas desde aquel día en el mercado de Pietrków.
Entonces extendió la mano, y la posó con suavidad sobre la de Linda M. Por su parte, ella se estremeció y permaneció unos segundos inmóvil mirándole con expresión de asombro y con identica emoción que embargaría a un ciego al contemplar la aurora por primera vez. Fue entonces cuando supo que los ángeles la habían escogido para ser su compañera. Sin inmutarse por la presencia de sus amigos, Pam Silver y Linda M. se fundieron en un abrazo que se prolongó hasta la eternidad. Aquella manifestación de amor dibujó unos sentimientos que, si en sus orígenes resultaron puramente humanitarios, en ese instante se habían transformado en una brillante y romántica historia de amor que no conocía principio ni fin. Una historia de amor que viniendo desde el pasado se extendía hasta que el tiempo devorase la Tierra y el olvido sepultase la Historia. Eran dos almas reunidas de nuevo. Dos corazones entrelazados para siempre. La crueldad de la guerra, el oprobio de los pueblos en luchas fraticidas eran el pan nuestro de cada día en muchas zonas del mundo. La vida, dibujada a pinceladas de injusticias e infamias, sembraba a diario un paisaje teñido de muerte y desolación. Sin embargo, en aquella ocasión, el tenebroso paraiso de Treblinka y Pietrków había obrado un milagro. En el corazón del hombre la llama del amor prendía incandescente.
* * *
De acuerdo con la leyenda, existía una buena razón para que los ángeles le eligieran un niño a cada niña. Era la misma razón por la que Dios le regalaba al hombre dos ojos, dos oídos y dos manos; para que se complementasen y actuasen juntos como si de uno solo se tratara. Linda M. comprendió entonces que, después de todo, los ángeles no se habían equivocado al unirla a Pam Silver. Habían obrado nuevamente su magia, de igual manera que con otros millones de personas.

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails