viernes, 10 de abril de 2009

Una respuesta

El pasillo era largo y estrecho. Todo él era un hervidero de gente que iba y venía, de personas que entraban y salían de las habitaciones. La luz que entraba por los grandes ventanales de las habitaciones confería a toda la planta una luminosidad diferente. El sol lo inundaba todo. Para Julie era su primer día de trabajo. Cuando hizo el relevo no imaginaba que aquella tarde iba a ser tan especial. Julie siempre había trabajado en unidades infantiles. Siempre le gustaron los niños. Por esta razón cuando empezó a trabajar pidió que la destinasen a un servicio de niños. Pero debido a las necesidades del hospital, aquella tarde le habían trasladado de planta. Aquel cambio no iba durar mucho tiempo, pero sí lo suficiente para que al principio andara un poco desorientada. Afortunadamente, su dilatada experiencia profesional le ayudó mucho.

Al cabo de una hora se encontraba totalmente integrada y estaba al tanto de todos los enfermos hospitalizados.

Dana era una chica joven, de veinte años, que, como todos los jóvenes de su edad, tenía unas ganas tremendas de abrazar los aires de libertad de la juventud. Sin embargo, esos deseos pronto se vieron truncados a causa de su intestino. Fue diagnosticada como enferma de crohn, y desde muy corta edad su vida había cambiado radicalmente. Le habían intervenido varias veces, y ahora estaba de nuevo hospitalizada a causa de una nueva alteración intestinal. Estaba internada en la habitación 1851. Debido a su estado psicológico estaba en una habitación individual. Como era habitual, a las 5 de la tarde, repartieron las meriendas. Todo estaba en orden.

Las compañeras de Julie se encargaron de la distribución de las meriendas. Una vez realizado el reparto, se reunieron todas en una pequeñita sala de estar, en torno a una humeante cafetera.

-A ver si nos dejan tomar el café -exclamó Julie, mientras se prepara una taza para servirse el café. De repente sonó el teléfono. Brigitte, una compañera de Juile, se levantó a atenderlo.

-No hay camas. -se le escuchó decir.

Julie dejó la taza de café y se acercó hasta dónde estaba su compañera:

-Si es una urgencia, provisionalmente podemos meterla en la 1851 -apuntó.

Cuando Brigitte colgó el teléfono, les explicó a sus compañeras de turno: -Viene un ingreso. Es un síndrome de down con una neumonía.
-No hay problema. Lo pondremos en 1851.

Y retomaron su poco tiempo de tranquilidad. Apenas había pasado media hora de aquella conversación, cuando subieron a la nueva inquilina de la planta. Julie y Brigitte salieron a recibirla y atenderla como exigían el protocolo establecido al efecto. Cuando Dana se dio cuenta que se terminaba su libertad y su intimidad se enfadó, y se lo dijo a Julie.

-¿Por qué la ponéis en esta habitación? ¿Es que no tenéis otro sitio para ponerla? -les recriminó elevando el tono de voz.

-¡No te preocupes! Sólo serán unas horas. Mañana la cambiarán de planta.

-¿Cómo que mañana? No, hoy. No quiero tener a nadie en la habitación -Dana continuaba elevando el tono de voz.

-¡Tranquílizate, Dana! -intentó calmarla Brigitte.

-Estoy muy tranquila, pero quiero estar sola -gritó la joven, abandonando la habitación mientras daba un portazo, que retumbó en todo el pasillo.

Las enfermeras hicieron caso omiso a las exigencias de Dana, y continuaron su trabajo como si tal cosa. La tarde discurría por los cauces normales. El personal de la planta continuó realizando su trabajo de forma rutinaria y eficaz. A última hora de la tarde, desde la cocina central del hospital enviaron las cenas. Julie y sus compañeras comenzaron a distribuirla por las diferentes habitaciones. Cuando entró en la habitación 1851 sus ojos no daban crédito a lo que estaba viendo. Dejó caer al suelo la cena y gritó despavorida. La compañera de habitación de Dana yacía en la cama envuelta en un enorme charco de sangre. La habían cosido a puñaladas. Una de ellas le había seccionado la yugular en sentido izquierda derecha...

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