lunes, 29 de junio de 2009

DE VIAJE...

Tras un mes y pico ausente de este portal, con este panel pretendo resucitar este blog y me comprometo a poner diariamente algún comentario u opinión sobre la actualidad que me rodea y que rodea a la sociedad en la que, lo quiera o no, estoy plenamente sumergido. Y la realidad que considero importante. Nunca la que pretendan imponer agentes externos.
Durante este periodo de ausencia han sido muy numerosos los viajes que he realizado: en tren, en taxi, en coche, en avión, en autocar y hasta en barco. No me pongo a contarlos porque quién me lea seguro que no tiene ganas de perder el tiempo en haciendas tan banales. Lo cierto es que si tuviera que resumir todos ellos con un denominador común: evolución. Cierto es. Los actuales medios de comunicación han evolucionado sustancialmente. Atrás quedaron, por ejemplo, aquellos trenes TALGO que cuándo nacieron la sociedad de la época pretendía disfrutar de un monumento “Patrimonio de la Humanidad”. ¿Y qué decir de aquellas artríticas máquinas de vapor? Afortunadamente el avance de la tecnología y el desarrollo social han impulsado unos trenes modernos, rápidos y confortables, capaces de superar los doscientos kilómetros a la hora y que para el pasajero que los utiliza se transforma casi en una herramienta de trabajo en la que puedes conectarte al ciberespacio, y trabajar como si estuvieras en tu propia oficina con todos lo que necesitas en tu lugar de trabajo.
Pero este importante avance no sirve de nada si el usuario de turno hace lo posible por descuidarlo y maltratarlo sin un ápice de consideración al resto de usuarios. Haciendo lo que nos da la gana pretendemos ser más libre y lo que nos convertimos es en verdugos de nuestra propia estupidez. El otro día fui testigo de una hazaña de estas características. La estúpidez humana llevada a los máximos extremos de irracional y de escaso sentido común. Ya saben ustedes eso de que el hábito no hace al monje. Lo mismo sucede con la edad. El hecho de cumplir años no implica más sentido común. A veces es al contrario. Y si no, juzguen ustedes. Cogí un tren en la antigua Cesaraugusta, camino de la antigua Gigia, a través de las escarpadas montañas leonesas. El convoy venía a rebosar. Se perciben ya los aromas estivales, y ello obliga a que los trenes vayan a rebosar, incluso a pesar de la famosísima “crisis”. En esta misma estación se subió una señora que portaba tres hermosas y voluminosas maletas. Como el compartimento de equipajes venía a rebosar, ni corta ni perezosa, no se lo pensó dos veces y colocó las maletas en el pasillo del vagón, junto a su asiento, impidiendo el tránsito de pasajeros. El personal de tripulación le instó a dejar su equipaje en el compartimento del vagón continuo, dado que, al parecer había espacio suficiente, y por medidas de seguridad, dado la normativa legal así lo exige. Como no podía ser de otra manera, ella se negó alegando una sublime estupidez: “No quiero desprenderme del equipaje para que no me lo roben”. “¿Pero cómo se lo van a robar, señora?”, le contestó una de las azafatas. La susodicha, que ya no tendría que cumplir los ochenta años (con todo lo que ello implica), insistió erre que erre en que de su lado no se movía el equipaje mientras de forma inútil las azafatas (muy guapas, por cierto) pretendían convencerla de los contrario sin conseguirlo. Mientras los pasajeros que pretendían cruzar el vagón se dedicaban a participar en una carrera de obstáculos. Una bella estampa bucólica. En vista de que las azafatas no conseguían su lógico propósito, avisaron a su superior jerárquico de lo ocurrido, el cual, en compañía de un responsable de seguridad del tren, intentaron convencerla de que depusiera su actitud y respetara las normas básicas de seguridad en estos medios de transporte. Nada. Objetivo fallido. Doña erre que erre seguía en sus trece desoyendo a la tripulación y a los pasajeros que también se quejaban. Como el suceso cada vez originaba más problemas, el personal de seguridad y los responsables del tren optaron por una decisión justa, legal y fría. Sin dar opción a opiniones posteriores, el propio vigilante de seguridad cogió dos de las maletas y una azafata la tercera y las retiraron “por decreto”. Las colocaron perfectamente en su lugar correspondiente, pero en otro vagón. La “buena señora” (seré educado) se enfadó, les increpó –Fue educada y no les insultó; algo es algo- y exigió la famosa Hoja de Reclamaciones. La tripulación no opuso resistencia a sus pretensiones, y una vez rellenada y diciéndoles de todo, menos “bonitos”, decidió cambiar repentinamente de ruta y bajarse en la primera estación que el tren tuviera parada porque “les iba a denunciar a la policía y a la guardia civil”. Lo que ya desconozco si también formularía una denuncia en la Audiencia Nacional, en el Tribunal Constitucional y hasta en el Tribunal de la Haya…
Efectivamente la interfecta que llevaba billete para Vigo, se apeó en Pamplona. Allá ella, pero lo cierto es que con especímenes como ésta así nos va en esta sociedad que intenta salir de la crisis de la mejor manera que sabe hacerlo. ¿De qué nos sirven la mejora de los servicios públicos si nosotros nos seguimos comportando como el hombre de las cavernas? Debemos ser serios y respetuosos como los avances que la ciencia, la tecnología y los nuevos tiempos nos imponen. Si no cuidamos nuestros servicios públicos y no los consideramos como nuestros, jamás podremos evolucionar como personas y mucho menos como sociedad. Gracias a ellos, por ejemplo, podemos disfrutar de un alto grado de bienestar y nuestros servicios públicos son cada vez más eficaces y más competentes, independientemente de que siempre puedes tropezarte con torpes como la mujer que nos ocupa. La verdad es que por un grano no hay que echar al fuego todo el racimo. Eso sí, tengo que confesar que tras un trayecto de largas nueve horas de viaje, durante el cual en varias ocasiones mi equipaje personal estuvo fuera de mi alcance, he llegado a Gijón con todo mi equipaje intacto, sano y salvo. Lo mismo que otros muchos pasajeros. Mientras, la buena señora continuará recorriendo los juzgados de España y sus inmediaciones en busca de algún juez que le haga caso y admita a trámite tan bochornoso espectáculo. Quizás lo encuentre, aunque lo dudo. Confío

1 comentario:

Marta Abelló (martikka) dijo...

Bienvenido de nuevo. Menuda anécdota la de la señora...Lo cierto es que últimamente yo también me topo con gente incívica de esta clase (y precisamente jóvenes no son, así que me da una rabia...)

Un saludo!

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