jueves, 9 de julio de 2009

Valencia de Don Juan

He de reconocer que mi experiencia en el mundo rural resulta muy parca. La verdad, no me gusta la vida de los pueblos. La considero insípida y carente de todos los ingredientes sociales, culturales, laborales, económicos, políticos y sanitarios que engloban las urbes. Ello unido a la antipatía que produce viajar por obligación durante diez eternos años a una aldea aragonesa, en la que la vida practicamente resulta inexistentes, hace que se me encrespe el poco vello cabelludo que me queda cuando alguien de mi entorno propone dejar la gran ciudad en busca del descanso y paz que supuestamente emana cualquier nucleo rural.
Por éstas y otras razones cuando mi "ecuación perfecta" me propuso el verano pasado marchar a Valencia de Don Juan, en la provincia de León, para descansar unos días me enervó la sangre. La primera imagen que se perfiló en mi retina era la vieja imagen que traía de la provincia zaragozana, la de las aldeas (también llamados pueblos) en las que apenas hay vida, y demasiada ponzoña, y una más que manifiesta pestilencia a determinadas ideologías políticas, poco dadas por cierto a aceptar que entre los suyos puedan existir voces descordantes, o incluso gobernantes a los que se les regala trajes como vianda a no sé qué tipo de favores. Pero desoyendo mi desconformidad, allá que nos fuimos.
Valencia de Don Juan me sorprendìó muy gratamente. No era para menos. No era un nucleo rural al uso.Ni mucho menos. No estoy capacitado, ni tengo datos relevantes acerca del sector servicios de ese nucleo leonés, pero si puedo aseguraros que en la localidad existen, por ejemplo, un más que excelente hotel. un pàr de restaurantes que nada tienen que envidiar a cualquier otro de una gran ciudad, y qu7e destilan un exquisito aroma a sidra asturiana, una no diminuta retahíla de entidades bancarias de toda clase y condición, y dos notarías...Y ya no entro a enumerar los servicios básicos de cualquier población: supermercados, tiendas de todo tipo, farmacias, clínicas veterinarias, un poliderportivo y unas piscinas municipales. De todo ello y mucho más se configura Valencia de Don Juan.
Pero estos méritos no ´son exclusiovamente de esta localidad leonesa, sino de sus casi cinco mil habitantes, y del resto de foráneos que la visitamos con cierta asiduidad. El mérito es de ellos porque cada ciudadano tiene lo que se merece y por lo que lucha; es decir, aquella ciudad -sea del tamaño que sea- que se estanca y no avanza, no tiene ánimo alguno de progreso y de renovación. Las urbes, todas, tienen que progresar y avanzar. Nunca estancarse. La población que se detiene está muerta. ¿Quieren que les dé nombres? ¿Verdad que no es necesario? Sin embargo, aquella localidad, como Valencia de Don Juan que, encabezada por su corporación municipal, trabaja, lucha y se compromete por mejorar su entorno, lo consigue. Sin embargo, aquellos gobiernos municipales que se e`mpozoñan y se enquistan en absurdos y etéreos reinos feudales, únicamente logran que la población muera lentamente, sin recursos, sin medios, sin futuro, sin vida... Y asi les va. Son localidades condenadas al ostracismo. Y haberlas hailas, y demasiadas.
Dentro de unos día volveré a Valencia de Don Juan, de dónde llegue hace cuatro días escasos, pero aseguro que mi estancia allí nunca será monotona y plana, como fue en otra época en un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme. Los motivos del éxito dos: una compañía perfecta y una localidad con vida propia.

2 comentarios:

jmá dijo...

Pues en Valencia te esperamos

Javier Revilla Casado dijo...

Un honor recibir su visita, doctor House

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