martes, 15 de septiembre de 2009

UN PREPOTENTE MUY CARO

Esta mañana he asistido, con cara de bobalicón, a uno de los abusos más manifiestos de autoridad por parte de un agente de Policía Local de Gijón que, con gesto prepotente, ha derrollado generosamente una arrogancia fuera de lo habitual.
He llevado al coche a un taller de chapa. Como no había sitio siquiera para deternerme unos segundos mientras últimaba detalles con los empleados del establecimiento, he detenido el vehículo en una zona de carga y decarga, en dónde también había detenidos otros vehiculos. Finalmente resultó que todos, unos y otros, eran vehículos que estaban pendientes de entrar al taller. Ciuando regresé al vehículo, acompañado del encargado del taller y un empleado del mismo, con el fin de ´comenzar a retirarlos de ese lugar y llevarlos al taller (de un lugar de otro escasamente le separan diez metros) nos hemos encontrado con la sorpresa de que una pareja de motoristas de la Policía Local de Gijón estaban denunciando a todos los vehículos.
El encargado del taller les indicó que a todos los iban a retirar de allí en escasamente diez minutos. Un agente le respondió con evidente prepotencia: "Me da igual; ya hemos avisado a la grúa". Escasamente pasó un minuto que la grúa municipal hizo acto de presencia. El otro empleado del taller y yo apoyamos la teoría del encargado. Haciendo oídos sordos, la respuesta del agente fue contundente: "No me acosen, porque llamo al juzgado de guardia y les inmovilizo todos los vehículos". El otro agente permanecía atento y en silencio. Pero quién calla, otorga, digo.
Retiramos de allí todos los vehículos, pero para entrarlos al taller se ha montado un soberano atasco que se extendió hasta la siguiente travesía porque era necesario desalojar antes el taller de los coches que estaban dentro. Un follón de cuidado.
Y todo por un prepotente que nos está costando muy caro a los ciudadanos de Gijón. La prepotencia no sirve cuando ejercemos puestos de atención al público. No es ético ni moral actuar así. Pero claro en este asunto, como en otros similares, actualmente muchos funcionarios públicos (y este cáncer se extiende a las policías locales de otras muchas ciudades españolas) aprueban las oposiciones y comienzan a ejercer sus funciones laborales sin ningún tipo de profesionalidad por su parte. En algo tienen que trabajar. Si a ello añadimos la incompetencia para desarrollar diferentes actividades laborales, el resultado, sin ningún género de dudas, es tropezarnos con prepotentes muy caros porque se están mantiendo gracias al erario público, mientras, por otro lado, nos dedicamos a subir los impuestos del alcohol y el tabaco, a regalar dadivas a los parados de manera injusta, a recortar subvenciones a entidades sin ánimo de lucro. Y suma y sigue. Y medio de este país idílico, de un plumazo, La Comunidad de Madrid, regentada por la ínclita Esperanza Aguirre, concede a todo el profesorado potestad judicial para actúar como tales cuando un menor comete un delito o una falta.
Lo dicho, entre el prepotente que nos sale caro, la ínclita y sus maravillosas medidas, y el caos mental de los ministerios, estamos asistiendo a una perfecta comedia. Falta ponerle nombre al tonto de turno, pero así, de entrada, se me ocurren muchos y muy conocidos. Adivinadlos.

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