martes, 27 de octubre de 2009

SABINO

En la más reciente Historia de España apenas se pueden contabilizar las personas a las que se les llana solamente por su nombre y todos sabemos de quién se trata. Hay tres personas. Adolfo Suárez, Felipe González y Sabino Fernández Campo. Adolfo, Felipe y Sabino. Así de sencillo. Ni más ni menos.
Ayer uno de ellos marchó para siempre del mismo modo que proyectó toda su vida, con una discrección y una serenidad impresionantes. Sabino se marchó en silencio, callado, discretamente, sin aspavimientos. Tal y como actuó desde que en el año 1975 fue nombrado subscretario del Ministerio de la Presidencia hasta que en el año 1995 dejó la Jefatura de la Casa de Su Majestad el Rey.
Fue un gran estadista, alguien decisivo e insustituible en la más reciente historia de nuestra transcición. Hizo del consenso y de la discrección su bancera, y del diálogo su insignia preferida. Quienes le conocieron le loan, y quienes no le agradacemos, entre otras muchas cosas, que durante el golpe de Estado de 1981 fuera el "artifice" en la sombra de la desmantelación de todo el proceso golpista.
Sabino hacia gala de su carácter asturiano. Afable, sencillo, honesto, y servicial. Más allá de su dilatada trayectioria militar, lo que los españoles tendremos siempre que agradecerle es que se convirtió en uno de los engranajes básicos del Estado Español en una época en la que no sólo venían ´mal dadas, sino que había que poner toda la carne en el asador para lograr que las cosas fueran mejorando y evitar así no sólo que los aires golpistas triunfaran, sino que los aromas franquistas se pulverizarán sigilosamente. Así actuó y así gestionó este oventense que llegó a convertirse no sólo en la sombra del Rey don Juan Carlos, sino que en reiteradas ocasiones era una prolongación de Su Persona.
La última vez que lo ví en público fue el año pasado en Oviedo durante el acto de entrega de los Premios Príncipe de Asturias, de los que fue uno de sus principales impulsores, así como de la propia Fundación. Accedió al famoso Teatro Campoamor erguido y saludando timidamente al público que, congregado en los aledaños, le vitoreaba. Le acompañaba su mujer, la candasina María Teresa Álverez. Y como no podía ser de otra manera, Sabino iba envuelto en una aureola de discrección, sencillez y humildad muy difícil de explicar con palabras. De regreso al Hotel de la Reconquista, la gente volvió a jalearle. "Mira, es Sabino", era el comentario de los oventenses que se arremolinaban en las inmediaciones de la calle Uria y del Parque de San Francisco. Efectivamente, era Sabino. Querido y respetado por todos.
Ha muerto un gran estadísta, un hombre que debe servir de ejemplo para muchos, sobre todo en épocas como ésta en la que una terrible plaga de egos, mezclada con corrupción y chanchullos por doquier comienza a infectar diversos ayuntamientos y comunidades autónomas. Qué tomen buena nota quienes se dedican en estos tiempos a echar balones fuera, intentando esconder la mugre y las epidemias que envuelven sus hogares.
Sabino era mucho Sabino. Lo demostró del mil formas, pero la más eviente; con un manifiesto sentido del deber, de la responsabilidad y de la discreccion. Qué otros tomen buena nota, que falta les hace. Sabino era el modelo de estadista y de patriota que cualquier país quisiera tener en sus entrañas. Pero aquí fuimos afortunados. Tuvimos la grandísima suerte de que él era espàñol, asturiano para más señas. O sea, un caballero. Algo inusual en estos tiempos que corren.

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