jueves, 8 de octubre de 2009

UN AÑO MÁS...Y SIN VARIACIONES.

Me cuentan las crónicas que Zaragoza ya rezuma fiesta por todos sus poros. Se acerca el Día del Pilar y por ello, las Fiestas en honor de la Virgen del mismo nombre. La verdad es que estoy más que harto de vivir estas fiestas en vivo y en directo. Más de treinta y cinco años refrendan este dato. Ahora llevo cuatro años sin vivirla, pero, digo, cuentan las crónicas y los noticiarios que hay más de lo mismo. O sea, un agobio de gentes, de barullo, de actos programados, un continúo atasco en el centro de la ciudad (y en lo que no es el centro) y la imposibilidad total de entrar en una cafetería de manera relajada y civilizada. Así son las Fiestas del Pilar de Zaragoza. Un lío (por no decir un asco.
Y en medio de esa algarabia y de ese follón, un ex super ministro, ahora ejerce de alcalde y de consorte de pianista, se jacta de que qante la convocatoria de huelga de los trabajadores de FCC, encargada de la limpieza y recogida de basura de la ciudad, los servicios mínimos de recogida de basura "serán del cien por cien". Dicho en otras palabras, los empleados de la empresa de limpieza municipal trabajarán al cien por cien, como si no hubiera convocada una huelga ni mucho menos como si Zaragoza no estuviera en fiestas. Ya lo sentenció el propio alcalde de la ciudad, Juan Alberto Belloch. A eso se llama poder de convicción.
Si bien es cierto que esta convocatoria de huelga lo fue en un momento crítico para la antigua Césaraugusta, lo cierto es que el alcalde debe ser el último para hablar sobre el particular. Lo que sí debe gestionar el prócer municipal es que, en caso de huelga, se garanticen los servicios mínimos, sobre todo ante un inminente puente festivo en el que la ciudad duplica el número de visitantes. En este sentido, el Ayuntamiento tiene que ser riguroso e implacable. Lo primero, lo prioritario, lo primordial es la garantía de los derechos de los ciudadanos. Los derechos de los trabajadores pueden esperarse hasta que finalicen las fiestas.
Mientras tanto, yo que me encuentro a seiscientos kilómetros de distancia sólo me queda que felicitarme por no estar allí, por no sufrir de nuevo las inclemencias ciudadanas de estas fechas, pero lo fundamental. Me siento obligado a sentirme bien conmigo mismo porque vivo en una ciudad que mira al mar y, como diría Paco Camarasa, es paseable, conversable, y acogedora. Yo añadiría, y culta. Ésa es la gran diferencia que tiene con Zaragoza. Y si no, vengan, disfruten de sidra y de pote, y me lo cuentas. Y comparen. Merece la pena una ciudad pequeña, acogedora y verde, antes que otra seca, parca y enquistada. Doy fé de ello.

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