martes, 20 de julio de 2010

CIFRAS ESCALOFRIANTES

Deje ayer un hueco en blanco para tomar oxígeno. Fueron varios días intensos de actividad literaria, que dejan poso y tiene que cuajar. Por eso, tomar un kikat, y aguardar que los pulmones respiren aire puro.

Hoy vuelvo a ello. Repaso la prensa nacional y autonómica. Estamos en verano. En tierras astures no lo parece, pero lo estamos. Es época hueca de noticias.

Observo en la versión digital del Correo Gallego una noticia que produce espasmos. El 40% de las muertes de niños que se producen en la tierra de Núñez Feijoo se debe a accidentes de carretera. Los accidentes en turismos figuran como principal causa de mortalidad en los primeros años de edad. En inmensa mayoría de estos casos la responsabilidad es de los adultos que los acompañan. No cumplen las medidas de seguridad que se establece al efecto. No llevan el contaron puesto o no ocupan la silla infantil. Las estadísticas están ahí. Y los regueros de muertes también.

¿Alguien ha reparado en la gravedad de la situación? Literalmente, nos estamos cargando nuestro futuro. Lo estamos haciendo trizas. Resulta espeluznante. Puede ser una frase demasiado manida, pero es cierta. El futuro es de nuestros pequeños. Nosotros fuimos a la vanguardia para que ellos siguieran nuestros pasos. Pero nos lo estamos cargando. Estamos troceando el futuro de la sociedad. Y eso es grave y peligroso.

No entraré en filosofías mediáticas ni oportunistas. Eso lo reservo para quiénes no saben leer. Pero debemos concienciarnos de que tomamos una senda errónea que no nos llevará a ninguna parte. Hay que hacer algo, y pronto. Cierto es también que las medidas en materia de tráfico han dado un palo a quiénes creían que la carretera era de ellos. S respira algo más de prudencia, pero aún es poca. Siempre queda algún imbécil que hace de las suya, y la lía. Y encima puedes escucharte eso de que ‘si yo iba bien’.

Sea como fuere lo cierto es que en Galicia, la principal tasa de mortalidad infantil se da en el asfalto. Y eso, amigos, es imperdonable. Nuestros menores no tienen ninguna culpa de que nosotros seamos unos imprudentes, ni de que la industria automovilística nos regale cada día, auténticas máquinas de matar que, con sus potencia y su tecnología punta, muy confortablemente nos ponga en la antesala de nuestra propia muerte y, a veces, en la de los demás. Horroroso.

Resulta inconcebible, por otro lado, el hecho de conducir y llevar en brazos a un bebé de pocos meses, y en el mejor de los casos, que sea tu pareja, a tu lado, quién lo lleve en su regazo. Eso es lo mismo que si dejamos al bebe junto al borde una piscina olímpica. El resultado va a ser el mismo.

No podemos ser tan necios. Paremos y meditemos. Nuestra sociedad no puede ser tan cruel e inhumana. Hay que ser idiota para cargarte tu futuro, el de todos.

Nuestro Estado de Derecho está amanerado. Mientras se permite que ciertas personas que no leen, pero que ocupan cargos de responsabilidad en diferentes Administraciones Públicas hayan cambiado su nombre por el de Alí-Baba, otros, por el contrario, ante la necesidad humana de comer y dar de comer a los suyos hurtan una barra de pan, son condenados a penas de prisión totalmente desproporcionadas.

Y lo más grave, en el primer caso, el Poder Judicial pase de puntillas junto a ellos. Si hace ruido, molesta. Pero, ¿qué esto? ¿Una república bananera o una democracia?

En cierta ocasión, una persona influyente en la vida social de este país señalaba que la Justicia nunca puede ser igual para todos. Y llevaba razón. La justicia tiene que ser justa. Y en ese equilibrio exige que en cada caso se aplique de una manera. Se dice que la justicia se ocupa en sí del apropiado ordenamiento de las cosas y personas dentro de una sociedad. Pero da la sensación que esta teoría no va con la sociedad española, y si va es porque tenemos y aplicamos una justicia diferente. La que nos apetece cada día, en cada momento, y a cada persona. O sea, una vergüenza cómo otras muchas cosas que suceden no sólo en España sino también en la tierra conquistada.

Situaciones de este calado son las que el peso de la justicia y del Estado de Derecho debe recaer con toda su energía. El hecho de que un conductor al volante, por un exceso desmesurado de velocidad, por una imprudencia o por una negligencia al volante, se lleve por delante la vida de un pequeño tiene que ser castigado muy duramente. No podemos andar por medias tintas. Menos aún con paños calientes. Es un grave lo que está sucediendo sobre el asfalto. Y en este sentido, las medidas tienen que ser contundentes. Para eso tenemos un Estado de Derecho. Pero hay que usarlo con seriedad. De lo contrario, estamos corriendo un serio riesgo. Mañana, cuando pretendamos lamentarnos, ya será tarde. Ya no estaremos a tiempo de rectificar. Hoy, si.

No es cuestión de fatalismos, pero hemos tomado un camino equivocado. Muy erróneo. Y así nos va. Mientras tanto, Ali-Baba y sus secuaces continúan girando la cabeza cada vez que les hablamos de este tema. Paradisiaco.

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