miércoles, 14 de julio de 2010

¿HAY LITERATURA SIN MALICIA?

El sol, casí de incógnito en la Playa del Arbeyal. El personal desentumeciéndose tras la resaca de ‘La Roja’.

Hoy tenemos un cartel de lujo. La tarde promete.

A la hora de vísperas, PIT II abrió el telón cigarro en mano. Y comenzó `preguntándose en voz alta la pregunta que trae por título esta crónica. Lo preguntó y lo afirmó. ‘La literatura es malicia’. En verdad, la buena literatura siempre lleva aparejada una brizna de malicia. Es el meollo de la cuestión, la esencia del plato bien guisado y presentado en la mesa de los lectores. Esa malicia, a veces, viene disfrazada de denuncia; otras, de reivindicación; y unas pocas más, de intimidad. Sea como fuere lo cierto, es que la literatura siempre debe incorporar otros ingredientes para que el plato pueda guisarse en su punto.

No entraré en la banalidad absurda de la buena y la mala literatura. Es un tema que ni preocupa ni me interesa. Banalidad. Inconsistencia. Fragilidad. Partiendo de la base que el oficio del escritor pasa por escribir bien, cierto es también que, a partir de aquí, cada hijo de vecino compra los ingredientes, guisa el menú y lo presenta de la mejor manera que sabe hacerlo. Bien es cierto también, por otro lado, que en este clan hay mucho insensato, mucho zafío y mucho ego. Todo mezclado es explosivo. Y la honda expansiva resuelta cruenta. ¿Alguien quiere ejemplos?

En medio de esa malicia literaria a la que se refería Paco Taibo, lo cierto es que la narración hay que condimentarla con ciertas florituras para hacerla más bella. Como se refería Alfonso Mateo Sagasta, en la novela, en la narración los detalles son imprescindibles la enriquecen, la cultivan, la mima. Más todavía en el relato, en dónde el detalle por ínfimo que sea adquiere especial relevancia. Los detalles son los que crean la atmosfera, el cosmos narrativo, la enjundia de la historia.

Dentro de la arquitectura literaria que ‘los sabios’ plantearon hoy, había otra cuestión que sirvió para profundizar más en la materia. La huida de los convencionalismos y de las frases hechas. No sirven para nada. Estorban. Ensucian. Descafeínan la historia.

Cierto es también que el éxito de una obra no está en la forma de la narración, sino en la manera de contar esa historia y en su originalidad. Muchas obras se quedan en las orillas del camino precisamente por carecer de una abundante fuente de innovación a la hora de narrar esa historia. Así de sencillo. PIT II lleva razón. No se trata de contar una historia maravillosa, la mejor, sino de contarla con originalidad. Eso pasa hasta en las mejores familias, incluidas las más nuevas.

La clase de arquitectura terminó hablando de presiones y del oficio de escribir. Escribir es un oficio que hay que practicar a diario, lo mismo que se practica hacer el amor u otras muchas cosas cotidianas. El movimiento se demuestra andando. Hay que escribir a diario. Es el oficio del escritor. ¡Qué a nadie se le olvide!

La parafernalia que se cuece tras este oficio es cuando menos curiosa. Si cualquier profesión se ve sometida a variadas presiones de toda clase y condición. La del escritor no se queda atrás. Presiones del público, de los lectores (que no es lo mismo), de la editorial, y de un sinfín de elementos a través de los cuales gira este oficio.

Nerea Riesco presentó ‘Un elefante de márfil’. Una historia que aúna amor, aventura e intriga, en el marco evocador de la Sevilla de fines del siglo XVIII, y sugiere al lector que las grandes decisiones son las que se toman con el corazón… La sevillana lo contó con gracejo, como siempre. Como es ella.

Después, para terminar el día, dos sabios se desnudaron de forma brillante. Fernando Marías desveló su intimidad más recóndita. Nos mostró un rostro diferente. Al menos para mí. Mereció la pena.

También recomiendo ‘Asturias para Vera’. Otra novela para descubrir, para bucear, para leer, para meditar. Una reflexión, joven como el autor, viva como la vida misma, y cargada de calidad, y de dinamismo. Ricardo Menéndez Salmón en esencia.

Recomiendo ambas lecturas. Me felicito por el descubrimiento. Por ellos. Ambos llenaron la carpa del Encuentro.

Mañana más. Prometo contarlo.

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