sábado, 31 de julio de 2010

SENTENCIA DE MUERTE

Ayer me ví en la obligación de dictar una sentencia de muerte. Dí las instrucciones justas y necesarias para que se cumpliera la ejecución. Pero lo peor de la historia no es eso. Esto es liviano. Lo peor es que a quién ordené que ajusticiasen fue a un amigo. Sí, asi fue. Sentencié a muerte a un amigo.

Tenía que ser así. En esta vida todo tiene un principio y un final, y el suyo había llegado irremediablemente.

Pero me queda el recuerdo. La memoria de quién fue un amigo fiel y servicial durante cuatro años, un compañero inseparable, presto, solicito… en cualquier momento y situación.

Juntos hemos vivido momentos muy importantes. También situaciones delicadas. Pero siempre permaneció a mi lado. Sin inmutarse. Sin aspavientos. Sin llamar la atención. Fue el testigo fiel de triunfos y también de fracasos. Constantemente mantuvo la misma lealtad, idéntica fidelidad, y una discreción absoluta.

Ahora sólo me queda su recuerdo y la tranquilidad de haber actuado como tenía que hacerlo. ¡Gracias, amigo!

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