jueves, 26 de agosto de 2010

EL IMBÉCIL

Hoy me tropecé con un imbécil. Sí, como suena: un imbécil. Lo peor del caso no es que sea imbécil, lo peor del caso es que no es consciente de ello. Si lo fuera intentaría poner remedio. Al menos, eso presupongo. Pero intuyo que no. El imbécil está trabajando delante del público, con lo cual grado de estupidez aumenta considerablemente porque se cree ‘el dios’ cuando, en realidad, no deja de ser un perfecto estúpido.

Os lo cuento.

Esta tarde nos sentamos en una conocida terraza gijonesa. Tras aguardar unos minutos a que nos atendieran se acercó el imbécil (o sea, el camarero, el de turno). Nos pregunta: ‘¿Qué van a tomar?’ Tras pensarlo unos segundos, titubeamos. Con cara de imbécil nos espeta: ‘Siempre pasa lo mismo… Dejo tiempo para que se lo piensen, y cuando toma nota nunca se lo han pensado’.

Me lo quedé mirando sin apenas reaccionar. Si reacciono lo mando a … (con perdón).

Creedme. Hay que ser imbécil para decir eso. Pero imbécil patológico. ¿Cómo puede ser que alguien que está de cara al público y que depende de lo que éste consuma puede decir semejante estupidez? No cabe en ninguna cabeza. En la del imbécil, si. A las pruebas me remito.

Las personas que están de cara al público deben procurar mantener las formas. De lo contrario, vamos mal… Aunque nos pase como en botica, lo cierto es que el porcentaje de imbéciles patológicos no cunde mucho. Afortunadamente. El imbécil me recuerda a cierto excremento, que cuánto más se revuelve, más huele.

Seguiré acudiendo al establecimiento en cuestión. El imbécil no empañará la reputación que tiene. Pero sería oportuno que lo retirasen de la atención al público y le encomendasen otras funciones más típicas de su condición de imbécil patológicos. Y ya me entendéis a qué labores me refiero, ¿o queréis que os las describa?

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