viernes, 3 de septiembre de 2010

LA CARRETERA


Acabo de regresar de un largo viaje. He comprobado in situ como el personal anda con más cuidado, y cómo se dan menos torpezas y menos imprudencias en la carretera. Empieza a imperar el sentido común. ¿O será el miedo por el temor a los puntos? Lo que sea. El caso es que se circula con más cuidado.

Como se puede suponer, siempre te tropiezas con el imbécil de turno. Pero se nota que es una especie en fase de extinción porque cada vez hay menos.


Está comprobado. España necesita una espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas para que funcionemos como se debe funcionar porque de lo contrario somos un país de ‘vivales’ en el que preferimos hacer lo que nos dé la gana, independientemente de las consecuencias.

Me reitero. Vamos haciendo los deberes. Pero sería importante que alguien más hiciera los que le corresponde. Me refiero a las Administraciones Públicas. De nada sirve que los conductores hagan bien las cosas, y conduzcan con sensatez si mientras tanto nuestra red de carreteras y autopistas es bastante mediocre y tercermundista.

La culpa de la siniestralidad no siempre corresponde a los conductores. Si la Administración se ocupase de que nuestra red de autopistas y carreteras esté en condiciones óptimas, sería mucho mejor. Habría menos muertes todavía, pero resulta más cómodo culpabilizar siempre a los conductores. Cuando tengamos la culpa, es lógico que asumamos nuestra responsabilidad, pero cuando la culpa es de la Administración por no tener una red viaria como debe ser, también el político de turno debería entonar el mea culpa. Pero es más fácil mirar para otro lado, aunque en caso andemos como si estuviéramos en el patio de un colegio, en medio de luchas intestinas, dimes o diretes por querer mangonear, bien sea en Valencia, Asturias o Madrid. Y así nos va.

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