domingo, 3 de octubre de 2010

EL CAFÉ DINDURRA




Todas las ciudades tienen un gran café, emblemático y noble por excelencia. Un lugar de acogida de artistas, escritores, pintores, cantantes, gentes del famoseo y de la farándula, entre otras especies de la fauna habitual de cualquier ciudad.

Estos cafés son fieles por definición. Entre sus paredes, por lo general, nobles y distinguidas, se destila la más pura esencia de los vecinos de la ciudad. Entre sus mesas  se esconden secretos de alcoba. Se encubren amores prohibidos y odios acérrimos. Se tapan los pufos que destilan política y corrupción. Se cobijan viejas artríticas en desuso que, con un triste café, pasan toda la tarde pelando al personal. Se aglutinan jóvenes tortolitos en busca de su primer morreo en público. Se firman armisticios conyugales. Se citan ex combatientes laborales en busca de recuerdos y anecdotarios que resucitan del triste olvido de la memoria. Se consensuan los destinos de amantes indebidos. Se apelotonan futuros doctores y académicos en busca de sabiduría y conocimiento. Se cuece el más inmediato fusilamiento político, económico o empresarial. Se canoniza al adyacente prócer aún sin saber siquiera cómo se llama y a que dedica el tiempo libre, que diría José Luis Perales. Se trata, para que me entiendan, de la olla en la que se cuece el tiempo condimentado con la sal de la clandestinidad y la firmeza  de la ciudad en su jugo.

Son, en definitiva, el centro neurálgico del pulso cotidiano de la urbe en cuestión. Cualquier ciudad lo tiene. Hasta la Cesaraugusta del ex superministro, que baña el Ibero, sucio y maloliente. Y ya es decir, eh. Si el abuelo leyera estas líneas diría: ‘¡Coño, el Café de Levante!’.

La villa del Rey Pelayo, también. Esta tarde comprobé hasta qué punto late su espíritu. El aliento de la antigua Gigia palpita al compás que marca el Gran Café Dindurra. No vuelvo a referirme a la fauna que habitualmente lo puebla para que no caer en el tedio, pero si es cierto que si no existiera a esta villa marinera, como se define a esta ciudad en el sonado ‘Gijón del Alma’, le faltaría una de sus más nobles esencias. Le faltaría la sangre. Tanto gijoneses como gijonudos estaríamos anémicos.

Durante este lustro lo visité en numerosas ocasiones. Pero fue hoy, esta tarde de sol desproporcionado y escotes timidos, cuando comprobé hasta qué punto es el vigía cotilla de una urbe, en dónde nadie se siente extraño, que resulta paseable y conversable. Estuvo acertadísimo en formas y en consideraciones el librero negrocriminal cuando pergeñó a la metrópoli de referencia con estos calificativos.

En una ocasión, el mierense Victor Alperí publicó un artículo en La Voz de Asturias titulado ‘Palabras para un viejo café’. Tras repasar qué significa para una ciudad tener un lugar de nobleza e hidalguía como éste, y recorrer los que fueron y los que son en la vieja Europa, escribió: ‘El café Dindurra, de todas formas, no ha perdido nunca su carácter de centro tertuliano, y aunque no es el café Gijón de Madrid, ni el Gambrinus de Nápoles, ni el Hungaria de Budapest, ni tampoco el Chinés de Lisboa, ni los afamados centros cafeteriles de Viena, Roma o Palerno, el local asturiano tiene una personalidad propia y es el único en toda la región que permanece en pie; los otros centros de café de Asturias fueron arrasados con el fuego de los tiempos y del dinero. El Dindurra es un ejemplo que tenemos que admirar`.

No le falta razón. Admirémosle. Embelesémonos al contemplar este centro neurálgico de dimes y diretes, que ha sabido nadar y guardar la ropa. O sea, vivir y no permitir que las fauces despiadadas del urbanismo posmoderno el hincarán el diente. Impertérrito, fiel y leal a su historia, el Café Dindurra marca el pulso cotidiano de esta villa jovellanista en la que el mar, la sidra, y les fabes son algo más que arte.

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