viernes, 29 de octubre de 2010

EL PATIO DE MI CASA ES PARTICULAR…



El jefe de la tribu no ve ni oye, ni escucha, ‘ni está ni se le espera’, que diría el insustituible Sabino Fernández Campos. Últimamente da la sensación de que se encuentra en viaje intergaláctico, en el que se encuentra a años luz de la realidad del mundo. 

Efectivamente, el patio sigue atufando a podredumbre y bazofia. Los más que prolíficos reinos de taifas astures, madrileños, valencianos y castellanos siguen siendo un nido de virus. Si mirando al Mediterráneo aún seguimos proclamando loas inocentes a favor de la política pura y casta, y desde las costas de su hermano aún se siguen escuchando las voces de los diferentes caudillos que quieren ocupar el trono, la verdad es que la imagen es, de entrada, deplorable. 

Cuando uno de los Poderes de nuestro Estado de Derecho comienza a poner las cosas en su sitio en la tierra de Vicente Blasco Ibáñez, nadie se rasga las vestiduras por ello. Era generalizado el sentir, y también las corruptelas. Se puede ejercer de castísimo e inmaculado, pero esconder debajo del traje –precisamente del traje-, un arsenal de chanchullos y favoritismos que despiden un hedor nauseabundo.
Mientras en las tierras falleras destilan este panorama tan idílico, en el otro extremo del país la perspectiva, de entrada, resulta bucólica y románticona por doquier. Andan a hachazos. Empujones, codazos, zancadillas para derribar al contrario, y ocupar el trono. ¿Pero de qué trono hablamos? Esa tierra dura como sus minas, paseable como sus ciudades, y reivindicativa como sus gentes, está más que cansada de tanto ego de aquí y de allá. Cierto es que anda sin un chavo y hay que comer a diario, y también dar la propina a cada uno de los churumbeles, que se cuentan ya por decenas. Pero también es verdad que si hay que ir, se va. Pero ir para perder, carece de ciencia. Los caudillos lo saben y llaman a la guerra santa a sus huestes para intentar derrotar al maligno. El problema es que caudillos y foráneos pueden salir escocidos. Todos buscan lo mismo, y quizás las huestes se encarguen de todo lo contrario y se ocupen de un regreso al hogar mustio y cabizbajo.
En mitad de esa guerra santa, otro santón anda piropeando a alguna primeriza que otra. Practicará el catolicismo a diario con una mano, mientras con la otra se ocupa de asuntos más mundanos. Porque la edad es inexorable e implacable y la vida te exige y te conduce. Es complaciente pero también férrea. A edades tempranas el hombre es ágil y activo. Con el devenir de los años, se transforma en pasivo y torpe de reflejos y movimientos. 

Nadie se da cuenta del problema. Nadie cree que el grano que tienen puede ser una masa que destila pus por todos sus poros. Cada día que pasa es más virulenta, más dañina. El riesgo es importante. Si explota, el virus se extenderá rápidamente y será complicada una limpieza exhaustiva. Será otro chapapote, pero con tacones.

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