viernes, 1 de octubre de 2010

¿ESO ERA UNA HUELGA GENERAL?


Todavía ventoseamos los últimos estertores de la famosisíma huelga general, cuando más de uno se preguntará, realmente de qué sirvió, y ahora qué va a suceder.

La respuesta es básicamente simple: No sirvió de nada. Así de fácil. Este día de paro no fue útil porque no fue una huelga general de verdad. Fue una huelga del miedo. Hubo miedo, mucho miedo principalmente entre el pequeño comercio y los autónomos. Temor a que un puñado de cretinos e indecentes piquetes ‘convencitivos’ se dedicasen a hacer de las suyas si encontraban a su paso un establecimiento abierto o un ciudadano en el uso legítimo de su derecho a no ejercer el propio derecho a la huelga.

Y así fue. A primeras horas de la mañana, muchas ciudades se vieron inundadas de cientos de incidentes entre la policía y estos piquetes convencitivos.

Al parecer, el miércoles las personas que estaban –o estábamos- fuera de la ley era las que ejercían el sano derecho a trabajar, independientemente de que las mafias sindicales –¿qué es un sindicato, si no una mafia?- llamaran a la clase obrera y a la patronal a las más grande de las sublevaciones que se pueden dar en una democracia. Así no se lleva a cabo una huelga general. Nunca.

Tampoco se lleva a cabo una huelga general impidiendo que los trabajadores, que libremente no querían secundar el paro, sean víctimas de estos desalmados, y sean insultados y golpeados. Una huelga general no consiste, tampoco, en quemar contenedores de basura, volcarlos en plena vía pública y extender la basura por calzadas y aceras. Eso se llama guerrilla urbana.

No se hace una huelga general cuando un piquete cruza, en mitad de una calle varias vallas de señalización, otros tantos neumáticos, y, con una botella de cristal llena de líquido inflamable, prenden fuego a la barricada, y cortan, a su vez, con otros parapetos semejantes todos los accesos al lugar por dónde pueden acceder la policía y los bomberos. En mi tierra a eso se le llama vandalismo. Nunca huelga general.

Ni mucho menos se hace una huelga cuando pasa una manifestación frente a un establecimiento que está abierto, y al comprobar su estado, un manifestante se sale de la manada, y con el palo de una pancarta le rompe la luna. Al ver su heroicidad, los ciudadanos le increpan. Y es, en ese momento, cuando el rebaño se revoluciona y sale a defender a su héroe que es ultrajado “de manera injusta por un grupo de ciudadanos sin talento ni conciencia ciudadana”. Ello originó graves enfrentamientos entre los ciudadanos y el ganado, que dio lugar a la intervención de la policía. Lógicamente, ésta no llegó repartiendo caramelos y golosinas a los presentes. Ni tampoco preguntó qué ha pasado. Como ya estaban al tanto de lo que había sucedido, simplemente llegaron repartieron candela, y controlaron la situación. Eso sí, no marcharon por dónde habían venido porque no se fiaron de esos energúmenos. ¿De verdad se creen que estos comportamientos ciudadanos forman parte de las actividades que implica le puesta en escena de una huelga general?

Jamás entrará a formar parte de los parámetros de una huelga general el hecho de que grandes superficies, entidades bancarias, y grandes polígonos industriales tengan que estar blindados por la policía para evitar que los rabiosos dejen su tarjeta de visita con actitudes que, de entrada, resultan delictivas? ¿En dónde se ha visto que los trabajadores tengan que acceder a sus puestos de trabajo escoltados por unidades antidisturbios de la policía? ¿Acaso es razonable que la policía tenga que entrar ‘a saco’ –literalmente hablando- a una estación de Renfe a desalojar a un piquete que intenta boicotear la salida de un tren, que formaba parte de los servicios mínimos?

Todo esto que acabo de describir sucedió el miércoles en mi ciudad. Nadie me lo contó. Fui yo testigo. Nadie podrá decirme que exagero o miento.

Es la rigurosa realidad de un día en el que el que más y el que menos que quería trabajar, no pudo por miedo. Insisto, por miedo a un tajo de indeseables y a las consecuencias de sus acciones.

Me gustaría qué alguien me respondiera quién va asumir el costo de este día de paro. ¿Los piquetes convencitivos? No lo creo. ¿Los políticos, que van a sisar su nómina fin de mes y harán, entre todos, un prorrateo? Mentira. ¿Los parados, que tienen ayudas paupérrimas? Lo más seguro. ¿Los jubilados y pensionistas? Cierto. ¿Los trabajadores que fueron ultrajados y agredidos por no secundar la huelga? Indiscutible. ¿Los autónomos y pequeños comerciantes, que sufrieron en sus propias carnes el más atroz de los vandalismos? No me cabe ninguna duda.

Ésta es la radiografía de un día, dicen, de huelga general, que sólo sirvió para dividir a la ciudadanía, por un lado. Por otro, para que los sindicalistas de pro  demostrasen a la sociedad hasta que punto les importa una m… los trabajadores. Sólo buscaban gestas heroicas, en dónde demostraran cuán magnánimos eran salvando al país de la mano férrea de un gobierno, que según escuché a un piquete, es un ‘grupo de vándalos’. Pero se olvidaron de algo importante: La sociedad ya los tiene calados. No se cree nada de nadie que se dice llamar ‘sindicalista’. En el fondo y en la forma, son unos jetas. Sólo procuran su bienestar y trabajar poco. Eso sí, decir que defienden al trabajador. No se lo creen ni ellos.

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