jueves, 14 de octubre de 2010

LOS LÍMITES DE LA GOLFERÍA


Permitidme parafrasear. Haciendo uso del rico diccionario taurino, ayer por la mañana España se paralizó cuando se enteró que alguien que siempre vistió de plata, nos había dejado. Aunque también es cierto que siempre podía haber vestido de oro. Pero no quiso. Prefirió caminar abrazado a la humildad y la sencillez. Me refiero a Manuel Alexandre, un gran actor que quiso caminar siempre en un segundo plano cuando su personalidad y su trabajo le convirtió en uno de los mejores actores que jamás tuvo este país. Al enterarme de la noticia, pensé que poco a poco ‘los grandes’ nos van abandonando de manera sigilosa. Queda el vulgo.
Mientras digeríamos esta noticia, Madrid congregaba en su Plaza de Lima a lo más granado de la vida social, política, económica, cultural e institucional, encabezados, como no podía ser de otra manera, por la Familia Real al completo. Era el 12 de Octubre, la Fiesta Nacional.
Cierto es que llevamos varios meses con un ambiente enrarecido; un contexto extraño y contaminado por doquier. Si bien es cierto que el Ejecutivo ha dado ciertos bandazos inconexos, las demás fuerzas políticas, encabezadas por cierta formación política que destila corrupción, mugre y narcisismos feudales por todos los poros de su piel, no ha dado un solo paso al frente para colaborar en un momento histórico en el que venían mal dadas y la crisis arremetía atroces dentelladas. Lo dije en varias ocasiones, y lo mantengo. Cuando vienen mal dadas lo más cómodo es abrir el grifo de la mierda -con perdón-, y extenderla cobardemente. Los demás se empuercan, pero yo me quedo agazapado en mi trinchera viendo como el resto se hunde en el lodazal, y yo me dedico a observar, criticar y estorbar. Esto es lo que ha venido sucediendo en las últimas semanas desde distintos sectores sociales y políticos. Hemos arrimado poco el hombro, y criticado mucho. Y así nos va.
Este ambiente tan idílico y romántico ha originado un más que desmesurado sentimiento exacerbado de repulsión hacia todo aquello que huele a Presidente o Ministro del Gobierno. Como no podía ser de otra manera, esta orquesta ha sido teledirigida desde ciertas formaciones políticas y sindicales que ponen en práctica eso de ‘divide y vencerás’, antes que arrimar el hombro.
Y ayer, esta caterva de golfos indocumentados también fueron aleccionados –y seguramente pagados- para reventar los actos institucionales del Día de la Fiesta Nacional. Quiero subrayar la palabra ‘institucionales’ porque, al parecer, hay demasiados insurrectos incultos e ignorantes que desconocen la diferencia que existe entre un acto político y un acto institucional. El de ayer, en la Plaza de Lima, no era un acto político. Se trataba de un acto institucional en el que las más altas instituciones y representaciones del Estado rendían homenaje a nuestro propio país. ¿Qué sentido tenía, en consecuencia, el hecho de que cuando el Presidente del Gobierno saludase al Rey a su llegada los gritos y los abucheos arreciarán de manera brutal? ¿Alguien puede explicarme qué culpa tenían las familias de los militares que durante el último año habían muerto en acto de servicio para que se boicotease el acto de homenaje a los caídos? ¿Quién es capaz de razonarme por qué volvieron a arreciar los gritos y los alaridos de esta manada de lobos cuando la Familia Real y el Presidente del Gobierno se despedían de las autoridades presentes en el acto? Podía poner más ejemplos, pero no es el caso.
Los actos de ayer no eran políticos. Eran institucionales. Y en ellos no cabían diferencias ni distancias. Era el homenaje de toda una nación a su propia nación y, más particularmente, a sus soldados muertos en actos de servicio. ¿Para qué silbar? ¿Por qué vocear exigiendo dimisiones? ¿Abuchear de forma irreverente? Como siempre, confundimos el tocino con la velocidad. Ayer no era ni el momento ni la situación.
Como tampoco era el momento de emponzoñar las tribunas de invitados. Basta escarbar en la red, y nos daremos cuenta hasta qué punto cierta formación política tiene entre sus filas personas que, amparándose en su poltrona particular, tienen la desfachatez de insultar de forma velada a otros representantes institucionales. Es muy fácil ocupar altos cargos dentro de la Administración Autonómica y aprovechar la coyuntura para insultar veladamente a otros.
Boicotear un momento tan íntimo y tan cargado de emoción como es el homenaje a los soldados caídos en acto de servicio sólo puede ser obra, sencillamente, de una manada de desalmados que se sienten un poco compatriotas. Sentirse español es totalmente incompatible con el hecho de ser indeseable. Y los del ayer eran muy indeseables, incluso aquellos que estamparon su firma en los cheques que tenían que cobrar los que, desde el público, alimentaban de manera roñosa ponzoña y los virus.
En mi tierra estos comportamientos se definen con dos calificativos: irrespetuosos y golfos. Ayer se sobrepasaron todos los límites de la golfería. A pesar de vivir en un país de pillos y caraduras, lo de ayer no tuvo parangón. Resultó, de entrada, insolente, y golfo, caduco y maloliente para terminar.
Si esta masa de insurrectos indocumentados pensaba que con su actitud iban a menoscabar la diana de sus propios improperios, errados andan. Lo único que lograron fue retratarse y que el pueblo español conociera de primera mano hasta qué punto ciertos partidos políticos son mafiosos y pandilleros de media tinta.
Una recomendación final. Si tan en contra están de todo y por todo, ¿por qué no hacen una sentada a las puertas del Palacio de la Moncloa o de cualquiera de los ministerios? Es muy fácil hacerse el tonto. Lo difícil es convertirse en idiotas patológicos. Pero ellos lo han conseguido.

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