martes, 26 de julio de 2011

«El silencio se mueve»


Con un retraso inusual por parte del director, comenzó una tarde más la maratoniana jornada vespertina de tertulias, presentaciones de libros y encuentros con autores en el recinto atrincherado y fortificado de la Semana Negra.
Durante la tertulia se habló de la actual novela de aventuras, en dónde cabe de todo, siempre, lógicamente, los condimentos imprescindibles que tiene que reunir cualquier novela  buena. Caras nuevas, aunque ya veteranas en el entramado semanero dieron a ese acto un tono distendido y cercano, a pesar de la proximidad de Freud y otros congéneres similares.
Por la zona cero eran varias las caras que se reiteran año tras año. Si unos se apuntan y vienen para combatir el «síndrome Paco Umbral», importándole un bledo su auténtica profesión, otros –cómo debe ser- acuden a la llamada del autor asturmexicano porque consideran que este evento es el lugar de encuentro con otros autores de género y, sobre todo, con sus amigos. Pero claro, a veces nos puede más nuestro «ego» que el sentido y el bien común. Así nos va.
«El regreso de los tigres de Malasia» se presentó rodeado de expectación. «A Quemarropa» estaba a rebosar. Ni un alfiler. No era para menos. PIT II presentaba su última obra de la mano del autor de «La luz es más antigua que el amor». Y  la tarde seguía encapotada…  se había cerrado aún más cuando por la mañana cierto ilustre no quiso entrar al trapo cuando alguien le preguntó por qué el pasado viernes a la llegada del tren negro y posteriormente en el tradicional corte de cinta se hizo latente la famosa frase de Sabino Fernández Campo la noche del 23 F. «Ni está, ni se le espera». Hoy, con toda seguridad, Juan Cueto y Tini Álvarez Areces lo traducirán. Yo estaré allí para contarlo.
Es cierto eso de que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Se equivoca, mete la pata, rectifica, y vuelve a meter la pata, y a equivocarse.  Y así sucesivamente durante toda su vida, No es malo equivocarse, lo peor de todo es darse cuenta de ese error en la más absoluta soledad, desánimo y tristeza interior. Eso es lo grave y lo que resquebraja al ser humano. El hecho de la equivocación, del error no es contraproducente. Lo más atroz es darte cuenta de que se ha tropezado en un error, una vez más, y que no has tenido recursos ni habilidades suficientes para evitarlo.  Me acuerdo en este instante de la famosa frase del italiano Vittorio Gassman, «El único error de Dios fue no haber dotado al hombre de dos vidas: una para ensayar y otra para actuar». A todos nos iría mejor. Seguro. De igual forma que nos iría mucho mejor si somos capaces de pasar página y mirar al futuro con firmeza. Digo esto al hilo de un recuerdo de ayer, cuando en el recinto pude saludar a alguien que no termina de asumir algo que había sucedido en su vida y que estaba por encima de sus posibilidades de actuación como individuo.
Si algo me llama la atención, año tras año, en este escenario tan inusual como es la Semana Negra de Gijón es el hecho de que algunos autores que, exteriormente, los observas coronados por una aureola de divinidad sublime, se transforman en seres humanos ante determinados libros. Hay libros que conmueven, no tanto por lo que cuentas, sino por lo que cuentan y por el caldo de cultivo en el que se fraguó la concepción de ese retoño. Ayer en «A Quemarropa» volví a tener esa misma sensación.
Al final de la tarde, se habló, textualmente, de un libro muy singular. «Caminarás bajo el sol», de Alfonso Mateo-Sagasta. Una historia mítica de Latinoamérica; la de Gonzalo Guerrero, considerado el primer traidor, y que se terminará enfrentando a Hernán Cortes como uno de los jefes mayas.
Transcribo literalmente de la red: «Una Semana Negra sin Fernando Marías no sería lo mismo. Su pericia contando historias en las presentaciones de libros es conocida y manifiesta. (…) Alfonso Mateo-Sagasta es un autor muy querido en la Semana Negra de Gijón, de los que forma parte del equipo extraoficial de ella. Es de esos que con su trabajo callado va dando lustre al festival año tras año». Llegados a este punto, resulta justo y necesario añadir: Gijón sin la Semana Negra tampoco sería lo mismo. Aunque este año para acceder al recinto nuestras retinas tengan que dibujar un muro impregnado de afrenta, de intolerancia y de radicalismo. La de unos pocos, que además, dicen autoproclamarse cultos. Tela.

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