jueves, 11 de agosto de 2011

Divinos, que no humanos


 Resulta paradójico comprobar cómo se manipulan y se moldean las noticias a imagen y semejanza del emisor en cuestión. Si hace unos días, nos desayunábamos con el hecho del famoso, manido, manoseado y obsoleto «15 M», llevamos varios días que sólo tenemos ojos y oídos para los gravísimos disturbios de Gran Bretaña y para la caída de las bolsas y la consiguiente prima de riesgo.
Mientras ya se palpa el silencio de algún parroquiano que otro, que en sus horas libres, se autoproclama «señor sportinguista», otros se estrenan en su primera Semana Grande Gijón. Aunque resulta obligado conceder a todo mortal un voto de confianza, lo cierto es que esta villa marinera últimamente destila un inusual hedor a nuevos mártires y mejores salvadores de la Patria. Anden, vayan y cuénteselo a otros que se lo crean porque yo no me lo creo. Al final, siempre llegamos a la misma conclusión: todos son iguales y dónde dije digo
El pesebre es tan seductor como las mujeres. Una vez abrazado a él ya no nos acordamos de nada ni de nadie. Nos olvidamos de nuestro pasado y de nuestras raíces porque el hecho de mirarnos cada día al espejo y decirnos a nosotros mismo lo guapos que somos y cuánto trabajamos con los demás es proporcionalmente incompatible con nuestra esfera humana. De la noche a la mañana nos hemos convertido en divinos. Ni siquiera tenemos tiempo para acercarnos a saludar a los que hasta ayer creían que eran amigos, aunque nos separen unos escasos metros. Así es la política y así son los políticos. Todos. No se libra nadie. Da igual que se trate del concejal un pueblo de medio centenar de habitantes que de un ministro. Para ellos abrazar al poder significa olvidarse del pasado, de todo y de todos.
En cierta ocasión tuve oportunidad de conocer a un consejero de una comunidad autónoma que, en su calidad de consejero, no permitía que le hicieran fotocopias –él personalmente hacía cola en la fotocopiadora junto al resto de funcionariado-; no usaba su coche oficial, salvo en ocasiones excepcionales –habitualmente hacía uso del transporte público o iba andando-; nunca le sirvieron un café en su despacho –bajaba a la cafetería de la esquina y lo pagaba con sus propios recursos-. Un día le pregunté si no se sentía raro actuando así, y me respondió que no, que el político tiene que dar ejemplo con los hechos, y no dé palabra. «La gente confiará cuando los políticos se lo demostremos con hechos», me respondió. Cierto es que este buen hombre duró poco en el cargo (un año aproximadamente) y regresó a su esfera profesional. Nunca más volvió a flirtear en política. En la actualidad me consta que sufre una grave enfermedad que le tiene totalmente aislado de la actualidad y vive inmerso en su propio universo. Así no padecerá al observar a esta caterva de señoritos de tres al cuarto que tenemos y que se creen dioses y señores, aunque a veces sólo sean unos tristes próceres que, al devenir de unos años, se les despojará de su aureola divina para convertirse en humanos. Decía Abraham Lincoln que hay momentos en la vida de todo político que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios. Está frase tendría que ser el preámbulo de todos los idearios políticos. Nos iría mejor. Pero basta con mirar un telediario –el que sea-, para comprobar hasta qué punto los políticos son incapaces de mantenerse callados.
Mientras estamos a la espera de que realmente llegue el verano, confío en que los nuevos políticos, nacidos de las urnas del pasado mes de mayo, junto a la ropa de verano, cada mañana se vistan de humanos. Pero a la vista de lo que presencié el pasado martes en la Feria Internacional de Muestras de Asturias, me temo que esto es una utopia.

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