sábado, 24 de septiembre de 2011

Disneypeñas

Hace un mes aproximadamente, más o menos, asistí a una conferencia que impartía un buen amigo mío acerca de la carta arqueológica de cierto concejo asturiano, en el que uno se encuentra como en el suyo propio. Da gusto tropezarse con gente como ellos.
Resultó interesante, a la vez que curioso, observar cómo en nuestro entorno más próximo podemos tropezarnos con monumentos –y en algunos casos, restos de los mismos- verdaderamente importantes y trascendentales para nuestra propia historia y que, sin embargo, en algunas ocasiones se encuentran abandonados de la mano de Dios y del hombre, como no podía ser de otra manera.
Nuestro conferenciante, hombre ilustrado y preclaro dónde los haya, fue claro, concreto, y conciso. Y no reparó para llamar a las cosas por su nombre. Se refirió a aquella mancomunidad como “Disneypeñas”, un calificativo que se podía extrapolar a otras muchas zonas de nuestra geografía, incluso más allá del Puerto de Pajares. No quiso entrar en el significado de aquella expresión, y el respetable tampoco. Ni siquiera la representación de la ilustre aristocracia del concejo que se encontraba presente en las primeras filas demostró la más mínima intención de intervenir. Era evidente lo que él quería decir. Y nuestro refranero español es más que evidente. Ya saben eso de que a buen entendedor…
Haciendo un ejercicio de sinceridad, he de reconocer públicamente que en determinados momentos nuestro egregio conferenciante es un hombre parco en palabras, amante de todo lo que destile un inusual o usual (me da igual) hedor a cultura, amigo de sus amigos, y fiel amante de los libros, la historia y todo lo que rodeada a estas disciplinas. Ni qué decir tiene lo que uno se deleita cuando lo escucha hablar acerca de un libro porque ésta es otra de sus pasiones: la lectura.
No he tenido la oportunidad de hablar con él sobre el particular, pero estoy seguro de que estos días se encontrará expectante, a la esperar de saber cuáles van a ser las próximas líneas de actuación de nuestros próceres noveles. De momento, el electroencefalograma es plano. Y esta sensación, además de generalizada, atisba una sensación de alarma, de desazón y de pesimismo. O sea, dicho con otras palabras, de cataclismo.
Sería importante que de una vez por todas se enterasen de que cuando el pueblo decide que cierto partido político dirija sus destinos, los ciudadanos están pidiendo que se gobierne. No que se den bandazos e improvisaciones sin ton ni son. Y para gobernar, qué nadie se olvide, hay que ir con la lección bien aprendida. Un gobierno que tiene que aprender está condenado al más absoluto de los fracasos. Y ellos caminan a paso presto hacía el abismo. Los que más y los que menos volverán a sus orígenes, pero otros, ¡ay otros!
Hace unos días leo en La Tribuna de Albacete cómo la Universidad de Castilla La Mancha ha recibido instrucciones directas de sus nuevos gobernantes, esos que utilizan sus energías para practicar el acoso y derribo a todo que no lleve en su esencia la gaviota, de que prioricen las líneas de investigación porque no habrá fuertes restricciones económicas. Al hilo de esto, y haciendo un ejercicio de razonamiento lógico, alguien puede imaginarse qué puede pasar con la cultura. Si se hacen recortes en investigación científica y clínica, cuyos resultados servirían para paliar y mejorar la calidad de vida de alrededor de dieciséis millones de personas en España, aquejadas en la actualidad con enfermedades crónicas y autoinmunes, ¿qué va a ser de la cultura? Caótico. Ruinoso. Vergonzoso, también.
Volviendo a Disneypeñas, lo cierto es que por estos lares todo el mundo camina sin inercia porque nuestros noveles andan azarosos, manual de instrucciones en mano, aprendiendo y tomando notas aceleradas. Las improvisaciones no son buenas consejeras para nada. Menos aún para gobernar.
Nadie habla del futuro de las políticas culturales. Se crean entes “raros, raros, raros”, que diría Papuchi. Y nadie sabe para qué ni por qué. El problema de estas situaciones no es ya la creación en sí de nuevos entes, sino que hay que dotarlas de estructura, de recursos humanos y económicos, y es obligado sentarse con los agentes sociales implicados en la materia. Mientras todo eso no se haga, caminaremos a la deriva.
Mi amigo, erudito y culto como pocos, llevaba razón cuando, con su habitual diplomacia, daba a todo lo que se meneaba. Y además, sus insignes le aprecian y le respetan. Pero si extrapolásemos su expresión podríamos hablar de DisneyAsturias y, apurando aún más la situación, DisneyEspaña.
Lo más grave de todo es que a quiénes de verdad tenían que tomar cartas en el asunto les ha sucedido el mismo problema que le sucedió al famosísimo Alfonso Armada la noche del 23F. Ni están ni se les espera.
Eso sí, nos permitimos el lujo de permitir, e incluso loar, que ciertas empresas editoriales jueguen con las ilusiones y el dinero de quiénes quieren hacer del hábito de escribir su modus vivendi. ¡Cojonudo!

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