viernes, 2 de septiembre de 2011

La pintura


Estuve varios días en el dique seco. Observé esta España de zambomba y pandereta, madura y pueril que hace quince días observaba atónita cómo sus hijos, unos abanderando su laicismo más transparente y otros enarbolando la bandera del ratizngerismo más exacerbado, se retaban en pleno corazón de Madrid mientras la UIP de turno repartía leña a derecha e izquierda sin contemplaciones.
En medio de este paisaje tan bucólico, nos convocan unas Elecciones Generales coronando el pastel con las guinda de una reforma constitucional. Si bien es cierto que el pueblo es soberano y es quién aupa al trono a sus próceres, pero también quién lo hunde en la miseria más paupérrima, lo cierto es que el acuerdo entre unos y otros me parece oportuno y acertado. A ver… ¿alguien se imagina que podría ocurrir si cada vez que se quiere legislar se va a convocar un plebiscito? No sería ni minímamente oportuno. Diferente hubiera sido –y sería finalmente- si antes del famoso acuerdo, ambos líderes hubieran convocado a sus huestes y hubieran informado de sus propósitos. Pero a lo hecho, pecho. Y dejémonos de milongas, que aún estamos barajando la odiosa cifra de cinco millones. Mientras ésta no quede reducida a la miníma expresión, lo oportuno es lo que toca. Arrimar el hombro. No es ésta una labor de unos pocos, sino de todos. Así que, ¡alé! Menos milongas absurdas y al tajo.
Para seguir completando la estampa de estos días, nos hemos encontrado con otra cuestión de calado internacional. La FAO ha vuelto a dar la voz de alarma en el cuerno de Africa. La hambruna que se está cargando a cientos de miles de niños. O sea, hablando en plata, a la generación del futuro. A los niños que mañana tendrían en sus manos el futuro de la Humanidad. Pensemoslo un momento. Pero en España eso nos importa un bledo. Nos da exactamente lo mismo. Somos capaces de gastarnos cuarenta millones de euros en el traspaso de un jugador de fútbol, a la vez que nos dedicamos a llevar adelante obras faraónicas en algunas ciudades, a pesar de que su ayuntamiento esté adeudado hasta los tuétanos. En mi pueblo, que estos días se engalana para celebrar su feria y rendir culto a su patrona, la Virgen de los Llanos, a eso se le llama estúpidez patológica.
Perfilando esta pintura, caigo de bruces contra el suelo, y observo y percibo en mi piel como el tiempo juega en mi contra y se me escurre entre los dedos. La cruda realidad que nunca quise ver. Pero él con su sabia regla de medir se ocupó de que yo me diera cuenta. Es una tarea ardua ésta de detener el tiempo. No lo pretendo. Sería de locos. La vida, como dice alguien, gira, y gira, y gira, y gira aunque nos empeños en lo contrario. Confío en que tenga recursos necesarios para recuperar ese precioso tiempo que ella y yo hemos perdido. Estamos en vías de recuperar una parte. Al menos eso confío. Nunca es tarde. Esta vez menos todavía.
Y ahora marcho. Tengo que salir de compras. En la lejanía se escuchan campanas de boda. Pero con el devenir de los días, el replique de campanas es más nítido y más cercano. Cuando tenga más noticias, las contaré.

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