lunes, 30 de enero de 2012

Apatía General

Salgo de casa. El cielo está gris. No da la sensación de que estemos en invierno porque la temperatura es tibia. Hay poca gente por la calle, a pesar de ser un día laborable. ¿Serán los recortes de Rajoy? No lo sé, pero tampoco me voy a parar a preguntarlo. Allá cada cual. Me dirijo directamente al garaje. En el corto trayecto no reconozco ninguna cara. Ya al volante, cruzo una parte de la ciudad, y llegó a uno de sus puntos neurálgicos: El Paseo de Begoña.
Durante el trayecto me tropiezo con dos conductores irresponsables. Ir al volante de un artefacto de éstos produce vértigo, pero siento que un vahído me invade desde la cabeza a los pies cuando esos dos irresponsables se cruzan en mi camino y me obligan a frenar bruscamente en más de una ocasión. No sé si se conocían ya o los ha reunido el azar y la estupidez. Me es indiferente. Finalmente, un semáforo me aleja de ellos. Respiro tranquila y felizmente, mientras pienso que seguramente sus madres serán unas santas. En cambio, ellos…
Abandono el parking mientras percibo cómo vibra mi teléfono móvil. Observo quién me llama, y contesto: ‘Hola, dime’. ‘¿Has oído, –me pregunta-, han declarado a Camps y a Costa inocentes? ¿No fastidíes? Y en ese momento me viene a la mente la célebre frase del Conde de Romanones: ¡Joder, qué tropa! Tras una breve valoración con mi interlocutora y despachar otros asuntos intrascendentes en ese momento, nos despedimos, y yo prosigo mi camino. En esta zona de la ciudad observo mucha más gente que en los aledaños de mi domicilio; personas de todo tipo y condición que, desde el anonimato, estoy seguro que la crisis y la recesión también se habrá cebado en sus vidas. Mientras tanto, otros se escabullen de rositas. No pasa nada. Dos ex presidentes autonómicos procesados e inhabilitados, pero no pasa nada. El Presidente Rajoy, ‘ni está ni se le espera’. Y mientras tanto, un juez en el banquillo acusado de cohecho, es decir, un país maravilloso. Como el de Alicia.
La gente está mal, se percibe en el semblante de los ciudadanos, independientemente del color de su opción política y de su anonimato. Casi un cuarto de la población total de este país en las listas del desempleo. Ese dato desmoraliza a cualquiera. Pero a su vez da la sensación que nuestros noveles próceres no mueven un ápice por resolver la situación. Al menos, intentarlo. Prefieren invertir el tiempo y el dinero en orquestar campañas malintencionadas en contra de sus vecinos, a pesar de que éstos ahora tengan su casa un poco revuelta. Pero ya conocemos cuán rico es nuestro refranero: ‘A río revuelto…’. Y así van las cosas. Los datos de la EPA del pasado viernes aún producen más desasosiego y preocupación.
Pero no pasa nada. El ambiente está contaminado de una apatía general que nos invade por todos los poros de nuestra piel.
Regreso al parking, y sin dilación vuelvo a cruzar la ciudad de Jovellanos en dirección este. Llegó al corazón empresarial,  próximo al pulmón de la propia villa. Tengo una cita con un importante empresario. En su despacho nos ponemos al día de la difícil situación socio-económica que estamos atravesando. ‘No podemos continuar por el este camino’, ‘Vamos directos al abismo’, me insiste. Desde mi ignorancia financiera, me atrevo a insinuar que urge desatascar ya las tuberías de los bancos y cajas, y posibilitar el crédito como desagüe ante las graves dificultades por las que está atravesando la clase media española. Me da la razón, y con cara de rabia y resignación me dice: ‘España no se merece esto’. Lo asiento a la vez que confirmo que para analizar la situación española, es suficiente con mirar al espejo de la asturiana. “Es una vergüenza que entre primos hermanos se estén torpedeando”, sentencia. No me extraña. Mientras ellos no lleguen a un acuerdo, Asturias seguirá sin Presupuestos, y si no se aprueban los presupuestos, difícilmente se puede gobernar, máxime cuando el interlocutor con el Gobierno es quién meses atrás orquestó todo lo orquestable para que en tu partido te vetarán. Es la política. Seductora. Cruel. Apuesta. Bella.
Regreso a casa pensando en la conversación que he mantenido con este empresario, y llegó a una conclusión: Rajoy tampoco sabe qué hacer. Ni él ni ninguno de sus ministros, pero ya hicieron algo meritorio: consolidarse una pensión como ministros.
Al pasar por delante de una conocida sidrería observo que su aparcamiento está muy concurrido. Miro la hora, pero aún es pronto para almorzar. Y mi reflexión aún se prolonga más allá en el espacio. A pesar de la situación, todavía revolvemos nuestros bolsillos y  apuramos unos euros para salir a tomar una sidra.
Al entrar en el portal me tropiezo con varios funcionarios de Correos que regresan al centro de reparto que se encuentra en los locales que tengo debajo de casa. Al pasar junto a ellos, escuchó cómo una de ellas pregunta al resto de compañeros que se encontraban en la puerta de las instalaciones: “¿Visteis ayer a Belén Esteban? Iba guapísima”. No pude por menos que ralentizar el acto de búsqueda de las llaves para entrar a mi casa. No pude reprimirlo, y me la quede mirando con rabia, indignación, y asco. En el quicio de la puerta me tropiezo con más de cinco millones de parados que me preguntan si he visto a Rajoy. Estupendo.

1 comentario:

charli dijo...

Has puesto el dedo en la llaga querido House, es triste pero es lo que hay. Tenemos una clase política lamentable, pero es la que nos merecemos porque en conjunto somos una sociedad lamentable. Imputan a unos chorizos corruptos y aún así les seguimos votando y dando el poder. Viene un señor a presentarse a presidente autonómico por un partido y como no le dejan internamente y eligen a otro pues el despechado se larga, funda un partido político y empieza a contar mentiras tra la ra ... y va y gana las elecciones. Levantarse va a ser muy jodido, pero la caída nos la hemos buscado nosotros mismos, eso hay que reconocerlo.

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