viernes, 6 de enero de 2012

Día de Reyes


      De forma sigilosa, volvemos a abarrotar las ágoras y vías de nuestras urbes para convertirnos en niños por unas horas, para solidarizarnos con nuestros pequeños y experimentar en nuestra piel la magia de la noche de Reyes. Una noche aderezada con la salsa de la crisis y las medidas de ajuste, junto a un acompañamiento de crecimiento del paro. Es la vida misma. Los nuevos aires que están imponiendo los nuevos inquilinos de La Moncloa. Para llegar a esta noche y a este día mágico, antes ha resultado de obligado cumplimiento el brindis que da paso a un Año Nuevo. Un brindis disfrazado con piel de cordero, ataviado con las vestimentas de los buenos propósitos y de nuevos compromisos. Mentiras encubiertas. Falacias decoradas. Disfraces enmascarados.
 Durante la noche del 31 de diciembre todo hijo de vecino hace un firme propósito de la enmienda, una retahíla de intenciones y de compromisos que, como regla general, se pulverizan de forma vertiginosa. Dejar de fumar, aprender idiomas, reformar la casa, dar una vuelta al mundo… y no precisamente en ochenta días. Pasan los días, y al final, ‘na de na’. Ni dejamos de fumar (yo pasearía a los fumadores compulsivos por la planta de oncología de los hospitales,  les mostraría la factura de lo que cuesta ese servicio diariamente, amen de implantar un registro de fumadores y exigirles un impuesto mensual), ni aprendemos idiomas (a alguno que otro lo dejaría perdido en una calle de Berlín, París, Roma o Tokyo a ver cómo se desenvolvía), ni reformamos la casa (otros tendrían que recibir la visita inesperada de unos amigos que les visitan con intención de quedarse en su casa una semana a ver cómo se organizaban), ni damos la vuelta al mundo (si escasamente nos reunimos con nuestros amigos que residen a diez minutos de nuestra casa, menos aún daremos la vuelta al mundo).
             Todo este cúmulo de despropósitos (que no desarrollo más por razones de extensión) tienen un único caldo de cultivo: la manifiesta falta de voluntad. No tenemos voluntad para cumplir nuestros propósitos y objetivos. Dice nuestro refranero que hace más el que quiere que el que puede. Verdad absoluta. Si una persona tiene voluntad de hacer algo lo hace, con independencia de las trabas que encuentre en el camino, pero hay que tener voluntad, y, desgraciadamente, en reiteradas ocasiones desconocemos qué significa esta palabra. Y lo más curioso es que esta falta de voluntad la enmascaramos con auto justificaciones tan pueriles como impresentables. Por el ejemplo, en relación a aprender idiomas: ‘No, es que estoy esperando a que Rajoy tome posesión para matricularme, y Rajoy toma posesión y entonces aducimos que esperamos a que nuestra vecina del sexto se case, y después de los desposorios… ¡Tonterías! ¡Escusas de pueblo! Eso se llama falta de voluntad. Nos falla la voluntad, la decisión y el compromiso para ser consecuentes con nosotros mismos primero, con  nuestros compromisos y con nuestro entorno más próximo y también más lejano. Lo mejor de todo es que nos creemos que estamos engañando a nuestros alrededores, y nos estamos engañando a nosotros mismos porque pronto se nos cala y se nos huele, y vamos dejando rastro. Es la radiografía más cotidiana del ser humano. Ni más ni menos.
            Hoy, en la festividad de Reyes, mientras pretendemos regresar a nuestra infancia que diría algún gallego que otro con ascendencia madrileña y gijonuda, tendríamos que ser sensatos y pedir que Sus Majestades de Oriente solamente vinieran cargados de voluntad, compromiso y decisión. Nos iría mejor a todos, incluidos quiénes intentan argumentar y justificar historias que se cimentan sobre naipes de arena.

1 comentario:

charli dijo...

Querido y estimado House, ya que me invocas a modo de alusión no puedo menos que responder y presentarme cual genio de la lámpara de aladino, para decirte que lo mejor no es retornar a la infancia por un día, sino llevar esa infancia para siempre dentro de cada uno, porque la infancia es falta de prejuicios, es optimismo, es sed de conocimiento, es inocencia. Y llevar todo eso dentro aunque sea en un rinconcillo, yo estoy seguro que nos hace ser mejores.

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