martes, 14 de febrero de 2012

Asturias de mis amores


La semana pasada realice un extenso periplo por diferentes ciudades españolas: Zaragoza, El Vendrell, Barcelona y Madrid. Fue un viaje rápido. Pero suficiente. Me explicaré. 

En todas las ciudades, el comentario y la pregunta tenían un mismo denominador común: «Oye, ¿qué está pasando en Asturias?». Los interrogantes no iban dirigidos para conocer las consecuencias de estas olas de frío polar que últimamente nos resultan tan familiares, sino que la gente se pregunta qué está sucediendo en esta tierra para que sus políticos anden a guantazo limpio y, finalmente, se tengan que convocar elecciones autonómicas anticipadas en un gesto grandilocuente de heroicidad meritoria de algunos. 

También encontré un mismo denominador común en todas las respuestas: «¿De qué va ese buen señor?», en clara referencia al modus operandi de nuestro actual Presidente del Principado. Ni qué decir tiene que la opinión exterior que se tiene de él no da lugar a realizar aquí el más leve comentario, dado que antes que nada hay que ser educado. Enumerar los calificativos con que lo tildaron sería de mala educación. 

Si bien es verdad que cualquier regidor no puede gestionar si carece de presupuestos que le proporcionan recursos para ejecutar esa gestión, también es verdad que situar a Asturias en el epicentro nacional de la burla y el descredito es, cuando menos, un claro ejercicio de payasada superlativa. Al hilo de esto, un funcionario me preguntaba en El Vendrell si los asturianos éramos conscientes de la tomadura de pelo que este buen señor había cometido. «Y seguro que vuelve a ganar», sentenció. Yo repuse aseverando que la situación no estaba tan clara, aunque sí es cierto que el número de simpatizantes de FAC había disminuido. Al menos, el termómetro de las redes sociales se mueve en esa dirección. «Por ética no debería presentarse de nuevo», opinó mi interlocutor. «Creo que te equivocas», le respondí. «Volverá a presentarse. Tiene que auto inmolarse de nuevo ante los votantes». «Si tiene la desvergüenza de volverse a presentar, y, encima gana, por mayoría, lo vuestro es de una república tercermundista», sentenció.

Dándole vueltas a esta conversación, que no tiene más trascendencia de la que realmente tiene, lo cierto es que habitualmente son escasas las ocasiones en las que Asturias es titular de un telediario o de un periódico de tirada nacional. Aunque existe, la verdad es que la tierra del Rey Pelayo pasa bastante desapercibida a los ojos del resto de españoles. Sin embargo, en este momento, el señor Álvarez-Cascos logró un hito histórico: situar en el epicentro de la noticia a «su» Asturias de mis amores. Las guerras tribales entre el Partido Popular y Foro Asturias fueron las huestes que lograron tan magnánima victoria. Y es que, cuando los egos se cruzan en una misma senda, cuando los intereses partidistas irrumpen en una misma dirección, cuando nuestro particular «yo» emerge como un volcán en erupción, la guerra está servida, una contienda con nombres y apellidos que huelga comentar aquí y ahora. 

Lo cierto es que Asturias ha vuelto a «existir» desde un punto de vista informativo. Fue noticia, y lo seguirá siendo mientras este duelo titánico siga por los derroteros que está actualmente.
Eso sí,  varios miles de seguidores seguirán viendo esta opción, como la más moral y ética, aunque alguien utilice esta treta como una maniobra encubierta para alzar un nuevo vuelo en otra dirección mucho más lejana de esta tierra. 

Mientras tanto, Asturias camina hacía el abismo: sin ilusión, sin esperanza, sin motivaciones, sin ganas de arrimar el hombro porque estamos en una tierra, cuyos gobernantes cada mañana sólo piensan en un objetivo: ver de qué forma más letal se puede acabar con quién tengo alrededor, porque para ellos prima  «el sillón» a cualquier otro aspecto, incluidos los ciudadanos asturianos que rozan el umbral de la pobreza que, queramos admitirlo o no, cada día son más numerosos.

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