lunes, 27 de febrero de 2012

Un referente del sindicalismo asturiano


«Soy Iglesias, oh», solía decir cuando llamaba a una puerta en busca de un favor para otros. Contadas veces para él.
Conocí a José Luis Iglesias hace cuatro años, al abrigo de la Gala Benéfica a favor de la Asociación Gijonesa de Caridad, que cada año organizar la Asociación de Escritores Noveles con motivo de entrega del Premio Luis Adaro de Relato Corto.
Durante este tiempo he tenido el privilegio de conocer a un tipo excepcional, imagen preclara de la lucha obrera, símbolo y referente del sindicalismo asturiano, pero, sobre todo, a un amigo que era capaz de remover cielo y tierra si tenía que hacer un favor o reivindicar una acto injusto. Resumiendo los calificativos, podríamos decir que era un hombre comprometido. Amigo de sus amigos, murió con las botas puestas. Se nos marchó en su segunda casa, la Unión Sindical Obrera, de dónde, a pesar de la edad, no se había jubilado. Siempre al pie del cañón, no tenía reparos para «tirar de móvil» y sacar de dónde fuere a quién fuese necesario.
Estos cuatro años fueron un regalo. Recuerdo, por ejemplo, con nostalgia cuándo el día de Navidad del año 2008 me llamó a casa desde el propio sindicato. No me llamaba para felicitarme las fiestas, sino para recordarme que al día siguiente él y yo teníamos una cita con otras personas. O cuándo nos invitó a comer a mi mujer y a mí en un conocido restaurante que solía frecuentar porque quería que le ayudásemos a escribir sus memorias; trabajo que ni siquiera llegamos a documentar. Y ya no digamos cuando estábamos sentados tomando un refresco en una cafetería de la FIDMA, y observó cómo la comitiva del Presidente de la Comunidad Autónoma abandonaba el recinto ferial. Ni corto ni perezoso, llamó al propio Presidente hasta que logró que el séquito presidencial cambiara su ruta y se detuviera en dónde nos encontrábamos. O cuando en la Gala Benéfica a favor de la propia Asociación Gijonesa de Caridad se las ingeniaba para acercarse a la mesa presidencial, saludar y conversar con todos y cada uno de sus inquilinos. Así era José Luis. Transparente como la vida misma.
Pero también es verdad que cuando se le necesitaba, siempre estaba ahí, y su teléfono móvil, su más fiel valedor, fue testigo de la resolución de mil y un  problemas precisamente a golpe de teléfono.
Se ha marchado un símbolo de la lucha obrera gijonesa. Un hombre culto y servicial que no andaba con paños calientes ni medias tintas. Claro y diáfano, solidario y culto. Sin pelos en la lengua para decir lo que pensaba a la cara, en las rotativas, y ante los micrófonos.
Marchó mi amigo José Luis. Una persona justa y querida por todas sus familias: la suya biológica, la USO, y el resto de entidades en dónde estuvo y en las que participo de manera activa, responsable, y leal. Sin horas en el día y sin días en el año, José Luis era nuestro singular «abre puertas», de forma desprendida, generosa y eficaz; cualidades éstas que por estar tan impregnadas en su forma de ser, las extrapolaba a los demás sin caer en la cuenta de que no se puede abusar en demasía de las amistades, y menos aún de los favores personales para terceras personas.
El bastión gijones de USO se marchó de forma abrupta e inesperada. Este apasionado de la política, era santo y seña, referente y presente de cualquier cita social, fuese de la condición que fuese, que se cociese en esta Asturias tan genuina.
Sin ir más lejos, La Voz de Asturias ha tenido el privilegio de ser testigo de excepción de su última reflexión en las rotativas. Amante de movimientos solidarios, se posicionó desde la sencillez, el respeto, y la experiencia de una vida consagrada al movimiento obrero.
Desconocía el temor, y sus casi tres cuartos de siglo no le amilanaban. Al contrario, cada día acudía a la sede de USO Asturias, en dónde seguía siendo un referente, santo y seña, modelo y ejemplo para todos.
Irrepetible, insustituible y genuino son los tres calificativos con los que podemos tildar a quién, desde su sencillez y humildad, no tenía reparos ni andaba con remilgos absurdos.
Todos los que le conocimos estamos desolados, tristes, pero serenos porque su legado nos iluminará durante mucho tiempo.
Mañana me llamará. Me dirá que lo lleve con el coche hasta Oviedo y me invitara a comer, o me pedirá el teléfono móvil de ésta o de aquella personalidad de la vida social de Gijón. Otra de sus pasiones: la vida social. Desde su púlpito de Secretario de Relaciones Institucionales de USO Asturias, no se perdía una. La intensa vida social fue el elixir perfecto para alguien que entendió que la vida sindical pasa, antes que por cualquier otro vaso comunicante, por ser un tipo justo, solidario, reivindicativo y honesto. Esto último muy descuidado en nuestra sociedad más actual.
En la intensa vida social asturiana, uno se puede tropezar con mil caras diferentes. Sin embargo, había una que no fallaba nunca. José Luis Iglesias. Importaba poco que el sarao fuese en Gijón, Oviedo, Taramundi o Llanes. Se las ingeniaba para que alguien le llevase. Lo agradecía a base de invitación, pero estaba en todas las veladas que se cocieran en esta Asturias prelectoral.
Así era José Luis. Alguien especial que ya se le echa de menos, aunque escasamente nos ha dejado. Quienes mueren con las botas puestas, no mueren. Su testigo nos iluminará para siempre, y quedará impregnado a nuestra piel como reconocimiento de una persona, que fue mucho más que la imagen de un sindicato. Fue, sin remilgos de ninguna clase, un referente social, cultural, sindical, y humano del último siglo.

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails