martes, 17 de abril de 2012

El obispo y el misionero


¿Sabéis cómo se llama la parte del cuerpo humano en dónde el vientre pierde su santo nombre? Hasta ese sitio estoy de obisparras, monseñores de tres al cuarto, curas pederastas y otras lindezas que habitan con sotana y solídeo. 

El obispo de Alcalá de Henares ha vuelto a sus trece. Don erre que erre.  Vuelve a insistir en relación a los homosexuales, que los considera un problema para la sociedad. Pero caigo en la cuenta de un detalle trascendente. Él aún es un problema más arduo por resolver para la sociedad. Hay que mantenerlo a costa de los Presupuestos Generales del Estado, y no contribuye en nada con el Estado. Únicamente a extender la mano para que, con la llegada de las flores al Jerte, ‘papá Estado’ vuelva a soltar la guita. Él, su correligionario Rouco y otros similares viven opíparamente durante el resto del año. 

Es curioso. La nota del accidente del Rey en Botsuana ha eclipsado otras noticias; ésta, por ejemplo. Es importante conocer in situ la situación del monarca, pero no menos importante es permanecer atentos a estos romanceros. El hecho de que la Iglesia Católica, en un estado aconfesional como el nuestro, debería sacarse por sí sola las castañas del fuego. Aún más  cuando sus mandamases se dedican a vocear remilgos y gilipolleces propias de la más radical, artritica y absoluta ideología conservadora sin un ápice de pudor ni respeto. Me gustaría que este señor se enterase de una vez por todas: la homosexualidad no es ningún problema. El problema es, por el contrario, saber que en muchos países del mundo los niños se mueren de hambre, mientras obispos y cardenales miran hacía otra parte. 

Hace años dije, y hoy me reitero, que el negocio más rentable que existía era la Iglesia Católica. A las pruebas me remito. ¿Una prueba más latente? ¿Cuánto valor material tiene todos los tesoros y riquezas que tiene la Iglesia? Una Iglesia decente, que realmente se preocupa por el individuo, que se olvida de poderes y dominaciones, invertiría parte de estas riquezas en paliar el azote de la hambruna. Pero no. Resulta más cómodo girar la cabeza y argumentar falacias y sandeces antes que mojarse de verdad y demostrar que verdaderamente se practica la solidaridad humana, evitando asi que mueran más niños de malnutrición y epidemias.

La Iglesia prefiera esta opción antes que poner en su sitio a quién se atreve a decir públicamente que la homosexualidad puede resolverse con  terapia. Ignorancia pura. Despotismo absoluto. Imbecilidad superlativa. 

Hace años conocí un misionero comboniano. Entonces estaba en una misión en Kenia; hablamos de los años noventa y pico. Durante uno de sus viajes a España tuve oportunidad de pasar con él varios días: comimos varios días juntos, y paseamos durante varias horas. Comprobé cómo estaba ante un hombre comprometido con la sociedad y con el mundo, más allá de sus creencias religiosas y de su fe. Me contaba que cuando él se encontraba allá ejercía de todas las profesiones antes que el sacerdocio: ejercía la agricultura, ayudando a trabajar la tierra, a las mujeres les mostraba los más elementales métodos para cocinar con higiene; a los niños y adolescentes les inculcaba habitos saludables de vida e higiene personal; y a los hombres les ayudaba a realizar carreteras y vías de comunicación. En una palabra, procuraba socializar a aquellas pobres gentes.

Esta forma de trabajar implicaba, me decía, un contacto directo con otras realidades y otras experiencias de la vida que en Roma desconocen. Aunque su familia siempre deseó que regresara a casa, él necesitaba estar en Africa, vivir en Africa y compartir con Africa lo que él entendía como sacerdocio. Decía que él había querido ser sacerdote para eso, no para estar una parroquia occidental, apoltranado y viviendo de espaldas a la verdadera realidad del planeta. 

A pesar de todo, desde Roma lo llamaron para asumir un cargo de responsabilidad en la curía romana. Como era de esperar, rehusó. Volvió a Africa. No entendía el sacerdocio fuera de ese entorno; era su entorno, su vida, su forma de entender el cristianismo. 

Cierto es que si hubiera muchos obispos del calibre de este misionero, las cosas irían mucho mejor. A las pruebas me remito. Desgraciadamente, no es así. Aún cunden demasiado esa caterva de monseñores  a los que se les llena la boca de moral y ética pero que son incapaces de demostrar el verdadero cristianismo que Jesucristo predicó hace más de dos mil años. ¿Un ejemplo? Reig Pla. 

Como se observa hay evidentes diferencias entre unos y otros. Unos son los que verdaderamente se sienten solidarios, responsables, éticos. Los otros, ciegos y sin perspectiva de futuro, apenas son capaces de ver la viga en su ojo y, sin embargo, se permiten el lujo de despellejar a quiénes llevan una paja en el suyo. Una caterva de irresponsables.

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