martes, 5 de junio de 2012

La madre de Geno


            El sábado, cuando estaba a punto de emprender viaje hacía tierras leonesas, me quedé helado al enterarme a través de una red social que había fallecido la madre de mi amiga Geno, de nuestra amiga Geno.
            Recuerdo a esta mujer como un ser transparente cuya sonrisa estaba cincelada con cariño en su boca de forma perenne. Le acompañaba su humildad y su sencillez. Se trataba de una persona que resultaba difícil no poder dialogar con ella porque su amabilidad y su cultura lo impregnaban todo. Cierto es que la trate poco, pero a pesar de ello, pude comprobar cómo detrás de esos ojos vivaces y esa sonrisa eterna se escondía un delicado ser humano que no se amedrentó ante los vaivenes de la vida. La recordaré siempre con ese gracejo andaluz con pinceladas marroquíes y baturras. Recuerdos varias anécdotas acaecidas en la antigua Cesaraugusta, actual Zaragoza con destilaciones populares. Historias que me reservo por respeto a los que la lloran. Pero puedo garantizar que fue, como suelo decir habitualmente, “una mujer bandera” como ser humano, como esposa y como madre. Hace 3 ó 4 años (no lo recuerdo con exactitud), la vida le dio una dentellada, que la noche del pasado viernes volvió a morderle. Lo ví muy directamente, de igual modo que recuerdo cómo tuvo coraje, arrestos, y valor para enfrentarse a la situación, dominarla y volver a sonreír. Por desgracia, esta vez no tuvo fuerzas para seguir blandiendo en las trincheras de la vida las armas de la bravura, de la alegría y de la fuerza que siempre demostró con su entorno.
            Ha sido, sin duda, un ejemplo de persona, de madre y de esposa. Y eso tiene que quedar en la retina de los tenemos los ojos enjugados de lágrimas por su repentino y abrupto adiós. Esos valores son los que iluminarán el camino de los que quedamos. Seguro.
            Precisamente esta mujer tenía que partir de este mundo para que volviésemos a rencontrarnos entre nosotros, para que volviésemos a descolgar los teléfonos, para que todos, de una manera u otra, volviéramos, como en épocas pretéritas, a estar ahí. Somos muy torpes y muy rudos. Nos empecinamos en nuestra verdad absoluta, sin darnos cuenta de que todos tenemos nuestra particular verdad y que la óptica de cada uno de nosotros es perfectamente compatible con la de los demás, máxime cuando detrás todavía quedan rescoldos de aquel fuego de amistad que tuvimos y que un estúpido y absurdo empecinamiento nos hizo separarnos y alejarnos. En esta vida, todo es compatible, con independencia de lo que realmente nos interese o nos guste en la esfera personal o profesional. Por esta razón, las personas pasan por las instituciones, pero éstas perduran mientras haya una sola persona que se empeñe en que los motores de ese hogar sigan funcionando a buen rítmo.
            Es más, quizás es saludable una depuración, una limpieza, un cambio de aires. Purifica el ambiente, y lo hace sano y saludable, ágil y genuino.
            La madre de Geno ha tenido que marchar para comenzar un rencuentro, un acercamiento que se extenderá en el tiempo. Es difícil descolgar el teléfono. Resulta complicado redactar un correo electrónico, pero estas barreras desaparecerán. Esto sólo fue un primer paso. Todos y cada uno de nosotros tenemos nuestras propias vidas, nuestras vicisitudes, nuestra maleta del ayer y nuestra ilusión del mañana. Eso es inviolable, pero lo que no me cabe duda es que las brasas de ayer siguen ardiendo.
            Recordaré a la madre de Geno como una mujer que sonreía siempre. Y una persona que sonríe permanentemente, como ella, es una persona feliz, y que es capaz de hacer feliz a quién tiene alrededor. Tomemos nota. Falta nos hace.


1 comentario:

Fran Picón dijo...

Este post te honra, José, gracias por lo que me toca como amigo de Geno y por lo que quiero (sigo queríendo) a su madre

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