jueves, 7 de junio de 2012

Manolo Preciado, un mito eterno


            Esta mañana todo el sportinguismo y, de su mano, el mundo de fútbol se quedaba petrificado al enterarse de la noticia: Manolo Preciado había muerto víctima de un infarto de miocardio.
            Este tipo de noticias invitan a la reflexión, y te das cuenta de que la vida es injusta, cruel, y despavorida. Se ha llevado a un hombre bueno, a un tipo transparente, como lo definió el ínclito Mou. Una persona que la vida le atizó con desahogo. Primero se cebó en la vida de su mujer; a continuación, su hijo y su padre, víctimas de la carretera. Y cuando parecía que la vida le volvía a sonreír (al menos personalmente),  le volvió a partir el corazón a trizas. Esta vez, definitivamente.
De igual modo que se lo partió cuando a finales del año pasado, a mitad de la Liga, un grupo de parlanchines barriobajeros, cantamañanas baratos, bufones de tres al cuarto, mafiosillos edulcorados, palanganeros mediáticos, y algún que otro bloguero se encargaron de prender la mecha para que fuera destituido como entrenador del Sporting de Gijón. Se marchó cómo llegó: abrazado a una tupida manta de humildad, sencillez, y transparencia.
            Así era Manolo. Un tipo con carácter, transparente y valor. Obvio decir que de todos es conocida mi simpatía por cierto entrenador con olor a merengue rancio de cuyo nombre no quiero acordarme. Pero hoy llevaba razón en la carta que ha publicado tras conocer la muerte de su colega.
            No voy a insistir. Parece que marchen sólo los buenos, y los malnacidos siempre quedan. Quizás sea cierto, a la vista de lo que se atisba alrededor. Pero lo cierto es que Manolo Preciado fue un tipo ejemplar como ser humano que, en definitiva, es lo que cuenta en esta vida. Los títulos, los cargos de responsabilidad, los nombramientos son efímeros. La maleta que debemos transportar cada mañana es nuestra forma de ser y de actuar. Lo demás, es secundario. Creo que no caminamos por este camino para que, a nuestro paso, nos cubran el camino con pétalos de rosa, sino que lo hacemos para vivir y disfrutar de la vida que, como decía el propio Preciado, son cuatro días.
            Hoy Gijón está de luto. Hoy, en Mareo nadie cree lo sucedido. Las redes sociales y los medios de comunicación se han encargado del resto. El personal se ha movilizado para demostrar a la familia biológica de Manolo que no se encuentran solos. Pueden estar abatidos, pueden hacerse mil preguntas sin respuestas, pero junto a ellos, alrededor, formando una inmensa cadena humana se encuentran quiénes viven el fútbol de verdad: bien sea desde los banquillos desde el césped o desde los despachos. Más allá de colores y equipos. En facebook y en twitter ya se han lanzado mensajes en los que se pide que el Ayuntamiento de Gijón le nombre Hijo Adoptivo y le dedique una calle con su nombre. Pero más allá de eso, lo importante en este momento para los suyos es sentir orgullo triste por alguien que, como dicen por esta tierra, era un paisano de verdad.
            Se merece esas prebendas y otras más de esta ciudad en la que jamás fue un extraño. Y es acreedor de estos y otros muchos méritos. Gracias a él, a su persona y a su táctica de trabajo como técnico, la mareona, el sportinguismo, vivió orgasmos colectivos de felicidad con las victorias del Sporting. También se sufrió. Nadie es perfecto. Quién crea que él no sufrió al conseguir que su equipo caminaba hacía el descenso de nuevo, se equivoca. Si no hubiera sufrido, si no le hubiese temblado la piel,  el día de su adiós en Mareo no hubiera dejado la sala de prensa llorando. Ése era el ser humano con el que debemos quedarnos. Así era Manolo, irrepetible.
            El fútbol español hoy no conoce de colores rivales, ni de Primera ni Segunda División. Tampoco de fichajes. Hoy sólo tiene manos para entonar el Himno del Sporting mientras mira al cielo comprobando cómo en la Playa de San Lorenzo hoy no sobrevuelan las gaviotas. Marcharon al Sardinero para coger buen sitio y esperar la llegada del cuerpo del técnico cántabro.
            Marchó Manolo Preciado. Un ejemplo de ser humano y de profesional del fútbol. Seguro que desde arriba, a finales del mes de Agosto volverá soltar más de un cagamento cuando vea jugar a su querido Sporting. Y al acabar el encuentro, se escabullirá por los rincones de la sala de prensa para poner la nota de color en sus declaraciones que nunca fueron broncas. Circunstancia ésta última que no todos los entrenadores pueden decir lo mismo, aunque se crean divinos, y se pregunten reiteradas veces por qué.

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