viernes, 8 de junio de 2012

Un mito en El Molinón


            En torno a la media noche de ayer los aledaños de El Molinón eran un hervidero de personas, sportinguistas unos, deportistas otros, ciudadanos gijoneses todos, que se acercaban el altar improvisado que en la puerta 0 del estadio los seguidores rojiblancos habían elevado en torno a su mito más sportinguista: Manolo Preciado: bufandas, banderas, camnisetas rojiblancasm  mensajes de despedida, velas, lágrimas, emoción contenida.
            La noche era tibia, el aire azotaba con delicadeza y la lluvia caía tímidamente, pero ello no era obstáculo para que los allí presentes recordaran y homenajearan a quién tan abruptamente la vida les había arrebatado de su lado.  Decía Shakespeare que ser honrado tal como anda el mundo, equivale a ser un hombre escogido entre diez mil. Casualidades del destino es lo que ha sucedido con Manolo Preciado. Se le seleccionó entre todos por su honradez, su forma de ser, su carácter, y mil cosas más. Lo decía ayer en este mismo espacio. Era un paisano de verdad, de los que no entienden de prima de riesgo, ni de rescates bancarios, ni de huelgas de transporte. Pero sí, por el contrario, conocen perfectamente lo que significan las palabras amistad, honradez, espíritu deportivo y otras similares. Frases cómo Ni antes éramos la ultima mierda que cagó Pilatos, ni ahora somos el Bayer Leverkusen demuestran a todas luces cómo era este cántabro reconvertido asturiano y, últimamente con extensiones valencianas. Era transparente, sencillo, humilde. Era un paisano, me reitero.
La mejor forma de definirlo lo ha hecho Juanma Castaño. El periodista asturiano y declarado seguidor del Sporting ha escrito en su cuenta de Twitter que "no sé de que manera, pero el Sporting y la ciudad de Gijón tienen que rendir un homenaje inolvidable. Algo a la altura humana de Manolo". Antes, dio la noticia y añadió: "Ha muerto Manolo Preciado. Él no se consideraba ejemplo de nada. Era mucho más humilde. Pasaba de etiquetas. Su pasión era viajar."
Y será él precisamente, Juanma Castaño, quién ilustre mi reflexión de hoy viernes sobre el mito Preciado. Hoy ha publicado en varios diarios digitales una carta dirigida al propio Manolo Preciado:



Mi amigo siempre sonreía

Dos días buscándonos y no encontramos el momento. Sus dos últimos días. Él llamaba y yo volaba o presentaba en la tele. Yo llamaba y él comía con la gente del Villarreal para cerrar su contrato. Y venga a ver llamadas perdidas de Preciado yo, y llamadas perdidas de su amigo emigrante él. Y no hubo manera. No pude decirle lo mucho que me alegraba que cogiera un club como el Villarreal y de volver a tenerle en escena. Me daba igual que se convirtiera en rival número uno del Sporting, los amigos son los amigos y a los amigos se les desea lo mejor siempre.
Preciado, presentado ante la sociedad como un ejemplo de superación era, por encima de todo, un gran amigo. Un tío normal que no cambió ni con el éxito ni con el fracaso, ni con la felicidad ni con la desgracia. Era un vitalista convencido, un apasionado de los viajes, un tipo que esquivaba las etiquetas y que paseaba con la cabeza alta. Siempre sonreía.
Jamás hablé con Manolo de su desgraciada historia familiar. Cuando murió su padre le di el pésame muy rápido, evitando profundizar en el dolor y en los recuerdos que le traían a la cabeza otro tanatorio y otro funeral. De mis conversaciones con él saqué la conclusión de que le molestaba un poco la eterna historia de que era un luchador, un castigado por la vida. Él se presentaba como un entrenador más pero no era así: era una lección de vida para todos los que a diario nos ahogamos en un vaso de agua. Algo que, por cierto, jamás le dije.
Manolo, cuando llegue a Gijón, antes de nada, lo primero que haré será ir a abrazar a tu amigo Víctor ‘Chaflán’ y a Alejandro ‘Bule’, que están hechos polvo. Comeremos lo de siempre, beberemos lo de siempre y seremos los de siempre. Son mis amigos, que los hiciste tuyos y que te adoraron en vida y te adorarán hasta el fin de sus días. Me dejo a todos los demás, la pandilla que ahora te llora como si hubieran nacido y crecido contigo y que sin embargo te conocieron cuando ese bigote ya estaba lleno de canas. Y qué suerte tuvieron, y qué suerte tuvimos, y cómo vamos a presumir a los cuatro vientos que nosotros fuimos amigos de Manolo Preciado.
Nunca te olvidaré.


Apostillo: Yo tampoco.

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