viernes, 27 de julio de 2012

Catherine Venusto y el arte de educar


La verdad es que no sé si vivimos en el País de las Maravillas o, por el contrario, nos encargamos de hacer tantas maravillas que terminaremos cargándonos el país. El universo por derivación directa.
            La edición digital de El Confidencial trae un titular apoteósico. Arrebatador. Post moderno. En Pensilvania una madre ha pirateado el ordenador del colegio para subir las notas de sus hijos. ¡Manda güevos!, que diría cierto embajador, actualmente olímpico, otrora protervo oficial de las victimas del YAK-42. Llevo un rato leyendo la noticia y mis ojos aún no pararon de hacer chiribitas. La susodicha madre, Catherine Venusto, canterana para convertirse en patrona de las mujeres, se creerá santa, pura, (desde luego, virgen no), y virtuosa. Y encima, con una dosis más que abundante de  alevosía y premeditación. Durante tres años fue la secretaria del centro escolar, lo que le da un más que notable privilegio de pernada hacía el centro.
            Cuando la trincaron confesó que era consciente de que era poco ético su comportamiento, pero no sabía que era un delito. No, es poco ético, pero sin embargo, su hazaña es un acto de fe. No te jode.
            La justicia norteamericana la acusa de 6 delitos. Da igual. Cómo si la acusan de seis mil. Aquí lo importante es la segunda parte de la historia: la reprobación por parte de la sociedad norteamericana. Lógico. Actualmente se nos llena la boca con temas tan notables desde un punto de vista social como es la educación sin ir más lejos. La pregunta de la sociedad estadounidense es la mía, y seguro que la de otros muchos ciudadanos al comprobar esta picaresca. ¿Qué queremos, educar a nuestros hijos dentro de unos cánones de responsabilidad o, por el contrario, dejarles al azar del mínimo esfuerzo, la picaresca y el zanganeo? Algunos psicólogos llevan toda la razón del mundo al afirmar que estamos sumergidos en una sociedad que estimula los mismos vicios que crítica. Apestan ya algunas campañas publicitarias de ciertos medios de comunicación en los que se aboga por el dinero fácil, la falta de educación y por la consecución de objetivos sin esfuerzos. ¿Así queremos formar a las generaciones venideras? ¿Este legado les dejamos? ¡Sociedad de zafíos! La influencia literaria y cultural de Lazarillo de Tormes llega a nuestros días y se extiende cómo el galipote asturiano o el chapapote gallego.
            Lo peor no es esto. Asumamos de una vez que siempre hubo, hay, y habrá madres y padres imbéciles, insensatos, mediocres y gilipollas. Desgraciadamente, también torpes, aunque su responsabilidad sea parcial. Lo peor es el mensaje que estas noticias generan en nuestros jóvenes y adolescentes. Si por un lado, estamos lanzando continuos mensajes de que no hay que esforzarse porque nos darán todo hecho, por otro se sobreprotege a nuestros jóvenes y adolescentes a la vez que se merma considerable e incomprensiblemente la autoridad de los docentes. Bajo este paraguas incomprensible, ineficaz, nulo y mísero, habremos conseguido que nuestros chicos carezcan de responsabilidad, autonomía y autoestima. ¿Para qué me voy a molestar si en casa me dan todo hecho? Hay que educar con el armamento adecuado, ése que sólo tiene proyectiles culturales, sociales, y humanistas para enfrentarse al día a día. Todo lo demás es poner barreras al campo, auto engañarnos, sobreprotegerlos. Y lo más grave, posibilitarles todas sus metas sin esfuerzo ni voluntad por su parte. La sobreprotección está caducada. Eso de “no quiero que sufra, que tiempo tendrá” es una teoría más antigua que Machín. Absurda y caducada.
            Es evidente que a los chicos hay que cuidarlos. Pero no les podemos dar todo hecho. Hay que darles las herramientas para que ellos construyan su futuro y su vida. El psiquiatra Joan Corbella afirma que educar, entendido como la forma de dotar al hijo de los instrumentos que le serán necesarios en la vida, no sólo es conveniente, sino imprescindible. Refrendo.
            La sociedad no pueda darles todas las cosas fáciles para que consigan y construyan su futuro sin esfuerzo. Ni mucho menos. Decía antes, y reitero, hay que facilitarles el instrumental, estar ojo avizor, pero dejar que ellos tengan su parcela de maniobrabilidad y actuación. De aquí saldrán sus aciertos y fracasos, pero serán suyos, sin imposiciones ni dogmas paternalistas bananeros. Los chicos, como los adultos, tienen la obligación de equivocarse, de tropezar en una piedra, caerse, levantarse, y comenzar a caminar. Una, dos, diez, cincuenta, cien, mil veces. Es una forma de maduración. La sociedad, con los padres a la cabeza, ambos dos, (últimamente hay demasiado escaqueo y exorbitantes escusas), pondrá a su alcance los medios para que logren este objetivo, cuyo éxito es exclusivo de ellos. De nadie más. Pero el trabajo lo tienen que hacer ellos solitos sin que nadie venga con dádivas y propinas.
            Pero claro, todo eso es muy bonito sobre el papel. Luego, te tropiezas con tipos como esta ‘madre-coraje’ o similares. Tipos y tipas que  carecen de responsabilidad, de criterios y de valores humanistas para educar a sus hijos. Cierto, que no justificable, que en ocasiones no saben. Y ya la liamos. Dónde dije digo… De esos barros, vienen estos lodos. Y otros de los que prefiero no acordarme.

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