lunes, 30 de julio de 2012

El estado autonómico


          Esta mañana me comentaban la preocupación del tejido empresarial asturiano ante la gravísima situación socio económica española. No en vano, si una comunidad tan minúscula como ésta se encuentra en una situación de alerta máxima, imagínense qué puede acaecer en feudos como Andalucía, Comunidad de Madrid o Catalunya.  De hecho esta misma tarde, la Generalitat ya ha confirmado que no tienen liquidez para efectuar los pagos de julio a las entidades sociales con las que la administración tiene plazas concertadas, como geriátricos, residencias de discapacitados y entidades de atención a enfermos mentales. Éste es sólo un ejemplo, pero hay dieciséis cuadros más que evidencian la situación tan bucólica que vivimos.
            Cierto es que el tan arrebujado modelo autonómico se agrieta de norte a sur sin excepciones. La idea fue buena, y digo ‘fue’, porque en su momento, cuando se sacaron de la chistera los diecisiete reinos de taifas, el Estado de las Autonomías tenía sentido práctico. Era ecuánime, y gozaba de las bendiciones de propios y extraños. Pero el tiempo ha demostrado que estábamos equivocados. Si bien es verdad que resulta sensato que la gestión de tu hospital se realice en tu propia región, o que el reconocimiento de discapacidad, por ejemplo, se tramite en tu misma comunidad, también es verdad que hemos pasado de un extremo a otro. A los señores feudales se les ha otorgado todo el poder a excepción de aquel que, por motivos obvios, es competencia exclusiva del Estado. También se dio en demasía que el señor feudal era un inexperto, avaro, inculto y, como mal mayor, corrupto. ¿Qué pasó?  Un buen número de señoritingos de tres al cuarto, cicateros sin oficio ni beneficio, en un plis plas se encontraron que tenían coche oficial, escolta, y secretaria; eran poderosos; descolgaban el teléfono y banqueros, empresarios y burgueses se arremolinaban en su entorno. Podían pasar revista a las tropas, como el mismísimo Rey, y hasta decidían en qué se gastaban o no el dinero de su posesión.
Ello dio lugar a que ese Estado de las Autonomías se convirtiera en un país de castas, en el que cada uno barriera para casa considerándose que era super güay y que él tenía más poder que nadie en este país. Y de esos lodos, vienen estos barros.
No estoy en contra del modelo autonómico. Al contrario, estoy plenamente convencido de que una comunidad autónoma bien gestionada, equilibrada, geográficamente estable, y bien estructurada, resulta mucho más práctica y racional que la primitiva máquina de vapor que se denomina Administración General del Estado. Sin ninguna duda, para el ciudadano de a pie es más ventajosa. El contribuyente tiene que disponer próximo a él de todas las herramientas necesarias que le vinculen con el país en el que vive. Pero una cosa es eso, y otra, lo que está sucediendo. Las comunidades autónomas son necesarias, rotundamente sí. Siempre bajo el paraguas de una gestión eficaz, transparentes, sin choriceos ni chulerías de prostíbulos barriobajeros.
Algo se ha hecho muy mal. Quizás hemos otorgado la confianza para gobernar a señoritos de cortijo, además del titular, que eran unos auténticos inexpertos y unos rabiosos corruptos. Previsiblemente este mapa autonómico ha sido muy generoso con las competencias que cada región tiene. Sea como fuere, lo cierto es que me gustaría que alguien me respondiera a esta pregunta: ¿Cómo puede ser que Asturias deba más de dos mil millones de euros, Castilla La Mancha más de seis mil, por ejemplo, o la comunidad valenciana, veinte mil millones? Me lo expliquen, y rápido, antes que sea tarde.
Todo ello se bendice y se aplaude. Al final y al cabo, los recortes son siempre en el mismo sitio: discapacitados, niños y jóvenes, enfermos crónicos, pensionistas, y desempleados. ¡Qué se jodan!, diría una repugnante mediocre. Sí, efectivamente, nos jodemos los de siempre que observamos con cara de idiotas como, por ejemplo, las grandes fortunas no pagan impuestos o los clubes de fútbol derrochan dinero sin contemplaciones mientras eluden la fiscalidad, mercadean sin rubor, o piden que se les condone su deuda.
No removeré la pringue. Reitero mi confianza absoluta con el mapa autonómico, pero siempre bajo un orden, control y limpieza. Quizás está llegando el momento de revisar este modelo y ver cómo se estructura de nuevo. Quizás sea el momento de una catarsis autonómica. Quizás sería oportuno estudiar si es mesurado o no fusionar comunidades. Rebajaríamos gasto corriente, y eliminaríamos, lógicamente, a toda la caterva de forajidos ineptos que creyeron que gobernaban su cortijo. Sanearíamos la vida política española. Urge. Las redes sociales claman.

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