lunes, 23 de julio de 2012

La vida y la muerte


            Ayer recibí dos noticias totalmente antagónicas en muy pocas horas. Unos amigos míos acababan de ser padres de dos gemelas. Otro amigo mío había muerto víctima de esa enfermedad tan maléfica como demoledora como el cáncer.  Qué curioso. Vida y muerte se conjugaban el mismo día en mi existencia sin apenas darme cuenta. Es el misterio de la vida, precisamente.
            Mientras dos nuevos seres irrumpían con fuerza y salud en este complicado mundo de prima de riesgo, de desempleo y cataclismos varios, otro ser humano, un tipo bueno, sencillo y sobre todo, cristalino, nos había dejado con sobriedad, discretamente, sin aspavientos. Tal y cómo él vivió.
            Y en este estado de cosas, a uno le vienen a la cabeza mil y una reflexiones sobre ambos conceptos. Hay personas muy pesimistas que dicen si realmente merece la pena traer al mundo a nuevo ser que tendrá un futuro incierto (tan incierto como el de cualquier hijo de vecino). A estos mustios yo les digo que sí. Claro que merece la pena seguir apostando por la vida. ¿Acaso no lo hicieron nuestros padres y nuestros abuelos? Porque la situación actual no es mucho más caótica que otrora. No nos llamemos a engaño. Si todos hubieran pensado cómo esa legión de ajados no estaríamos en este mundo. Ellos tampoco, desde luego. Pero obviamente las muchas o pocas cosas buenas que hicimos jamás se hubieran llevado a cabo si en su momento nadie hubiera apostado por la vida. La vida merece la pena vivirla, y vivirla lo mejor que podamos. He escuchado a una persona muy próxima repetir cientos de ocasiones que debemos disfrutar hoy porque mañana no sabemos qué va a pasar. Cierto. Ciertísimo. Pero habitualmente esa teoría se nos escurre por el sitio en el que la espalda pierde su santo nombre. Y esta actitud forma parte de la idiosincrasia propia del individuo. El hombre es un lobo para el hombre, aunque luego nos arrepintamos y empecemos de cero. También este reseteo es un distintivo humano.
            En la otra cara de la moneda nos tropezamos con la muerte. La doctora suiza Elisabeth Kübber-Ross, una destacada experta en Tanatología, sostiene la teoría de que el individuo no tiene que temer a la muerte porque ésta no es el final, sino un ‘radiante comienzo’. Para ella, la vida en el cuerpo terrenal del individuo sólo representa una diminuta parte de la existencia del propio individuo. Las ciencias adeptas al materialismo señalan que la vida está limitada a una existencia única. Totalmente falso. Según la doctrina de la doctora, la vida terrenal es una porción diminuta de una existencia globalizada que se proyecta más-allá de la vida de aquí-abajo. Bajo este parasol tenemos que ser conscientes de que la muerte no es el fin de cualquier existencia humana. Simplemente, según la doctora Kübber-Ross, ‘esperan alegrías maravillosas. Sé que esta filosofía tiene difícil digestión, y que puede confundirse con un dogmatismo religioso bastante conservador. Falso. Estamos ante un prisma diferente. Una visión existencialista totalmente alejada de la fe. La fe y la religión son una cosa, y esta teoría, otra. ¿Se pueden compatibilizar? Quizás sí, pero eso lo debatiremos otro día.
            Patricia, Ángela y Agustín son tres nombres que ayer coincidieron en mi vida de una forma diferente pero muy similar. Si las dos primeras vinieron a la vida para traer la felicidad a unos padres, Agustín era un tipo bueno, sencillo, discreto y buen conversador. Es imposible que marchara voceando y sufriendo. Marchó en paz consigo mismo y con los demás. Tal y cómo vivió. La muerte converge con la vida. La muerte y la vida, de la mano. Pero la vida es la que llevaba la batuta. La vida es para vivirla. Siempre. A pesar de los vientos y las tempestades.

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