sábado, 7 de julio de 2012

Los politicos pasan, la Semana Negra se queda


Cuentan las crónicas que las historias de trenes son una buena excusa para acercarnos a ciudades, para llegar hasta los destellos culturales de cualquier ciudad y de sus gentes. Éste podría ser el inicio de cualquier relato de género desmembrado a golpe de traqueteo de un viejo convoy que arranca de Chamartín cuando el sol comienza a desentumecerse.  Una larguísima jornada por delante cargada de anécdotas emotivas, de pinceladas simpáticas. Veinticinco años son muchos años. Ayer lo decía en este mismo espacio. Un cuarto de siglo da para mucho, y aún dará para más si lo mimamos como hicimos hasta hoy.
Precisamente hoy a la hora taurina por excelencia (las cinco de la tarde), el tren negro llegaba a la Villa más jovellanista del planeta. La expectación era importante. No en vano, las noticias que habían llegado daban mucho juego. Si el viaje venía empañado por las noticias que llegaban desde el otro lado relativas al injusto y cruel secuestro de Sanjuana Martínez, por aquí los mineros seguían erre que erre, y bloqueaban el convoy literario. Su reivindicación es justa y necesaria. No así sus métodos. Llegaron a Mieres, y se solidarizaron con los mineros que les esperaban  buscando que quiénes dominan la palabra como arte, la transformasen en vehículo reivindicativo. No hizo falta. Los ambientes bullían; el resto de la escena era habitual en la Semana Negra. Como parlamentos de recepción, el ‘Santa Bárbara bendita’.
En Gijón, la recepción fue más descafeinada. Caras conocidas de la vida política, social,  y cultural gijonesa esperaban al convoy, que capitaneaba Taibo. Afortunadamente, las violentas y radicales recepciones de otros años, éste años no existieron. Pese a quién le pese, sea éste educador, músico, o palanganero de turno, éste era el año de la conmemoración, de la alegría y de la ilusión. Nadie podía empañarlo. Menos aún quiénes utilizan la violencia como instrumento arcaico de reivindicación. Un cuarto de siglo de literatura de género frente al mar es para festejarlo con sidra, fabada y arroz con leche. Por lo menos.
En el Ayuntamiento de Gijón se respiraba un ambiente diferente al que se exhaló el año pasado. Cercanía, compromiso, acercamiento, sintonía y, sobre todo, empatía con todo lo que significa para Gijón estos díez días de literatura y diversión. No se pide nada más. Tampoco menos.
El mar es un elemento aglutinador. La madre que acoge a los hijos dispersos, y los reúne en torno a la mesa. El Cantábrico, junto a la Playa de Poniente hizo lo propio. Aglutinó a lo más granado de la vida política, cultural y social de Asturias y, particularmente, de Gijón. Al otro lado, la cinta negra y el pool de fotográfos que querían inmortalizar el célebre corte de cinta negra. Ni eran todos los que estaban. Tampoco estaban todos los que eran. Pero no importa. Bastaba así. Todos los partidos políticos, junto a un notable grupo de autores, editores, libreros, periodistas, fotógrafos e ilustradores, y en medio, caras más que conocidas de la vida social y cultural de Gijón. A la cabeza, la alcaldesa de la ciudad. Una foto para la Historia. Qué nadie se olvide.  Aunque siempre notas que falta alguien. Siempre te tropiezas con quién desea poner su particular firma en un libro que ya está escrito, que se viene escribiendo desde hace un cuarto de siglo, y al que se le augura larga vida. Ni está ni se le espera. Da igual, y ya resulta indiferente su persona. En la Semana Negra sobran los cretinos.  
Caminamos ya hacía el medio siglo de existencia. Un mérito para la organización y para la ciudad. Una satisfacción para todos.  
Rectificar es de sabios. Los errores de la inexperiencia fueron difuminados bajo el lienzo del sentido común y la humildad. Muchos dudarán de su fé, pero en política, como en otras facetas de la vida, es necesaria la autocritica. Absolutamente necesaria, máxime cuando llegamos de nuevos, y además, somos inexpertos. Se trata de humildad, y de sentido común.
Cae la noche. Una copa mientras contemplamos la inmensidad del mar frente a la ciudad antes de una cena a base de pulpo en la carpa de Pachu Antuña. Se reflexiona de literatura y de la sociedad actual a la que, admitámoslo o no, lleva varios años padeciendo de halitosis y de gonorrea. La fiesta bulle, las luces de colores lo inundan todo. Las chatinas mostrando ombligo y tanga toman el recinto mientras todo huele a bocadillo de calamares y fritangas variopintas. Los autores siguen pululando por el recinto que ya vibra al mismo son que palpitan las noches del verano gijones.
Es la Semana Negra de Gijón… y sigue. Pese a quién le pese.

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