Jarreaba
en Gijón. Como cualquier otro elemento del verano gijonés, hoy llovía con fuerza.
La lluvia, como cualquier mujer, resulta amada u odiada. No hay término medio.
La seducción femenina es intrínsecamente tan fuerte como la pulsión masculina ante
un cuerpo fascinante. La lluvia en Gijón
no es una maravilla. Es mucho más que eso. Es plástica, dúctil y morbosa. Una
dama minutos antes de un coitus interruptus. No puede llover en la Semana Negra. La fiesta del libro y del churro viene
dibujada por el sol que cincela el horizonte entre el mar y el cielo gijonés.
Este axioma obligó a que la lluvia cesara y abriera paso al sol. Las barracas se
desmelenaron. La ciudad bullía en medio de los charcos. Es la Semana Negra. No
se olviden.
Arrancaban
las citas literarias. Xuan Xosé Sánchez Vicente habló de la novela negra
asturiana. Una dieta ácida que produce blenorragia, pero que respetamos. No
serviría de nada el boicot. Ignorar es un placer.
Asiduo
de esta fiesta es cierto autor andaluz con vivencias aragonesas, apellido ilustre,
y vestuario, balanceos y conversares nobles. Juan Bolea ejercería de mozo de
espadas de Empar Fernández y Jon Arretxe, dos autores a caballo entre el Camp
Nou y el templo de San Mamés. Su lectura
es recomendable para la salud. No existen contraindicaciones específicas.
Conforme
avanzan las horas, en el recinto cada vez el ambiente semanero es más intenso.
El olor a fritanga, a mercadillo interétnico y las atracciones en ebullición
resultan atractivos. El público lo inunda todo: desde viejas arcaicas con olor
a sudor rancio, hasta adolescentes estúpidos y malcarados que ansían cebar su
ego con fechorías inmundas, pasando por parejas de tórtolos que buscan el calor
del recinto para dar libertad a sus pulsiones sexuales como si fuera la primera
vez. En una esquina, alguien vende un peluche descafeinado. Y el feriante del
otro lado intenta que compremos un boleto trucado. En medio del paisaje,
autores, editores, libreros, periodistas, crónicas, y lectores. Nadie se llame
a engaño. Los escritores existimos gracias a los lectores. De lo contrario, seríamos
parlanchines sin oficio ni beneficio. Haberlos haylos. ¿Los enumero?
Se hace
tarde. Urge coger buen sitio en la carpa de Encuentros. El autor tuitero por antonomasia
lo exige. Juan Gómez-Jurado, friki entre los frikis, pero sensato, cuerdo y
reflexivo como el que más requiere toda nuestra atención. Y también la del
respetable. Y él mismo se refiere a ello: ‘Mis novelas tienen que ser
divertidas’. Exacto. Leer no puede ser un calvario. Es un elixir, la pócima
mágica en este mundo pepero, que
capitanean desde el miedo cuatro foragidos de tres al cuarto. Arrasan todo lo
que pillan. Nuestra ilusión y nuestra conciencia crítica nadie podrá arrebatarla.
Ellos aún menos. Es éste el motivo que nos exige leer y leer, pero lecturas
alegres y divertidas. ‘Para penurias, veo el telediario’, se refirió este
tuitero tan cercano como respetado, tan trasparente como humilde.
Es
interesante conocer al autor de ‘La leyenda del ladrón’. Un tipo más que
interesante que no se casa ni con Dios. Menos aún con ningún cantante de
renombre mundial. Twitter y las palabras, sus armas. Su defensa, sus obras. Su
ejército, sus lectores y sus tuiteros incondicionales. Hace unos años se puso
de moda esa máxima tan cacareada de que quién no salía en la foto no existía.
Hoy día quién no tiene Twitter o Facebook está condenado al ostracismo. Pero
opto por la primera opción. Facebook parece un arrabal maloliente y viciado de
cualquier urbe. Zaragoza, por ejemplo.
Fernando
Marías, que los veinticinco años semaneros le han concedido un nuevo look,
debuta presentando a la comisaria Ruiz, una comisaria del verano madrileño del
2010 en cuya investigación le ayuda un sabueso del periodismo: Luna. Es la
estructura básica de Verano en Rojo,
de Berna González Harbour, debutante en estas lides literarias y semaneras que
cada año, en este fresco mes de julio, convierte a Gijón a la capital literaria
del mundo. Su lectura, obligada. Se trata de conocer la capital del reino de
forma amena, divertida y, sobre todo, real. No se pierdan esta lectura.
Mañana
es domingo. La tarde vendrá amenizada por Maruja Torres, picante y sutil, que
no se morderá la lengua.
Sigo
notando que falta la presencia de alguien importante dentro de la cultura
gijonesa. Realmente su ausencia importa poco. Más bien, nada. Sin embargo, en
el recinto, al caer el sol sobre el Cantábrico, levantamos la copa para brindar
por esta edición de Semana Negra. Un momento histórico. Un cuarto de siglo. Un tiempo
que, afortunadamente, él no estará acomodado para suerte de la cultura, más
bien mucho menos tiempo. Ustedes lo verán y yo lo contaré.
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