domingo, 8 de julio de 2012

No llevo photoshop, llevo complementos


            Cuando uno accede al recinto de la Semana Negra tiene una sensación agridulce. Si bien es cierto que disfrutar de la fiesta del libro es un privilegio al alcance de muy pocos, en días como hoy, que diría Juan Ramón Lucas, el recinto estaba a rebosar. Aglomeraciones por doquier; jaimas atestadas de un público critico y curioso que busca la última novedad literaria en bolsillo porque los tiempos no dan para más, a la vez que recorre con la mirada todo lo que le circunda, comprobando que todo está como el año pasado. O quizás no. A pesar de la crisis, se mejoró. ¿Quién sabe?
            La explanada de Poniente es un hervidero de gente que camina en una única dirección, mientras en los bancos que flanquean el recorrido parejas de adolescentes desgastados por su absurda juventud intentan demostrar que están enamorados, y que aquella escena no es anticipo de un polvo de verano.
Es la Semana Negra de Gijón. Única e irrepetible.
Las barracas gastronómicas comienzan a latir de nuevo. Pachu Antuña y sus correligionarios se desentumecen tras una frenética y pasional noche de sábado. Los puestos de las patatas asadas, los tenderetes de comidas orientales, los chiringos con olor a cloaca perfumada en alcohol rancio comienzan a resucitar. Hay vida después de la noche. Hay ilusión y esperanza a pesar de De Guindos y de Merkel. La fiesta del libro puede con todo. Caminando caminando uno alcanza la calle que, a esas horas, se convierte en una riada de devotos y semaneros pasionales, aunque durante las vísperas criticasen y despellejasen a todo el mundo que está vinculado con el festival. No se preocupen. Gijón es solidario hasta con los fariseos que cada día te tropiezas en el kiosco, la farmacia o el chigre de la esquina. De pronto me tropiezo casi en la calle con las genuinas, históricas y famosas estatuas de cartón que anuncian a propios y extraños que la semana más larga del año se celebra allí. La fiesta está empezando de nuevo. No se la pierdan. Se arrepentirán.
Cierto día, el Cardenal Weisman discutía con un inglés utilitarista sobre la existencia de Dios. A los argumentos del gran sabio, respondía el inglés con mucha flema: “No lo veo, no lo veo”.
Entonces, el Cardenal tuvo un rasgo ingenioso. Escribió en un papel la palabra “Dios”, y colocó sobre ella una moneda:
- ¿Qué ves? –le preguntó.
- Una moneda –respondió el inglés.
- ¿Nada más? –insistió el Cardenal.
Muy tranquilo, el Cardenal quitó la moneda, y preguntó:
- Y ahora, ¿qué ves?.
- Veo a Dios. –respondió el inglés.
- ¿Y qué es lo que te impedía ver a Dios? –le preguntó de nuevo el Cardenal.
Y el inglés se calló como un muerto.
Esta anécdota viene a ilustrar nítidamente la primera de las citas literarias de esta tarde de domingo. Al llegar a la carpa de Encuentros daba la sensación de que los pocos hombres que allí estábamos éramos un aplastante minoría si lo comparamos con las cientos de mujeres, perfectamente organizadas y alineadas, que aguardaban a que diera comienzo un yerro. Con todos mis respetos, esa charla en la que sólo se habló de feminismo fue un craso error. No por el tema manido y sobado de feminismo. No, para nada. Sucede que esa charla se convirtió en un mitin político a favor de la izquierda reivindicativa, fiscalizadora y plural. Pero los tiempos no están para politizar los libros. Corren vientos alisios que obligan a aunar fuerzas, a cobijarse bajo para el paraguas de la cultura, a poner sobre la mesas nuevas teorías porque las existentes ya están caducas. Pero todo eso no me lo contéis con el vestido del feminismo. Esa indumentaria pierde sentido crítico, dilapida gallardía y sobre todo, edulcora la Semana Negra. Es saludable una delicia literaria pero sin babas femeninas aderezadas con petulancias reivindicativas. Todo en su justa medida. El lleno sirvió para el chiringuito hiciera caja, que es importante. Al menos sirvió para algo.
Aparece Maruja Torres por la carpa mientras es seguida por cientos de personas que aguardaban que hablara de su último libro, pero no. La barcelonesa no tiene el síndrome Umbral. Habló de todo, de lo humano y de lo divino, de libros y cultura, de periodismo, de crisis de riesgo y de política. Sin entrañas era lo secundario. Lo prioritario eran las cientos de almas, alguna muy conocidas de la vida gijonesa, que aguardaban expectantes el último sermón de la catalana. No dejó títere con cabeza. Era lógico. Con la que está cayendo cada vez se observan más estupideces patológicas, y hay que llamarlas por su nombre. A quién las escribe también.
En una entrevista que veo en internet, Maruja señala que es un placer el hecho de que la gente le recuerde. No cabe duda. Aquel individuo que no sea recordado, vivo o muerto, es alguien que no ha hecho nada en este mundo. Y la vida hay que vivirla, naturalmente, pero también hay que dejar una huella. No podemos dejar un mundo yermo. Sería un crimen de la humanidad. Por eso alguien que fue periodista y, por tanto un ser social, y que ahora, como escritora, se siente asocial y llena de manías es alguien que sin pelos en la lengua llama a las cosas por su nombre. Naturalmente. Por eso, y por otras muchas razones, recomiendo su lectura. Al menos, su columna periodística. Una recomendación: tengan cuidado, no les salpique. Su garbo exige que no deje títere con cabeza. Pero se le perdona. Es transparente como la vida misma.
Las horas van pasando, y cada vez el gentío aumenta. El recinto rezuma por todos sus poros. La Semana Negra no deja indiferentes, y atrae a propios y extraños. El sol va desapareciendo dando paso a unas nubes negras que presagian la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros de cualquier viernes. A propósito, al llegar a casa y escuchar el telediario me topo con el Presidente del Gobierno que, escoltado por su cohorte devuelve el Códice Calixtino a la catedral de Santiago. Una parafernalia al más puro estilo norteamericano. Sólo faltaban las gogó bailando alrededor del Presidente. Una imagen triste. Pero más basta me resulta la entrevista que concedió cierto magistrado en relación a este tema. Hay que ser más serio, señor Presidente. Se olvida que está cayendo una buena. Me consuela el hecho de saber que cuando regresé a Moncloa tendrá, entre las llamadas recibidas, una de Angela Merkel, llamándole al orden por la patochada montada hoy en tierras gallegas. Sólo faltó escucharle eso de ‘Galicia es mía’. Sinceramente horroroso.
Me consuela la Semana Negra. Veremos en acción al bilbaíno Fernando Marías, al alma mater de este festival, PIT II, y otras muchas caras conocidas de la literatura y del periodismo. Como en la serie televisiva ‘Verano azul’, hoy en Gijón estamos en condiciones de cantar, ‘de la Semana Negra no nos moverán’. Al recordar las palabras de la alcaldesa en la recepción del pasado viernes no puedo por menos que recordar a un ex ministro que jugó a Presidente de Comunidad Autónoma, y perdió el manual de instrucciones. Afortunadamente marchó a su casa a buscarlo.  Aún no lo encontró. Por suerte para todos.
Mañana, más. Esto sólo acaba de empezar.

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