viernes, 13 de julio de 2012

Premios con morreos de clásicos del cine


            Hoy en Gijón brilla el sol. Hoy en Gijón los funcionarios ya se han levantado en armas en contra de los recortes de Rajoy. Hoy en Gijón se han fallados los premios literarios de la Semana Negra. Unos premios carentes de dotación económica, pero rodeados del prestigio emocional que supone el hecho de que escritores premien a escritores. No es fácil premiar a un amigo de forma transparente. Tampoco es fácil dejar de hacerlo si se comparte con el candidato, además de la pasión por los libros, una amistad.
            Como podéis comprobar adelanto hoy la crónica unas horas. Campanas de boda en tierras gallegas mandan. Dentro de unas pocas emprendo viaje a la cuna del PP más vomitivo. No estaré en la clausura de esta edición de la Semana Negra, pero os lo contaré. No existe mejor escenario que éste para infiltrar a quién puede contarte qué pasó para escribirlo. Qué no se alegren tampoco las chatungas embadurnas de purpurina con aroma a pringue, ni las maduritas guerreras, ni los viejos casposos porque habrá para todos. La Semana Negra continúa. Continuará. Os contaré el final.
            Como siempre, a las 11 de la mañana en la terraza del D. Manuel no había ni un alma. Un viejo pasa por delante, se queda mirando y se pregunta: ‘¿Dónde están los escritores? Ya estarán bebiendo…., autojustifica la desbandada. Pero se equivoca el guayabo octogenario. Están en el interior, en una sala atestada hasta la médula de autores, de editores, de guionistas, de libreros, de blogueros, de periodistas, y un sinfín de caras, todas conocidas, que esperan expectantes la fumata literaria.
            PIT II, Habanos en mano, presenta el acto de forma discreta. Y justifica los premios argumentando su secreto: los jurados son secretos. Nadie sabe quién es quién. En alguna ocasión se dio la circunstancia curiosa que finalista y jurado compartían habitación; el primero no se enteró hasta el viernes de autos. Su cara fue un poema, pero se desconoce si esa noche, en agradecimiento, compartieron cama. Además de habitación.
El Premio Hammett ha correspondido a Las niñas perdidas, de Cristina Fallarás, una novela parida desde la rabia y escrita con rabia. El Premio Rodolfo Walsh ha sido doble. Ex aequo para La frontera del narco, de Sanjuana Martínez, y Un maestro, de Guillermo Saccomano. Un homenaje a dos personas que viven a diario con la muerte: con el la muerte del narco, pero también con la muerte de la miseria de un país que boicotea a empresas españolas.   El Premio Celsius se ha concedido a Diástole, de Emilio Bueso, que está convencido de que estos premios justifican el esfuerzo de los escritores en el arte de escribir. El Memorial Silverio Cañada correspondió a  Que de lejos parecen moscas, de Enrique Ferrari, que desde Argentina remitió un correo electrónico más que cariñoso. El Premio Espartaco recayó en  El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón, un zaragozano simulado con una basta dotación literaria. Los Premios del XXV Concurso Internacional de Relatos Policíacos
correspondieron a Lucía, de Lola Sanabria; La ley del narco, de Claudio Cerdán: y Tensión superficial, de Carmen Rendón.
Cuando ganas un premio de éstos, la carne es débil, y la euforia, exultante. Los morreos se notan y traspasan. Alguno esta noche, o quizás esta tarde, saldrá escocido. El tema promete. Me enterare y lo contaré.
Cristinas Fallarás define a la Semana Negra como la puñetera fiesta de la literatura. Eso es dogma de fe. El bocata de calamares y el libro son compatibles. Ningún politicastro mediocre o no, puede arrebatar a la  ciudad de Jovellanos esta macro fiesta, única en su especie desde Finlandia a Sudáfrica, desde las Antípodas a Las Montañas Rocosas. Podrán tocar a vísperas a causa de la crisis económica, podrá ser el judío errante que peregrina año a año en busca de un hogar estable, pero la llegada del tren negro cada año es el oxígeno que tiene Gijón para vivir la fiesta del libro en su máximo esplendor.

No insistiré en lo expuesto. Tampoco en lo argumentado. Lo mucho cansa. Por eso, a pesar de la titis de teta y tanga y del resto de fauna salvaje que cada día ocupa el recinto semanero, la Semana Negra merece la pena vivirla y compartirla. En tiempos de crisis, aunque digan que nos jodamos, nos queda el libro como instrumento de paz para el espíritu. La Semana Negra pone el color, y los escritores

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