miércoles, 18 de julio de 2012

Ruiz Gallardón y el arte de la torpeza


Alberto Ruiz-Gallardón, a la sazón Ministro de Justicia y otrora, Presidente de la Comunidad, y Alcalde invicto de la capital del Reino, se metió en un lodazal de barro, ideologías, credos, ética y pócimas similares, al que nunca debió entrar. Primero, preservar la salud mental propia es fundamental. Segundo, evitar el ridículo es sano. Tercero, el descrédito político sólo conduce a una evidencia de la mediocridad política y personal.
            Parece ser que su jefe de filas no tiene bastante con la que le está cayendo por todas partes que sus chicos, al más puro estilo Zipi y Zape o Mortadelo y Filemón, se dedican a meterse en fangos, lodazales y ciénagas varias.
            Ruiz-Gallardón no tenía necesidad de meterse en este fregado. Leo la edición vespertina de El País, y no doy crédito a las declaraciones del ministro. Mientras, me acuerdo del Conde de Romanones. ¡Joder, qué tropa! Creo que meterse conscientemente en un pantano de esta magnitud, de entrada, es de tontos; para seguir, es un comportamiento anti natura. Para terminar, ¿realmente le va a servir de algo, además de enfrentarse a toda la socialdemocracia española y a muchos sectores sociales?
            Hay que ser más serio. Y con el dinero que puede costar la reforma de la Ley del Aborto, ¿por qué no se dedica a paliar las aberrantes y paupérrimas instalaciones en las que muchos funcionarias desarrollan su trabajo lo más dignamente que pueden? Pero no, lo mejor es calificar a los empleados públicos de ‘vagos’, reducirles el suelo, negarles todos sus derechos, y abocarlos al ostracismo profesional. Para colmo, de la forma más hollywoodiense que podíamos imaginar, la prensa nos cuenta las fechorías de este buen fiscal y sus amiguitos del recreo. Supongo que al menos será buen fiscal.
            La frase “Todos los discapacitados tienen los mismos derechos que cualquier ciudadano; por ser discapacitado no tiene por qué ver mermados sus derechos ni sufrir ningún tipo de discriminación. Y este criterio es para los discapacitados que han nacido y para los que no han nacido” cruje, chirría, chasquea y produce caspa. Sin pies ni cabeza. Al más puro estilo gonzalezponsiano, esperanzista, o arenista. O sea, vergonzoso.
            Aunque la izquierda ya lo ha pedido, también tengo claro que las mujeres del PP no se van a oponer al retroceso que supone esta modificación de la ley del aborto. ¿Alguien se imagina a Ana Botella o Esperanza Aguirre votando en contra de las directrices del partido? Cada mañana alguna se podrá sacar de su chistera, la frase del día para regocijo, diversión y dimes y diretes de los medios de comunicación y de las redes sociales, pero, vamos, votar en contra de las directrices que dicta el sanedrín pepero jamás de los jamases.
            Hartitos estamos ya de tanta estupidez acumulada y de tanta vanagloria descafeinada. Y en medio, los españoles de a pie que vemos, cada vez más cerca, una rescate gracias al buen hacer y a la mejor gestión de una caterva de politicastros de tres al cuarto que no tienen ni idea de gestión, pero que sí saben cobrar sus dietas como diputados, a pesar de ser ministros, (¿verdad señor Montoro?) mientras escupen a sus ciudadanos con medidas precoces. Como la eyaculación. Pero estúpidas, carentes de sentido común y fuera de toda lógica racional.
            No quiero pensar. Estamos en verano. Pero no sé si Rajoy y sus muchachos creyeron el pasado mes de noviembre que España era su cortijo privado o actúan así porque su mediocridad personal y política resulta inconmensurable, y no les da para más. Me da exactamente igual. Tampoco me romperé la sesera con esta diatriba. Al hilo de esto, las redes sociales bullen. No se olviden, es el mejor termómetro. Un chaman de andar por casa que acierta muchas veces y yerra apenas. Al contrario que estos chicos. ¿Necesitan ejemplos? Ruiz-Gallardón, y la reforma de la ley del aborto; Pastor, y la liberalización de Renfe; Mato, y el medicamentazo; De Guindos, y su prima de riesgo.
            Basta ya. Hay que ser sincero. Explorar nuestros errores y limitaciones es de bien nacidos. Resulta saludable reconocer la incapacidad. Más aún, dejar que quiénes saben gestionar lo hagan. Será mejor para todos. Evitaremos un cataclismo más que inmediato.

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