jueves, 12 de julio de 2012

Un fascista es un burgues asustado


            En el recinto de la Semana Negra hoy todavía se puede apreciar la resaca y los residuos de la presencia de Ana María Matute en el recinto semanero. La catalana encandiló a los semaneros, a sus lectores y a Gijón entero. Su discurso siempre se desliza en la misma dirección: circula por la vía de la emotividad que defiende lo fantástico del ser humano y lo importante de fantasear leyendo. Casi nada.
            Ayer como hoy y mañana la vida en Gijón continúa; la Semana Negra también. Y hoy, cuando entro al recinto, percibo en el ambiente su bullicio habitual, la algarabía de la literatura bajo el paraguas de la fiesta popular. Los chiringos ya están funcionando y olor a criollo se impregna hasta la médula. Tropiezo con rostros deseados e indeseados: demasiadas caras conocidas con conciencia critica que, además, ejercen el oficio de escritor. Tela.
            Junto a la mordisqueada pared que nos anuncia que otrora aquello fue escenario de la lucha obrera gijonesa, me tropiezo con una madurita apetecible que lleva de la mano a dos niños de unos 8 ó 10 años.
            -¿Qué es esto de la Semana Negra? –pregunta la niña con cara de recelo.
            -Es una fiesta –responde la madre- en la que hay muchos chiringuitos para divertirse y merendar, mientras en otras carpas se presentan libros y hay charlas con escritores. Otros años había alguna librería que también vendía libros… -responde sentando cátedra.
            Cuando escucho semejante gilipollez me detengo en seco. Cojo mi blackberry y comienzo washappear. Al menos lo intento. Llegan a mi altura y me adelantan. Reanudo la marcha a corta distancia. La verdad es que las curvas y el contoneo de la mamá en cuestión son potentes. Escucho como el otro niño pregunta:
            -¿Y venden libros infantiles?
            -Bah, no creo. Otros años no había apenas libros. Esta feria está organizada fundamentalmente para que sea una fiesta popular. ¿Queréis unos churros para merendar?
            Les adelanto y la quedo mirando. No puedo reprimirme:
            -Parece mentira que estés tan buena y que seas tan inútil.
            En A Quemarropa dos bilbaínos, Juan Bas, chupito de güisqui en mano, y José Javier Abasolo charlan sobre la última novela de éste último: ‘La luz muerta’, una novela ambientada en el País Vasco que merece la pena leer, aunque tenga aromas a los leones de San Mamés.
            Si hay un motivo por lo que Semana Negra no puede morir nunca es por una retahíla de nombres de escritores de género gracias a los cuales la simbiosis entre autor y lector es más que fluida. Los padres del género: Montalbán, Juan Madrid y Andreu Martin encabezan esta eterna lista que resulta harto complicado no dejarla incompleta. Tres genios de la literatura. Por desgracia, ya sólo quedan dos. Montalbán marchó en el año 2003, aunque su detective Carvalho sigue por ahí dando mucho juego.
            En la Carpa de Encuentro, Juan Madrid, Andreu Martin, Javier Calvo y Jojo Lucena nos hablaron de la Transición, de esa reciente etapa de la Historia de España que, como señaló el propio Juan Madrid,  aún no ha terminado a pesar de que nos cuenten otras películas. La verdad es que la carpa estaba a rebosar. Un cara a cara en el ring literario entre Juan Madrid y Andreu Martin, aunque estén acompañados de sendos teloneros, es un placer. Ellos llaman a las cosas por su nombre, sin rodeos, sin paños calientes. Una sociedad dominada por la mentira, que dijo el padre de Toni Romano, necesita a alguien que llame a las cosas por su nombre. Con  contundencia ejemplarizante pero también sin rodeos, Juan Madrid y Andreu Martin son capaces de quitar la venda de los ojos en una sociedad dominada por un gobierno absurdo, y chocho. Nadie puede arrebatarnos este placer, el placer de ver en directo a estos dos grandes de la literatura universal. Menos todavía unos políticos taciturnos, cicateros y miserables. Si Gijón tiene un espacio para la conciencia crítica, ése es la Semana Negra de Gijón. Déjense de hostias.
            A estas horas de la tarde, el recinto semanero está de bote en bote. Hay cientos de caras conocidas: un buen número de autores que van y vienen, hablan con éste y con aquél, se toman un cacharro y se echan un pitillo mientras hablan, comentan, leen, comparten, y conviven entre ellos pero también con los lectores. Es la grandeza de la Semana Negra, sí o sí.
            Me doy una vuelta rápida por el recinto, y observo unas viejas casposas con ropa indecente y corroída caminando hacía la calle. En la parte de las atracciones apenas se puede caminar. La gente se ha tirado en masa a la calle, y eso se nota. Hoy en Gijón luce el sol. Los chiringuitos de fritangas y lechuginos están a reventar. Me tropiezo con un grupo de discapacitados que intentan a duras penas llegar hasta el puesto de los calamares. Alguien ha conseguido que el tipo del chiringuito les invite a un bocadillo. El dinero de la ayuda a la dependencia es tanto que no les llega siquiera para comprar un bocata. Y ahora Rajoy va y les cierra el grifo. Sin comentarios. Dos maduritas con ganas de guerra caminan delante. Ven a dos bomberos que están junto a una jaima y se tiran a por ellos. Supongo que al caer la noche se las tirarán. Es lo que procede, ¿o no? Pandillas de adolescentes estúpidos y vomitivos cabalgan a sus anchas sin orden ni concierto.
            Llego a A Quemarropa que rezuma olor a sudor humano por todos los poros de su piel. Juan Madrid está hablando de literatura. Concretamente, de literatura útil. La literatura que cuenta las cosas como son es literatura útil. La que se percibe en la Semana Negra. Por eso tiene tanta importancia el libro. Genera, produce y reproduce ideología, y la ideología convierte al ciudadano en un individuo crítico, cuya armas fundamentales son el libro y la palabra. Qué tomen aquellos que, abrazados a argumentos insípidos y miserables, nos quieren hacer creer que los recortes son necesarios. Me pregunto yo: si realmente son tan necesarios, alguno de los que cada viernes ocupa un sillón en el Consejo de Ministros podría cortarse la parte baja del vientre, ésa que pierde su santo nombre por otro más impuros. ¿Quieren nombres? Hay muchos que haciendo esto harían un gran favor a España.
            A continuación en este mismo espacio Pedro de Paz y Juan Ramón Biedma, negros entre los negros, nos hablan de ‘La senda trazada’. Una novela negra que nos muestra la cara más amarga de los bajos fondos del periodismo de investigación, en el que, cuentan las crónicas, un escritor de prestigio y renombre muere victima de un accidente de circulación. Ese escritor se apellida Tristante. ¿Les suena el apellido? ¿A Nalore le suena de algo? ¡Qué me lo cuente!
            Por todas estas cosas la Semana Negra debe perdurar en tiempo y en el espacio. En una sociedad rodeada de políticos mediocres, farsantes y traidores con el pueblo, al menos desde este espacio, y supongo que haciéndome eco de quiénes siguen este hueco cibernético, me van a permitir que esta noche les haga un recordatorio a esta caterva de impresentables que manejan nuestros destinos. Nos están quitando todo, que dirían los mineros. Están acabando con la ilusión de los españoles. Están violando los derechos más elementales que tiene cualquier individuo. Tantas cosas… No nos roben el acceso a la cultura y la conciencia critica. Ello sólo se consigue mediante la lectura. La Semana Negra es un espacio idóneo para ello. No lo olviden. Una ex médico, creo, dijo recientemente que los políticos pasan, pero la Semana Negra queda. Confíamos. Es la forma más barata que existe para que los autores estemos en contacto con nuestros lectores mientras fumamos un pitillo, tomamos un cacharro o nos recreamos con los meneos de alguna macizorra que, al caer la tarde gijonesa, acude a la Semana Negra marcando territorio y buscando carne. Es lo que hay. Nos están recortando.

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