domingo, 23 de septiembre de 2012

El indudable mundo del fútbol



            Después de un fin de semana de relax por tierras de Miguel Ángel Revilla, regreso a casa con tiempo para sentarme frente a la caja tonta y seguir desconectado  mientras veo el partido Rayo-Madrid.
            Cuál es mi sorpresa al comprobar que el grado de hijoputez en este país sigue en aumento. Se suspende el encuentro debido a que, al parecer, unos subnormales han cortado los cables del tendido eléctrico del estadio, y una parte del campo quedó en penumbra. No voy a entrar en dimes y diretes, quién lo hizo, por qué, de quién se quería vengar o qué buscaba. No se merece esa publicidad. Menos todavía mi tiempo. Pero este hecho creo que tiene que servir de ejemplo, santo y seña para que se adopten de una puñetera vez las medidas adecuadas para que este tipo de actitudes cavernarias no se vuelvan a suceder. A quién cortó el cablecito de marras, quizás habría cortarle con el mismo procedimiento cierto miembro de su anatomía. Sin anestesia, que estamos en época de crisis y los recortes sanitarios también afectan a los malnacidos.
            Si sería oportuno que se abriera una investigación, cayera quién cayera, y se diera con la mente bastarda que se le ocurrió la valiente hazaña épica. A partir de su localización, el peso de la ley debería caerle con todas las consecuencias. No se puede jugar con el dinero ajeno en el fútbol, en la política o en el mundo de la empresa. El mundo del fútbol se ha convertido en una amanerada Torre de Babel en la que vale todo, todo se consiente, y todo tiene cabida. Y eso no es así ni puede ser así. El fútbol, como cualquier otra disciplina de la Humanidad, se rige por unas normas que debe cumplir todo hijo de vecino. Pero estamos más que vacunados de observar cómo, para abrir boca, hay equipos de primera y segunda, y no precisamente me refiero a primera o segunda división. Para empezar, en un país con la voraz crisis económica que estamos padeciendo, carece de lógica que los clubes de fútbol paguen ‘a diseño propio’ sus obligaciones tributarias y fiscales; siempre pensando, claro está, que realmente pagan impuestos. Para seguir, carece de lógica que se permita que por los fichajes se paguen esas cantidades astronómicas mientras haya muchísimos pensionistas y trabajadores que escasamente se les puede considerar mileuristas. Para acabar, tendría que estar también terminante prohibido que los jugadores de la Liga de Fútbol Profesional declaren sus impuestos en otro país diferente a España.
            Mientras no se pongan barreras a estos bancales y a otros similares, en el fútbol sólo faltara una madame, pero de lujo claro. El puterio está servido.

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