viernes, 7 de septiembre de 2012

¡Joder, qué tropa!



         Cuentan las crónicas que cuando el Conde de Romanones fue propuesto para la Real Academia, alguien le invitó a realizar una visita de cortesía a todos los miembros de la Institución encareciéndoles su apoyo, porque esa era la costumbre. Venciendo, por tanto, el pudor cumplimentó ese requisito y todo el mundo le aseguró que su voto sería para él. El día de la votación habló con su secretario y en éste le dijo: Excelencia, traigo malas noticias: no hemos salido. ¿Cómo es posible? -preguntó perplejo-. Pero si tenía garantizada la elección... El funcionario se encogió de hombros. Pero entonces ¿cuántos votos he tenido?- quiso saber. Ninguno, Excelencia- musitó el secretario con un hilo de voz. El político se quedó unos instantes pensativo y luego cabeceando ligeramente se volvió hacia su ayudante: ¡Joder, qué tropa!,- concluyó.

            Me reafirmo. ¡Joder, qué tropa! Miramos a alrededor y no hay quién se salve. 

            Por mi tierra anda la cosa revuelta y excitada (nunca mejor dicho). Cierta concejala, ociosa, vaciada y despreocupada, invierte su tiempo en darle gusto a su cuerpo, y me da que no tiene suficiente con el manubrio que tiene en casa, que tiene que abastecerse con otros métodos individuales a la vez que demostrar a sus conciudadanos lo emérita que es en la materia. ¿Qué pensarán al respecto sus hijos, su marido o sus padres? Quizás mañana al encender el televisor nos tropecemos con películas cuyos títulos como ‘Vino a por trabajo y le comieron lo de abajo’, ‘El fontanero, su mujer y otras cosas de meter’ o ‘El polvo sobre el rio Kuait’, en dónde la protagonista sea siempre una concejala. Gran ejemplo, sí señor. Y, además, su nómina la pagan todos sus ciudadanos. 

            Sin salir de mi tierra, la Presidenta de la comunidad, ahora con complejo de Sor María de las Bondades quiere hacer obras buenas para que sus ciudadanos vean como rezuma piedad y humildad por todos los poros de su piel. Propone  reducir a la mitad el número de diputados en su parlamento autonómico. Asegura que han tenido que hacer "malabares" para mantener los servicios sociales básicos que estaban al borde de la quiebra. Mientras, su marido es consejero ejecutivo de diferentes empresas, y ella, por su parte, cobra como secretaria general de su partido y como Presidenta de su comunidad. Valiente desfachatez. ¿Cobrará también cuando le toque ser Presidenta de su comunidad… de vecinos?

            Doy un pequeño salto de cien kilómetros, y pongo los pies en el corazón de España, en la capital del Reino, en dónde un niñato portugués mal encarado, chulo, engreído y petulante se mosquea con su club de fútbol por problemas económicos. El niñato éste, vanidoso y fatuo, tendrá dificultades económicas para llegar a fin. Me cuentan que está planteándose solicitar ayuda a los servicios sociales de su ciudad de residencia…

            Continuo en Madrid, y observo cómo ‘Mariano y sus muchachos’, en aplicación del decreto “porque me da la realísima gana”, mete una subida al IVA sin piedad, sin sentido (que aún es más grave), con alevosía, premeditación y ensañamiento. Este hachazo supone una estocada mortal a cientos de ciudadanos y a otros tantos colectivos. No conformes con esta monumental torpeza, hacen otra. De otro tajo nos cargamos todos los derechos sociales que cualquier ciudadano español había tardado varias décadas en conseguir: Pero a la vez, seguimos manteniendo aeropuertos cerrados al tráfico que nos cuestan una pasta cada mes  y que no podemos cerrar porque nos tenemos que joder.  Alguna diputada debería ejercer la acción de dicho verbo. Aliviaría, y no sería tan fétida.

               En tierras astures, mientras nos procuramos viseras para resguardarnos del sol durante los partidos de las semifinales de la Copa Davis, cierto resentido, otrora magnate del desatino y del despropósito, no está contento con nuestros próceres, pero tampoco propone alternativas interesantes. Patalea. ‘Ni jodo ni dejo que otros jodan’ es su lema. Y así le va. Afortunadamente el tiempo es inexorable para todos, incluido él.

                 Y en medio de este galipote que ya hastía, donde dije digo, digo Diego. Extraigo del armario la camisa de progresista, y ejerzo ‘de colega’ con los terroristas de ETA. Le paso al juez la mano por el lomo para que deje en libertad a Bolinaga. Sin duda, y parafraseando al eterno Manolo Preciado, los españoles somos la última mierda que cagó Pilatos. Y así nos va. ¿Alguno de estos señoritingos de tres al cuarto se acuerda de las mil victimas a manos de esta piara de malnacidos?

                Me perturba saber qué pensaría hoy Álvaro de Figueroa y Torres si se diera una vuelta por nuestra piel de  toro y observara éstas y otras actitudes decimonónicas, decrépitas y desvencijadas. Se reafirmaría. Yo también.

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