viernes, 28 de diciembre de 2012

Historia de un Café



            Hace más frío que ayer. Salgo de casa rápido. “Es tarde”, pienso. Y dudo si ir caminando o, por el contrario, coger el coche. En ese momento, me entra un SMS: “Jarne, soy Galileo. Estoy cerca del Café Gijón, ¿y tú?”. Lo leo un par de veces, y, de repente empiezo a convulsionar: “Galileo –respondo al mensaje–, estoy saliendo de casa. En diez minutos estoy allí”. No obtengo respuesta. Ingenuo de mi, llego a la puertas del veterano Café Dindurra y nuestro héroe, ausente. Disparo con mi BlackBerry: 
             ¿Galileo?
 Jarne, estoy en la puerta. Y tú, ¿en dónde estás?, me responde.
En la puerta.
¿En la puerta no estás? No te veo –se reafirma.
Aquello empieza a transformarse en un diálogo de besugos.
A ver, Galileo –Empiezo a vomitarle a través de mi teléfono–, ¿en dónde estás?
En la puerta –sentencia.
En la puerta no estás. Estoy yo en la puerta, y no te veo.
Sí, si estoy en la puerta… -intenta convencerme.
Yo también estoy en la puerta, y no estás.
De verdad, Jarne, estoy en la puerta –suplica clemencia y piedad, tras escuchar cómo ordenó que lo echen a los leones.
Respiro profundamente. En el último halo de su existencia, le concedo la última oportunidad de vivir:
A ver, Galileo, ¿en la puerta de dónde estás? –creyendo que andaba saliendo de misa, de un sexshop, o de una alpargatería.
Estoy en la puerta del Café Gijón –me responde en un tono mitad de mago, mitad de matemático arruinado.
En mi boca se dibujando sendos juramentos.
Galileo, te dije en el Café Dindurra. No hablamos nada del  Café Gijón…
¿En el Café Dindurra? Ya voy, Jarne, ya voy… Prácticamente me cuelga el teléfono.
¡Diossssssssssssss, empezamos bien!  –No puedo por menos que cagarme en quién ustedes saben.
Aún no había terminado de sentarme en una mesa de este glorioso Café, a las espera que que nuestro galán se ubicara en la ciudad, cuando aparece el superhombre. De negro, con unas patillas que le llegan al ombligo, unas gafas que se asemejan a las de Woody Allen, pero compradas en los chinos de Monterrey, y panfleto publicitario de una cadena de perfumerías en la mano. Todo un figurín.  Mira alrededor y no me ve. Lógico, a esas horas el café empieza a atestarse de lechuginas nonogenarias que, con una triste infusión, pasan la tarde pelando a quién se ponga por delante.
Me incorporó en la mesa. Me ve. Se acerca. Nos saludamos. Comenzamos hablando de Gijón, y de las diferencias entre el Café Dindurra y el Café Gijón. Se acerca el camarero. Anota la comanda:
Un cortado con leche fría, le indico.
Nuestro dandi no se inmuta:
¿Tienen cacaolat? –pregunta.
El camarero asienta con la cabeza.
Me pone un cacaolat templado con una guinda.
Nos cruzamos una mirada con el camarero. A veces una mirada dice más que mil palabras. Es es caso.
Empezamos a hablar de “Un caso de robo con agresión”. Le insisto acerca de la posibilidad de transformar esa obra de teatro en narrativa. Él sigue erre que erre. Y yo.
Devora el cacaolat sin piedad como zamparía a cierta dama candasina tras varios meses en el dique seco.
Continuamos la conversación. Ahora llega el turno de sus problemas con la editorial que publicó su obra. En este sentido le recomiendo se incorporé a la redes sociales, y le instó a hacerse visible para que promocione su obra, y logre alcanzar su hito: agotar la edición de la obra.
Rehúsa con una sonrisa un tanto artificial.
No he nacido para las redes sociales, me espeta.
Joder, Galileo, que no eres tan viejo. Tanto la mía como la tuya son generaciones que aparecimos en plena efervescencia de las redes sociales.
Jarne, las redes sociales son inútiles, es una pérdida de tiempo, no sirven de nada…
Me quedo mirando el reloj. Son las 17,25 h. Como hubiese dicho nuestro Nobel, necesito una ducha.
Bueno Galileo, te dejo. Tengo que asistir a un funeral.
Vaya, Jarne. ¿Quién se ha muerto? –pregunta mientras abandonamos el noble establecimiento gijones.
Alguien que estaba vivo –respondo sin titubeos.
Y empieza a sonreir estúpidamente.
Nos despedimos. Le pregunto si va a darse un paseo por Candás.
¿Vas a ir a Candas?
No, Galileo, no. Te pregunto si vas a ir tu. Acuérdate de lo que dijo Diana de Gales…
¿Quién es Diana de Gales? –quiere saber con cara de bobalicón, la que tiene habitualmente.
Joder, Galileo, no me digas que no sabes quién es.
Se ríe compulsivamente, y me suelta:
La reina del pueblo.
Vuelvo a mirar el reloj. Ya pasaron diez minutos. Es tarde. Mi amiga Meri me espera. Hay que despedir a su abuela. Eso es importante. No puede esperar. Galileo es urgente. Puede esperar.
Nos felicitamos el año y nos despedimos. Como si tal cosa, le digo:
Y si ves a Cristina, felicítale el año de nuestra parte…
Se echa a reír con cara de listo, mientras se pierde entre el gentío que a esas hora empieza a abarrotar el Paseo de Begoña.
Emprendo el camino en dirección a la gijonesa Iglesia de San José. No puedo por menos que pensar que Galileo es buena persona, pero le falta lo fundamental para cualquier individuo: tener a su lado una mujer que le dé brillo y esplendor.
Ahora está opaco. Terriblemente oscuro. Como su vestimenta.

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