domingo, 6 de enero de 2013

Ciudades planas y ciudades vivas

    He llegado. Tras instalarme, he realizado las obligadas visitas oficiales y protocolarias preceptivas. Todo en orden, en un orden establecido y normal de acuerdo a las circunstancias individuales y colectivas.
    Después, he comenzado a recorrer diferentes calles del casco urbano. Es la noche de Reyes. Todos los comercios apuran las últimas horas para lograr el último pellizco, a pesar de la España de Rajoy. La calle está que bulle cientos de personas, familias, parejas, jóvenes, niños… todos con un denominador común: la inminente llegada de los Magos de Oriente. No es casualidad que me sienta extraño en una ciudad en la que he vivido una buena parte de mi existencia. Pero es una urbe que me produce urticaria. No entraré en motivos concretos. No es el momento ni el lugar, pero esta noche, de nuevo, me he sentido extraño. También he percibido especialmente la soledad. He visualizado cientos de caras, y, a pesar de reconocer algunas, pocas, me he sentido extraño y solitario.
    ¡Qué diferencia entre la villa de Jovellanos y la Cesaraugusta romana! De nada sirven las nuevas y modernas infraestructuras de ésta última. Pura bagatela. Falta ambiente navideño. Y digo, y me reitero, ambiente navideño a pesar de considerarme un #AntiNavidad.
    Mañana regreso. La hacienda de las tierras del Ebro se resuelve pronto. Mucha monotonía y poca variedad. Todo está plano. Pero a orillas del Cantabrico, con olor a sidra, la Navidad es diferente. A pesar de mi sentimiento de #AntiNavidad.
    A orillas del Ebro es obligado hacer deberes. No sólo de infraestructuras viven los ciudadanos. También de la alegría de la urbe. Y ésta está triste y gris. Como siempre.

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