miércoles, 23 de enero de 2013

Los coches



En un momento tan álgido de la vida política y social española, la Casa Real publica sus presupuestos para este año. Unas cifras reducidas y ajustadas, como mandan los tiempos. Lógico. Pero hay un dato que me llama la atención. Se pone especial énfasis en la reducción de la flota de vehículos oficiales a disposición de la Familia Real y del personal de Alta Dirección de la Casa. Craso error y lava densa para confundir al personal.
            Me gustaría que de una vez por todas se tomase buena nota de lo que voy a explicar en la confianza de que, por una vez en la vida se enteren bien de las cosas, y sepan diferenciar, como apostillaría Manolo Preciado, la última mierda que cagó Pilatos del Bayer Leverkusen.
            No entiendo cómo aún en pleno siglo XXI hay profesionales que confunden ciertos conceptos. Reducir la flota del parque automovílistico en veintitantos vehículos no es ninguna reducción en los gastos de protocolo. No. Eso es reducir en gasto corriente. Los gastos de protocolo son otra cosa muy diferente. Reducir gastos de protocolo, por ejemplo, sería reducir el coste de la organización de un acto, eliminar las tradicionales comidas de trabajo, los regalos de alta dirección… y suma y sigue Pero que la Casa Real reduzca veintitantos coches oficiales resulta una nimiedad. Ése no es un gasto de Protocolo. Reducir gastos de protocolo es, por ejemplo, reducir, la asistencia a actos oficiales de los diferentes miembros de la Familia Real, especialmente las infantas Elena y Cristina. Eso sí es un gasto de protocolo.
Y ahora permitidme que vaya más allá haciendo una pregunta en voz alta. Alguien puede explicarme qué sucederá el día que nuestro país sea anfitrión de un cumbre internacional, como la celebrada recientemente en Cádiz, y acudan varios Jefes de Estado y de Gobierno. No quedará otra que recuperar esa flota que hoy se cede. Es sólo un ejemplo de las muchas circunstancias que pueden exigir el retorno de la flota de vehículo de nuevo a la Casa. Se pueden poner muchos más. Pero no es el caso. Quien quiera entenderlo, que lo entienda. Quien no, allá él y su mente descompuesta.
            Las cosas hay que hacerlas bien, y en épocas temblorosas como ésta, las medidas que se adopten tienen que ser serias y coherentes. De lo contrario, caemos en el estrépito más grandilocuente. No me sirven las medidas populistas, vacías y carentes de sensatez. Nuestros mayores dirían: “Esto con Franco no pasaba”. Matizo. No era Franco, era Sabino. ¿Sabino? Sí, Sabino. ¿Quedó claro? Pues eso.

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