jueves, 17 de enero de 2013

Mi amigo Ángel



            Acabo de llegar a casa. Los conciertos benéficos siempre son el punto de encuentro que viejos guerreros que el tembloroso día a día te hace perder la perspectiva de la relación diaria.
            En el Teatro Jovellanos había media entrada, como en los toros. Y todos los que estábamos allí teníamos dos nexos comunes. Por un lado, apoyar la investigación que se está haciendo en la colina gijonesa que hay frente a El Musel y recordar a una de las viejas glorias de este Gijón del Alma. Mi amigo Ángel Rico. ¡Cómo pasa el tiempo!
Los intervinientes estuvieron más que dignamente. Quién andaba entre bambalinas también se nota que ya peina canas (o calva, ¡quién sabe!) en estas lides de mover grupos y artistas musicales. Todo estaba bien excepto el famoso y cicatero garbanzo negro que siempre aparece en los mejores caldos, intentándolo amargar. Dios las cria y ellas se juntan. Son tal para cual de inútiles y de torpes.  Me he hartado de decir, y lo reiteraré hasta la extenuación que hay gente que pasa por la universidad, pero la universidad no pasa por ellos. En la presentación de un acto de estas características hay que ser profesional, y demostrarlo. Y a ser posible sin patrañas vomitivas porque esos espasmos pueden caer sobre uno mismo.
            Insisto, me congratulo del núcleo duro de la organización que ha currado como bellacos para lograr el éxito de hoy. A las insustanciales que se creen divinas, les recomendaría que aprendieran y si ya es tarde, porque algunas tiene una atrofia mental crónica, que se abstengan de hacer el ridículo y dejar a la altura del barro su profesión. Entre los seis millones de parados seguro que habría más de un profesional que sería capaz de realizar su trabajo de forma correcta y adecuada. Para burdas, torpes y arrabaleras ya están estas dos. Pero, ¡aviso navegantes! No es buen oficio ése de dejar al asno que camine por donde quiera. Si luego intentamos amarrarlo, será complicado asirle las riendas. Estará desbocado y sin control. Es la realidad.
            Regresando para casa seguía acordándome de mi amigo Ángel, y de la última comida que compartimos juntos. Fue el verano del 2010 en la FIDMA. ¡Qué bueno estaba aquel pulpo remojado con Ribeiro! Gente como él son imprescindibles en una sociedad como ésta, cada vez más repleta de víboras de diferentes especies: Bárcenas y compañía. Cómo diría el Conde de Romanones, ¡Joder, qué tropa! Y no se equivocó pero le faltó un apelativo: de malnacidos.
            Dentro de un rato me acostaré pensando que mi amigo Ángel era realmente un ángel. O sea, lo contrario a esta piara de corruptos babosos que están saqueando con absoluta impunidad este país llamado España. También en Catalunya.

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