martes, 16 de julio de 2013

De vuelta a casa...



Corría el mes de marzo, preludio de la primavera, cuando tomé una decisión inalterable. Como no tenía tiempo de mantener actualizado este portal, lo mejor era dejarlo morir de inanición. Una muerte lenta, con suavidad, apretando con fuerza la inyección de aire en la carótida de esta página.

Dejé pasar el tiempo, y observé que no moría. Agonizaba pero su corazón seguía latiendo despacio, muy despacio, agarrándose a la red con energía como si creyera con firmeza que en el último instante de su vida, yo me iba a compadecer, y lo salvaría de las fauces del ciberespacio.

En medio de esta tremebunda mortificación, un buen amigo que frecuenta estos lares, pero que no peina canas porque no las tiene, empezó a darme la lata con que echaba en falta esas crónicas ácidas de todo lo que se menea. En política, en economía, en literatura, y hasta en sociedad. Me zarandeó en Gijón y en Boiro. Y si a esta pertinaz insistencia, sumamos la de otra persona que dentro de unos meses pasará a engrosar ese insigne pedestal que ocupan las abuelas, he de reconocer que poco me queda que hacer para mantener mis principios. Cambiar el suero. Inyectar analgesia. Curar las heridas abiertas, y esperar que cicatricen. Estamos en ello. No son necesarios cuidados intensivos. Es suficiente hospitalización.

Mi amigo, al que llamaré Baltasar porque llamarse así le pega demasiado, me llama para reclamarme la crónica diaria de la reciente Semana Negra en la que otrora hablaba de literatura, de crítica social, pero también de quinceañeras esperpénticas en busca de un revolcón fácil, de esas maduras habituales en busca de un roce rápido tras un exquisita ración de pulpo en la tasca de Pachu Antuña, de esos viejos artríticos que revuelven libros en la librería oficial del régimen y luego no compran ninguno. Todo eso, y un poco más es la Semana Negra.

En esta edición, ‘la Semana’ ha sido diferente. El genuino PIT II ha venido como autor invitado, no como organizador;  circunstancia ésta que le ha dado al evento cierta oxigenación, aunque es dogma de fe que algunas hazañas ya no tienen el mismo estilo ni la misma garra. Otros vendrán que mejores te harán. Todo discurrió, más o menos, pero se echaron  de menos algunas citas: esas tertulias a la hora taurina, sin ir más lejos. En esta edición ni fueron todos los que estuvieron, ni asistieron todos los que son. Se presentaron libros interesantes de murcianos, salmantinos, y gaditanos con pasaporte aragonés. A propósito, si alguien no leyó ‘Pálido monstruo’ de Juan Bolea, aprovechen a leerlo. No se pierdan esta novela policiaca envuelta en la seda política y anudada por una femme fatale. No dejen de leer a este autor. No tardará en reconvertirse en editor, y entonces será tarde. Y tampoco dejen para mañana la lectura de ·En tierra de lobos, de Luis García Jambrina, un homenaje a Margarita Landi al más puro sabor salmantino.

También es importante destacar las intervenciones del pintor Félix de la Concha mientras pintaba a lo más granado de la Semana’: Padura, Sacommano, Madrid, Taibo, Márkaris o Skármeta. Acertadísima esta innovación. Esperamos que perdure en el tiempo.

En medio de esta desazón estival, Concha García Campoy, una de las más grandes del periodismo español, nos ha dejado abruptamente. El mundo del periodismo se visto de luto y de rabia al comprobar que, mientras se hacen estúpidos recortes en investigación, las enfermedades siguen cobrándose vidas humanas.

Pero si a este mes julio hubiera que perfilarlo con un calificativo, éste sería el de la corrupción. Estamos asistiendo a una tragicomedia tan esperpéntica como putrefacta. Andamos a vueltas con sobres, SMS, y demás. Y desde La Moncloa callan y otorgan porque esta situación era la previa necesaria e imprescindible para mover sillones, pero aquí nadie mueve nada. Y quien no se mueve ni mueve a nadie es porque consiente. O mejor dicho, porque no se atreve a tomar decisiones. Un Presidente que no toma decisiones antes situaciones así es un líder fracasado y amortizado. Claro que si miramos cómo está el patio en la casa de enfrente, nos encontraremos con un ligero tufillo a debilidad, ERES y no sé cuántas cosas más.

La guinda a este mes de julio nos la ofrece un tal José Bretón. ¿Les suena de algo? ¿Qué hacemos con él, lo confinamos en una prisión para que otros veteranos reclusos le recuerden qué se hace con aquellos tipos que se cargan a unos niños, o lo enclaustramos en un psiquiátrico penitenciario? En cualquier caso, les adelanto que no va a necesitar vaselina.

El otro día recorrí el barrio gijones de Cimadevilla. Lo crucé de este a oeste. La Casa Natal de Jovellanos, la calle Vicaría, el Restaurante La Mar de Bien, Casa Zabala, en otros tiempos santo y seña de la gastronomía, El Llavanderu o El Planeta. Cimadevilla tiene un aroma especial. Sus vecinos son personas recias que desafían al mar, que conocen cuánto esconde el agua salada, pero también sus encantos. Me gusta esa zona de la villa de Jovellanos porque atesora el verdadero sabor de la ciudad, y sobre todo, porque más allá del Cerro de Santa Catalina, no hay un barrio más de Gijón. Nos encontraron con el corazón mismo de la antigua Gigia, en donde la cultura de la sidra, el aroma al pescado frito se cobijan bajo el más puro espíritu jovellanista. Y eso, les aseguro, no pasa inadvertido a casi nadie. Sólo a estos cuatreros politicastros sin oficio ni beneficio. Es lo que hay cuando las urnas optan por unos corruptos en detrimento de los profesionales de la política.

Al leer este texto, supongo que esa adorable abuela tan docta ella en el manejo de las redes sociales y mi amigo Baltasar estarán exultantes de alegría por esta resurrección. Cierto es que sobran temas, pero hay una importante carencia de tentaciones. Fuese como fuese, espero no defraudar aunque desconozco la temporalidad, el tiempo y las ganas. A ver.

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